De la rutina al rito

El engranaje social y el trabajo humano tienen tanto de metáfora… Metáfora del mundo y de la naturaleza: el hábito repetitivo, la rutina, acaso alienante e inercial, relojes aquí y allá, horarios, fechas, convenciones monótonas, calendarios que fijan límites, y que no son sino el comienzo de nuevas metas… Para bien o para mal, no hacemos sino emular el funcionamiento de la naturaleza, alienada, también, por la tiranía circular de las leyes físicas. Leyes físicas, cuyo principal objetivo parece ser garantizar el absurdo de lo real. El mundo no sabe sino repetirse. Y nosotros no somos más que un apéndice de esa repetición.

Las olas en una playa, obligadas a romper, día y noche, desde hace miles de millones de años, una y otra vez; ora con más fuerza, arrancando porciones de la costa, ora con una paz muy mansa, pero con sempiterna persistencia. ¿No he aquí el verdadero Sísifo, la naturaleza? ¿Y no somos nosotros sino la forma de Sísifo de ser consciente de su propio castigo…?

A partes iguales ha justificado el hombre sus condiciones de rutina, disciplina, eterno retorno de unas pautas, y sus opuestos, la procrastinación, el ocio, la pereza. El hombre no parece ser capaz de hacer nada que no sea costumbre, pero, simultáneamente, no parece ser capaz de hacer nada que ya sea costumbre.

Aquí no hablaremos de salarios, ni de pobreza, ni de sistemas económicos, sino de las estructuras existenciales y mentales subyacentes, desde el absurdo hasta el libre albedrío. Oscilaremos entre ambos extremos, y su reconciliación mediante la ironía y el ritual, metáforas de nuestra relación con el mundo.

Ingenuidad y sabiduría coinciden, a menudo, en sus síntomas. En ocasiones, el ingenuo encuentra un especial confort en las palabras del sabio, poco convincentes, sin embargo, de cara a la mente crítica.

Entre los adeptos a las filas del neo-estoicismo que durante la última década ha florecido en las redes, podremos encontrar a gentes de ambos tipos. En unos y otros resonará de manera diferente cuanto, a ojos del crítico, figúrase como ingenuo, arbitrario o estrecho de miras en las palabras de Marco Aurelio: “Al amanecer, cuando tengas dificultad para levantarte, dite: “Debo ir a trabajar -como ser humano-. ¿Acaso he sido creado para calentarme entre las sábanas? […] Mira a los pájaros, las hormigas, las abejas, cumpliendo sus labores, ¿y tú no estás dispuesto a hacer tu trabajo de ser humano?”.

¿Qué deber? ¿Qué trabajo? ¿Cómo ensalzar el trabajar en sí mismo, sin atender al fin al que se refiere…? ¿Hablamos de masacrar a las gentes de la Partia, como sus súbditos? ¿Hablamos de tender las vías del tren hacia Auschwitz?

¿O hablamos de ayudar como médico en un país miserable? Acaso si estuviera claro que lo que hacemos es de veras un deber moral, y no un trabajo infame y estúpido, fuera más sencillo. De lo contrario, igual tenga más sentido quedarse entre las sábanas. Para ganarse un salario en la rutina de la matanza, por ejemplo, quizás, y solo quizás, sea deber moral vivir en la marginalidad.

Y, sí, las hormigas podrán hacer sus cosas, como también las abejas, mas no porque ellas tiendan tales redes, culmen de la alienación del individuo, dicho sea de paso, habría de hacerlo alguien con inteligencia. Lo cual no significa que Marco Aurelio no esté en lo cierto, pero desde luego que la raíz del por qué trabajo y rutina pueden realizarnos no pasa por ahí. Sería no solo superficial, sino inmensamente injusto y despótico.

Donde la filosofía no provee de buenas razones, acaso ofrézcalas la poesía. Saltemos dos milenios. Rainer María Rilke: “no es lo bastante poeta” quien en lo prosaico, en lo supuestamente trivial y gris de la rutina, no encuentra riqueza, valor y, hasta cierto punto, algo de sacro, o que merezca ser realzado por el arte. Transformar lo cotidiano en lo poético, o sea, el poeta reside en la mirada. Es una variación sobre el tema más antiguo, dado en la religión, de que en lo cotidiano se encuentra diluido lo sagrado.

Ahora bien, la perspectiva de Rilke se figura elitista. Dirígese al poeta, y solo al poeta. Si no puedes, vive otra vida. ¿Cuál sea otra vida? Tú sabrás. Una vida anclada a un trabajo rutinario que no llena, porque uno mismo no ha sido capaz de poetizar correctamente su existencia, merece pervivir en ese estadio no resuelto. Quien no es poeta, no es capaz de tal autoengaño. El poeta, el mayor mentiroso: se miente a sí mismo para gozar. ¿Dónde queda el no poeta, el oficinista de toda la vida, Rilke?

Silencio.

Para más inri, la relación propuesta es con respecto al objeto, y no con la rutina: no tiene una raíz temporal. En una realidad intemporal podríamos seguir poetizando sobre lo estático, por frívolo que fuese, sin atender el extrañamiento de la rutina. Mas, ¿qué hay de la rutina en sí misma? ¿Cómo poetizar sobre ella? ¿Cómo poetizar sobre el hecho de que hoy, mañana, en un año, en veinte y en cincuenta, me tomo el mismo té, bajo un mismo techo, a una misma hora, …?

La raíz temporal tampoco se encuentra aquí. La respuesta vendrá dada por una coligación de ritual y la ironía, la aceptación menos ingenua de que no todo es una realidad poética, como diría Rilke, y también en oponerse a la frivolidad del Marco Aurelio negador del absurdo. En el absurdo podrá uno, a pesar de todo, encontrar un avance. Un avance en la circularidad. Si bien es conveniente, antes, detenernos en quienes con mayor virulencia han vituperado tal circularidad, a menudo desde la miopía de sus propias vidas de dandis, o atravesadas por la superioridad de clase, obreristas inclusive. Un servidor no se excluye, necesariamente.

Frente a la justificación de la rutina y de lo prosaico, la bohemia. Óscar Wilde: “El trabajo es el refugio de quienes no tienen nada mejor que hacer”.

Para el gandul enamorado de su pereza, merced a la cual puede, entre otras cosas, hacer florecer su arte, la ética puritana del trabajo, transformadora de los medios en fines (pues el trabajo constituye la construcción del paraíso, ya trascendente, ya inmanentado en su metamorfosis atea), no es sino pretexto para destruir cuanto en uno mismo se cuece en el momento de observar el mundo, a saber, lo incómodo de la experiencia estética.

Lo sublime, lo grotesco, lo trágico, lo elevado, lo bello, lo intenso, supuestamente solo presentes como destellos, no como rutina, son reprimidos. El trabajo es mecanismo de defensa, causa y consecuencia de él mismo: trabajamos porque tuvimos que trabajar, y trabajaremos porque ahora trabajamos, y ya no sabemos relacionarnos con el mundo de otro modo. No vaya a resultar que la experiencia directa con lo real nos ciegue, perdamos el rumbo, y descubramos lo poco que nos conocemos a nosotros mismos…

La rutina y la inercia, diríamos, son la represión de la naturaleza misma de la consciencia y de lo subjetivo, en algún sentido anhelantes, per se, de una libertad, empero, displacentera al sujeto, cuando envuelto en la querencia de la seguridad del no tener nada que hacer, nada que pensar, es decir, el continuo trabajo, la autoexplotación, el pretexto para el no encaramiento de su existencia. El extremo no hacer es, de hecho, trabajar en cosas insustanciales, poco transformadoras, frente al extremo hacer, al hacer verdadero, que consiste en contemplar el mundo, como el filósofo, o en vivirlo con intensidad, como el artista bohemio. 

En la lógica productiva de la explotación, el explotado, en parte, decide dejarse explotar. Sufre el síndrome de Estocolmo respecto del trabajo. Sus mordazas, la pereza espiritual. La rutina justifica el silencio de todo cuestionamiento existencial, metafísico: quien así trabaja no tiene tiempo para preguntarse por qué vive. Una complicidad implícita entre explotador y explotado, ambos subordinados a una misma lógica de la neblina metafísica, recelosos la naturaleza genuina de la mente: viven para trabajar, porque, si no, no sabrían para qué vivir.

Los marxistas crasos, los de consigna y eslogan, olvidan poner el dedo en la llaga espiritual. Son incapaces de comprender esta complicidad, germen de la alienación, que subyace a todo sistema productivo, sea el capitalista o cualquier otro, mientras trascienda la autosubsistencia. Prefieren echar balones afuera, aun cuando el empresario, el burgués, el capitalista es, acaso, el más alienado de todos.

En esta categoría, algunas de la críticas e ironías de los marxistas relucen con fuerza. Lafargue, en El derecho a la pereza: “Dios, tras seis días de crear el mundo, dio a sus adoradores el supremo ejemplo de la pereza ideal; después de seis de trabajo, descansó por la eternidad”.

Si en sí mismo Dios parecer ser el representante extremo de quien contempla lo ya creado, sin trabajar más, ¿qué diablos hacen los fieles y el resto de seres humanos obrando a la inversa? No hablamos, por supuesto, del trabajo de subsistencia, sino, por ejemplo, de la rutina monástica, del sacrificio que lo lleve a uno tornarse en multimillonario, o la aceptación de un trabajo algo mejor remunerado a cambio de un suicidio del ocio.

A esto hay que agregar la capa de ese mundo del ocio, anegado por el virus inercial del sistema productivo. El ocio, supuestamente abierto a una ruptura de la lógica circular de lo real, con algo que pareciera emular una estructura más profunda de lo suyo, posee, apelando aquí a Adorno y Horkheimer, y bajo las condiciones del capitalismo (aunque, en realidad, aunque no quieran admitirlo, de toda estructura humana), las mismas propiedades circulares del sistema productivo. La industria del entretenimiento y de la cultura ofrecen al individuo la “libertad de elegir siempre lo mismo”.

Se da una falsa elección entre productos y estilos de vida prácticamente idénticos, una homogeneización de la experiencia que produce una sensación de déjà vu permanente: cada canción de moda recuerda a la anterior, cada día mediático repite los mismos esquemas. El público es rehén de un “eterno retorno de lo idéntico” impuesto por la industria cultural. Allá donde podría brotar la ruptura, se enlaza de nuevo con la monotonía del extremo del trabajo: día y noche, semana tras semana, año tras año, vida tras vida, como las olas en la playa, las mismas rutinas, en el ocio y en el trabajo. La serialización y extrañamiento de la experiencia del ser humano hasta su último rincón.

Cuánto se mezcle en esta crítica de Adorno y Horkheimer con el elitismo del ocio es algo que no vamos a tratar, pero sí conviene recalcar que no queremos aquí caer en el mismo error. Los extremos contemplativo o religioso han sido enormemente privilegiados por los grandes defensores del ocio, quienes, por supuesto, en cuanto que sus palabras nos llegaron, pertenecen a clases pudientes e intelectualizadas. El tal ocio culto era el único accesible a su clase.

Desacralícese, con todo, semejante monopolio moral. Su aparición es a todas luces una contingencia histórica. ¿Acaso no posee toda forma de pereza, de procrastinación, de abandono de la tarea impuesta, gratuita, arbitraria, la sinergia con la libertad que caracteriza al sujeto consciente del absurdo?

El ser humano es rehén de su propio anhelo de libertad. Si la represión ejercida por el trabajo es la norma, no lo es por un criterio individual, sino porque se manifiesta por la forma que adopta la estructura social. El adormilamiento existencial del hombre puede rastrearse en cómo la sociedad, implícitamente, ha tendido a desincentivar al individuo a preocuparse por ese cuestionamiento personal, tan impráctico a la lógica productiva. Así, la oposición a tal represión de la masa, al aplastamiento de la subjetividad, es una propiedad individual, con su sola raíz en el hecho de poseer autoconsciencia, no en si dicha oposición se ejerce por medio de tareas intelectuales.

Quien, por sus condiciones materiales, puede mantenerse al margen del imperativo social de la inercia, ¿no debe reivindicar su capacidad de denunciar lo arbitrario del mundo, del control, su absurdez, sea cual sea el modo? ¿No se torna en casi una obligación existencial, por respeto al mundo extrínseco a las menudeces de lo humano, que lo ciegan ante el resto de lo existente? ¿Y acaso no pasa dicha reivindicación por la impracticidad, por la pereza, por el no hacer nada, ni siquiera el contemplar, sino simplemente ser en la nulidad, ironía misma del absurdo del mundo?

El ocio, así visto, y en todas sus formas, compartiría con la estructura de la realidad un sustrato más profundo: el ruido de absurdo que al margen de lo fantasmagórico de los fenómenos reina como fondo de todo lo existente. La afinidad máxima con el mundo sería, por analogía con el Universo mismo en última instancia, no hacer nada más que ser. El resto es un mero espectáculo. Ser, y punto. Y, cuando toque, dejar de ser.

Evidentemente, la experiencia empírica desmiente semejantes cabalgadas ontológicas. La total desvinculación de la disciplina, la procrastinación extendida ad infinitum o la extrema dispersión no son percibidas como vivencias integradas. Por no hablar del coste de oportunidad de por ejemplo utilizar la vida para ayudar a los demás.

En todo caso, la fuerza de la pereza puede arrastrar consigo la vitalidad de una persona. La alienación ejercida por el trabajo puede quedarse corta frente al que no encara bien su ocio, su pereza, su no hacer. Quien no lo torna, no en poesía, no en contemplación, pero sí al menos en coreografía sinérgica respecto del mundo, será incapaz de defender dicho derecho a su libertad propia. Donde no hay responsabilidad, la libertad se deshace como la espuma de las olas. He ahí, de nuevo, donde el remedio fácil se cuela entre las grietas, y da impulso a las nuevas olas, para que sigan rompiendo otra y otra vez: la rutina como forma de enderezar la mente, hasta poder encarar el ocio con una disposición sostenible. Y, claro, para ello, como medio, acabaremos abrazando la disposición correcta en el contexto del trabajo.

He aquí la paradoja: la pereza, ejercida no para la singularidad autodestructiva, sino en resonancia con la libertad del sujeto consciente, exige un momento previo de disciplina. Acaso nos suceda como a Dios, quien, para ser perezoso, antes hubo de trabajar: formar el mundo, formar su creación. Asimismo, nosotros, anclados en el mundo físico de lo circular, de lo creado, para nuestra trascendencia, para el revelamiento ulterior de la libertad de la mente, requerimos previamente una danza integrada en tal mundo de lo cíclico y lo creado. Para encontrar riqueza en la pereza, debemos encontrar antes riqueza en la rutina.

En este punto conviene apelar, no a la visión de un Marco Aurelio, poco aclaradora de los fines, ni de un Rilke, que poco habla del que no puede ser poeta. Conviene apelar a la religión.

Las propiedades mentales que dan lugar a una disposición resonante con el mundo, para el religioso, derivan casi invariablemente de su construcción por parte de la rutina. Tal es el fin, y a ello se encamina la repetición de la costumbre, del rito, por mor, ya de la salvación, a la manera cristiana, ya de la Iluminación, a la manera budista. Inclusive la resonancia en apariencia floreciente en lo espontáneo, en lo opuesto al trabajo, como pueden ser el arte, las drogas o el sexo, cobran una dimensión adicional cuando la disposición interna es la correcta, quiera eso significar lo que quiera significar. Arte, como en cualquier tradición; drogas, como en las religiones chamánicas; o sexo, como en el hinduismo, pueden ser nada o todo, alienación mecánica o éxtasis trascendente, en función de la disposición interna.

Al igual que solo depende de la disposición (de esa misma, de hecho) nuestra relación con lo floreciente en lo no espontáneo, en lo cíclico, otrora visto como extremo opuesto, mas ahora armonizado con el ocio, subsumiéndose bajo una misma categoría, vía la práctica de la cualidad interna. Esto tiene lugar por medio de la liturgia, un verdadero ejemplo de ingeniería mental.

Por cierto que la medición del tiempo, el horario, el calendario, se tornan aquí aliados de lo máximamente integrado: ante la tiranía de lo voluble, surge la conversión de la repetición diaria en una ofrenda. Cada hora canónica de oración, cada tarea humilde en el huerto o en la cocina, se realiza “para la gloria de Dios” en un espíritu de humildad y entrega. Se santifican las rutinas: bendícense los alimentos antes de comer, agradécese lo vivido en el día en el momento de acostarse.

Más allá del marco teísta o no, pues, como veremos, su aplicación al caso ateo sigue siendo viable, este tipo de prácticas instauran una relación afectiva de profundidad con el flujo del tiempo. Cada día deviene así una unidad significativa, un capítulo con su apertura y cierre consciente. En el caso del budismo, toda actividad queda abierta y cerrada por su motivación. En el caso del cristianismo, “cada hora está cargada de la presencia de Dios”, y los monjes marcan esas horas con oraciones específicas.

La jornada queda salpicada por el esquema de horas, donde se encasillan día tras día unas mismas oraciones. De nuevo, pensemos que no es posible definir la unidad de tiempo sin apelar a la repetición del fenómeno físico. El reloj es solo construible a partir de que, hoy y en un cierto tiempo, la Luna está llena, o que tal isótopo tiene una vibración de periodo tanto tiempo. Pues bien, aquí la metáfora se encarna bien con su trasladado en el plano mental. Lo que caracteriza a esta hora es dicha oración, y a la siguiente, aquella otra; la repetición interna configura el tiempo reglado en la vida monástica. La herencia natural será la concepción del tiempo en nuestro sistema productivo contemporáneo.

El caso es que es extrema la sinergia entre entrenamiento mental, contacto con Dios, repetición, y paso del tiempo; particularmente, en la recitación de oraciones en un rosario, o por medio de los mantras budistas. Estos rituales fijan la mente en la disposición correcta de atendimiento al mundo, por medio de la repetición machacona, y, sobre todo, íntima.

India. El mundo nace y cesa en ciclos. El nacimiento en sí es un sacrificio propio de lo Uno, disgregado en la multiplicidad de lo real. Solo el sacrificio puede hacer que el mundo siga naciendo, y que traiga con sí todo cuanto nos interesa de ese renacimiento: que el Sol vuelva a aparecer, que las estaciones sigan su curso, que las lluvias regresen, que la cosecha sea abundante… Enciéndase el fuego del altar y prosiga el orden del mundo.

Fin de los vedas. Era upanishádica. El renacimiento es indeseable, el renacimiento es sinónimo de muerte: el escape del envejecimiento, de la muerte, es sinónimo del escape del renacimiento. Fuera el ritual externo, fuera el sacrificio a los dioses. Bienvenido el ritual interno, el sacrificio propio: el control mental. La correspondencia entre la mente y el mundo es total: los ciclos del mundo se corresponden con los ciclos absurdos de la mente.

Y, sin embargo, para su trascendencia es necesaria su total comprensión, la total sinergia previa con la creación-destrucción, Samsara. La idiosincrasia upanishádica y budista emplaza un vector infinito y liberador, un vector mental, dentro del contexto circular del plano mundano. La metáfora geométrica vendría a ser salir del plano formando una espiral: la Iluminación se logra en este mundo circular, y en él se funda, emulando su movimiento, pero se manifiesta en un camino lineal que lo trasciende.

La liturgia y el rito externo se materializan en la interioridad del sujeto consciente; la meditación ha de repetirse machaconamente, hoy, mañana, y en 600 millones de años, hasta alcanzar la integración plena de lo que este mundo es, a saber, hasta alcanzar la sabiduría.

El mandala es el ejemplo extremo. El budista construye el mandala como representación misma del mundo, es el icono de Samsara, al que dedica un esfuerzo de semanas, para acto seguido destruirlo. El ciclo de creación-destrucción, de nacimiento-muerte, se torna en vía lineal de control mental, de trascender el apego, el odio y la indiferencia. El mundo, a la manera de Empédocles, regido por las fuerzas opuestas creadora, apego, y destructora, odio, es trascendido ritualmente por medio de su simulación. El mandala es Sísifo encontrando la liberación en su trabajo, resignificando el absurdo en valor interno. La trascendencia del hombre no reside en el paraíso, sino en la amarga ironía del mito de Sísifo. La Iluminación es una ironía, como en el proverbio zen: “antes de la Iluminación corta leña y carga agua; después de la Iluminación, corta leña y carga agua”.

Trabajar en el mandala, en la representación del mundo, espejo de la mente que se concentra en su creación, tiene ecos de teatro. De reproducción en miniatura del orden del mundo en la escenificación teatral, por un lado, y de la comprensión de que el mundo en sí no funciona más que como un teatro algo mayor: la reflexión lega al espectáculo irónico del teatro, particularmente espectacular dentro del foro interno.

A la manera como cada noche retornamos a la cama a dormir, una vez tras otra, día tras día, y hasta nuestra muerte, resignados al destino de soñar algo completamente absurdo, reflejo a su vez del absurdo mayor del mundo en sí, pero sin embargo lo hacemos con ganas, con cierto alivio, convirtiéndolo, en cierto sentido, en un ritual, así el hombre puede tornar su vida en el escenario de ese teatro irónico que es la existencia.

Se trata esta de la forma laica, atea, contemporánea, del mandala budista. Es la manera de sostener absurdo y forma sin que uno excluya al otro. Solo adoptando una posición metaconsciente, cercana a la del actor que conoce la inoperatividad de cuanto simula, podemos de veras encarnar la aceptación de lo repetitivo, del paso del tiempo y de la muerte. Encontrar el vector lineal dentro del ritmo incesante de los enjambres natural y social: aunque parezca que retornamos al mismo punto, acabamos mejor de lo que empezamos. Moriremos siendo mejores personas que cuando nacimos, aun cuando vengamos y vayamos al mismo lugar. Gracias precisamente al castigo de la repetición, aquí tornado en sabiduría, solidaridad con nuestro propio destino. Es decir, Sísifo feliz, como le gustaría decir a Camus.

La alienación queda, así, transfigurada, con conciencia y dignidad, en sentido y triunfo dentro del absurdo. El ritual, gramática de la ironía, lejos de ser algo exótico o inalcanzable, vive de pequeñísimas formas de conexión con lo real. El paseo por el parque del lunes por la mañana; el mismo té, en el mismo techo, a la misma hora, hoy, mañana, en uno, veinte o cincuenta años; la respiración que da comienzo o fin a un día, o que sientes acelerarse frente a tal persona; las palabras que te dices a ti mismo frente al espejo, o el idéntico saludo absurdo que haces a cualquiera que te encuentres. Atender deliberadamente el canto de los pájaros, el movimiento de las nubes, el vaivén de los árboles, la caída de unas gotas, el sonido de una lluvia, el retornar inquebrantable de tu mascota cada día a la misma hora. La clausura consciente de un proyecto, el inicio de uno nuevo. El compromiso público o propio antes de emprenderlo. El matrimonio, donde el amor no es suma de anécdotas sino reelección perseverante. El nombre de las personas con quienes convives, repetido tantas veces; la pizza y la película del viernes por la noche, el cacao caliente de antes de dormir, el libro antes de dormir, la canción que pones en bucle. Andar, respirar, comer, cagar, follar, llorar, cantar, limpiar, estudiar, dormir, esperar, beber, bailar; trabajar…

Cualquier ritualización que invite a la no vivencia en automático hace recuperar el asombro primordial. Todo pasa a integrarse en una coreografía personal con el mundo. La sinergia de la rutina con el mundo puede ser enorme si se corta el flujo de la no atención. Como pensaba San Agustín, el presente es la atención. Y como pensaba Simone Weil, la atención es una forma de oración laica. Sin atención, no hay presente, y, a menudo, sin ritual, no hay atención…

La rutina sin ritual es obediencia ciega a una forma alienante del tiempo: dl tiempo externo, productivo. Sin embargo, el mismo tiempo, externo, productivo, recuperado desde la autoironía y el tiempo interno, no necesariamente más lento, no necesariamente desacelerado, pero sí con una significación propia, repleto de una simbología interna, como el arte, la música o el recuerdo, puede ser la raíz misma de la felicidad. La transformación de la lucha en un baile.

He aquí el motivo, tangencial, de por qué la procrastinación extrema, una forma de desestructuración del tiempo subjetivo, tampoco llena; como tampoco su opuesto, el trabajo desaforado o alienante. El motivo se encuentra fuera de la línea, fuera del plano de samsara, reivindicando el aspecto liberador del ocio, y de la repetición del trabajo. La espiral de Nirvana.

El residuo simbólico solo puede florecer en la sedimentación del ritual, hoy y mañana. La superficialidad tópica del procrastinador, del turista, del diletante de ocasión, conducen al mismo varadero del artista que vive en el eterno borrador de su obra. La trascendencia del estadio estético, de lo interesante, de lo novedoso, del brillo que excita que pronto se agota, del lugar donde solo cabe la copia o el replay, para alcanzar la esfera ética, solo es posible cuando aparece la repetición como constancia libre. En lugar del perezoso que ve en el trabajo un “aguantar por aguantar”, la asunción de una forma de vida, un vínculo, un oficio, una promesa, una fe, que es reafirmada cada día como si fuera el primero. Volver a empezar hoy, frente al nacimiento y muerte del mundo, frente a Brahman, con el mismo espíritu ritual que ayer.

Al final, como todo en la vida humana, y quizás también en lo de ahí afuera, que quizás no sea sino nosotros mismos, la clave reside en el interior.

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