Ciencia, sexo y muerte en Las partículas elementales

El ensayo filosófico nos parece a menudo y por completo presa de su tiempo, al menos a partir de la visión que de la filosofía tenemos de Hegel en adelante. La ciencia, sin duda, se encuentra todavía más encerrada en sus esquemas propios, en la mayor parte de las ocasiones. Hay temas para los que solo la literatura ofrece una visión lo suficientemente ajena y panorámica como para no dejarse arrastrar por los temas que trata. 

El autor del que vamos a hablar hoy, Michel Houellebcq, confesó en una carta, de él mismo, que le resultaría extremadamente desagradable pensar que la postura de egoísmo y y cobardía que adopta pueda hacerse a sus contemporáneos más simpática que la de un defensor de los derechos humanos, de la justicia social y del heroísmo. Pero conoce a sus contemporáneos, dice: aquellos de los que es fatalmente contemporáneo, podría añadir, parafraseando a Nietzsche.

Las novelas de Houellebecq, y en particular de la que vamos a hablar hoy, Las partículas elementales, representan ante todo una fenomenología de las relaciones sociales del hombre contemporáneo. Del hombre ateo, del hombre que más despreciaba un Nietzsche: plano, hueco, aferrado a una voluntad de nada. Del hombre indiferente a la vida. De nosotros, supuestamente. 

La raíz de todas las observaciones de Houellebecq parte de esto precisamente: la indiferencia y banalidad que caracterizan, según él, a la inmensa mayoría de vidas humanas. En una sociedad caracterizada por la reproductibilidad, la estandarización y la neutralización de las diferencias, no hay cabida para lo irrepetible. Por esto mismo, Houellebecq anota que cada vez tiene menos sentido el género novelístico, al menos el autoficcional, porque su carácter radica en ese intento de cortar la diferencia radical que existe entre la identidad propia y el resto de la sociedad, ese querer transferirle a los otros la incomprensión que suscita el haber tenido que elegir una vía vital, y no otra; pero claro, cuando todas las vías vitales se parecen, dice Houellebecq, hace falta un género que capte mejor lo anodino de la vida: la novela se compone de demasiadas anécdotas, y ya, simplemente, no hay suficientes cosas que contar.

Bajo la lente de Houellebecq, cada sujeto se aferra a alguna neura concreta, casi que como un principio desesperado de individuación. Lo cierto es que estos individuos van a ser más que nadie los representantes de la sociedad en que están inmersos. En la novela, sin embargo, estas neuras se llevan al extremo para que sean personajes un poco más interesantes: son la hipertrofia de la ideología presente. Están esclavizados a ella, y, en vez de afrontar sus patologías, se regodean en su miseria. Cuando más conscientes son de la causa de sus patologías, menos pueden escapar de ellas, casi inversamente a lo que proponía Freud.

Los protagonistas principales de Las partículas elementales son dos hermanos, Michel y Bruno. Michel es un tipo dedicado por completo a la ciencia, al que las cuestiones humanas le parecen decepcionantes y llenas de angustia y amargura. De adolescente se refugiaba en el estudio de las matemáticas, lo único que le transmitía una íntima y serena alegría. Bruno, por el contrario, mientras Michel estudiaba espacios de Hilbert y la integral de Lebesgue, se masturbaba en trenes y se sacaba la polla delante de chicas de doce o trece años, con una depravación sexual que Houellebecq describe muy cómicamente.

Sin embargo, Bruno, aunque es consciente de que es un desgraciado, y está demasiado frustrado como para pensar mínimamente en la psicología ajena, se describe como incluso en una mejor posición que Michel, al que se atribuye una situación calamitosa. Cuando estaban en el instituto, la chica más guapa, Annabelle, estaba enamorada de Michel, pero este tenía, según se describe, los ojos atentos pero inertes, no se movía y no tenía ninguna capacidad de amar.

 Estas dos formas de moverse por el mundo se entienden como una compensación al vacío que los inunda, de un modo muy a la manera budista. En general, el budismo tiene una preponderancia bastante acusada a lo largo del libro. Houellebecq es, con respecto al mundo aparente (lo que los budistas llaman Samsara), igual de crudo que los tibetanos en su descripción del sufrimiento y el paso del tiempo. El final de la novela, como veremos, recuerda enormemente a la multitud de representaciones budistas acerca de lo efímero de los placeres sexuales: memento mori, memento mori

Eros y Thánatos, finalmente, como siempre, de la mano. Al menos fenomenológicamente, a la manera de en el cine lyncheano, pero quizás no intelectualmente. De hecho, Houellebecq parece sospechar, aunque sea en boca de su personaje científico, Michel, que esta relación que el ser humano lleva postulando desde siempre, quizás se haya efectuado demasiado a la ligera: “Uno de los rasgos geniales de Michel […] fue superar su intuición primera, según la cual la reproducción sexuada era, en sí misma, una fuente de mutaciones deletéreas. Desde hacía miles de años […] todas las culturas estaban marcadas por la idea de que hay una relación indisociable entre el sexo y la muerte. […] Michel, sin embargo, intuyó que había que ir más allá del marco de la reproducción sexual para examinar las condiciones topológicas generales de la división celular”. Esto, por supuesto, sería un enfoque completamente diferente al que fundamenta, si es que están fundamentadas, la tesis de un George Bataille, quien, influenciado de lleno por el marqués de Sade, asocia erotismo y muerte de forma biunívoca en sus libros. Houellebecq, en algunos pasajes de su libro, arremete contra este tipo de intelectuales de los 50 encuadrándolos directamente bajo una categoría epocal: presas de su tiempo, como decíamos.

Tampoco se relacionan aquí el sexo y la muerte de un modo parecido a como lo defendiera Freud, puesto que, asumiendo la tesis budista, para Houellebecq el deseo no parece venir al principio de todo, en forma de pulsión erótica, sino por un condicionamiento social, es decir, por estar incrustados en el Samsara budista. Houellebecq: “El deseo y el placer, que son fenómenos culturales, antropológicos, secundarios, no explican a fin de cuentas la sexualidad; lejos de ser factores determinantes, están sociológicamente determinados”. Y añade: “El placer es cosa de costumbre, como seguramente habría dicho Pascal si le interesaran este tipo de asuntos”. 

Vamos, que sociedades monógamas y liberales dan lugar a formas distintas de desear, en cada caso por la orientación que a ello imprima el mercado. Esta es otra de las características centrales de Houellebecq, una visión teórica casi marxista, podríamos decir, al contrario de un idealismo pseudoantropológico a lo Bataille, del erotismo. Para este, hay una escisión completa entre prohibición, encarnada en el trabajo, y trangresión, encarnada en la fiesta. En la fiesta se rompen todas las barreras. En realidad, dice Houellebecq, el camino transgresor que lleva desde lo orgiástico hasta lo sádico no está más que dado por las condiciones materiales del trabajo, encarnado en la sociedad erótico-publicitaria.

En realidad, podríamos decir, el ámbito de la fiesta es lo máximamente subordinado al sistema económico. Las vías de escape a la voluntad de nada, al en otro caso nihilismo de los personajes de Houellebecq, los modos de supuesta diferenciación de los demás, ante la uniformización reinante, son las neuras de que adolecen, dadas imperiosamente por la sociología presente: por un lado, la perspectiva conciliadora con el trabajo del materialismo científico o la ideología New Age, y, por el otro, la supuesta vía transgresora de Eros o Thánatos, en realidad subordinados a la pulsión prohibicionista: el sexo, anexionado al sistema publicitario; la muerte, burocratizada, desprovista de sus ritos y reducida a una asepsia hospitalaria, y relegada ad calendas graecas

Pero vayamos por partes por cada una de estas pseudo-alternativas.

CIENCIA

La primera vía teórica a la que nos abocan nuestros días, querría mostrar Houellebecq, es la del materialismo científico, adoptado por Michel. No es casual que hablemos de un ser casi autístico, ensimismado, como la misma ciencia. La noche en que Anabelle, la chica con la que siempre había estado, pierde la virginidad, con otro, por supuesto, su situación queda descrita como sigue: “De repente tuvo el presentimiento de que su vida entera iba a parecerse a ese momento. Se movería entre las emociones humanas, y a veces estaría muy cerca de ellas; otros conocerían la felicidad o la desesperación; pero nada de eso tendría que ver jamás con él, ni podría alcanzarle. Durante la velada, Annabelle le había mirado muchas veces mientras bailaba. Él quería moverse, pero no podía; sentía con toda claridad que se estaba hundiendo en un lago helado. Sin embargo, todo era excesivamente tranquilo. Se sentía separado del mundo por unos cuantos centímetros de vacío, que formaban en torno a él un caparazón o una armadura”. 

La desgracia de esta vida se extiende a la misma ciencia: El diagnóstico de la enfermedad miope del científico medio se efectúa en una serie de perlas desglosadas a lo largo de todo el libro. Poniendo como ejemplo de científico brillante a Bohr, se destacan sus cualidades holísticas de libre de espíritu y capacidad de amistad, lo que permite una efervecencia intelectual en el Instituto de Física de Copenhague, no comparable a nada desde los primeros tiempos del pensamiento griego: “Allí recibía a científicos de otras disciplinas, políticos, artistas; las conversaciones pasaban libremente de la física a la filosofía, de la historia al arte, de la religión a la vida cotidiana. […] En este contexto excepcional se elaboraron, entre 1925 y 1927, los términos esenciales de la interpretación de Copenhague, que invalidaban en gran medida las categorías anteriores de espacio, causalidad y tiempo. Michel no había conseguido, ni mucho menos, recrear un fenómeno semejante a su alrededor. El ambiente en la unidad de investigaciones que dirigía era lisa y llanamente un ambiente de oficina. Lejos de ser los Rimbaud del microscopio que a un público sentimental le gusta imaginarse, los investigadores de biología molecular son, casi siempre, técnicos honrados, carentes de genio […] No se necesita ninguna creatividad, ninguna invención; en realidad es una actividad casi completamente rutinaria, que solo exige unas razonables aptitudes intelectuales de segunda fila. […] Uno descodifica y descodifica. Hace una molécula, hace otra. Introduce los datos en el ordenador, el ordenador calcula las subsecuencias. […] Es como cocinar. De vez en cuando hay un insignificante progreso en el emparejamiento; en general, con eso basta para que a uno le den el Nobel. Bricolaje; una broma”. 

Igualito que en tiempos de Heisenberg, entre paseos por lagos alpinos, a la luz de comienzos de la primavera, discutiendo acaloradamente sobre la fundamentación de la física atómica…

Esto tiene como consecuencia una alarmante falta de creatividad y amplitud de miras en el tratamiento de los principales temas que deberían preocupar a la ciencia. Así, por ejemplo, Michel se escandalizaba ante la casi nula aplicación práctica de los principios de la física cuántica a la biología, hecho que, a su parecer, impediría irremediablemente su avance, por no hablar de la revolución que eso entrañaría. La ciencia se dedica únicamente a recopilar datos.

“Michel comprobaba que los centros de investigación de todo el mundo iban cada vez más a ciegas, con un empirismo carente de sentido. Ningún resultado permitía llegar a la menor conclusión, ni siquiera formular una mínima hipótesis teórica. La conciencia individual aparecía bruscamente, sin motivo aparente, en mitad de las razas animales […] Con su finalismo inconsciente, los darwinianos hacían hincapié, como de costumbre, en las hipotéticas ventajas selectivas relacionadas con su aparición, y como de costumbre eso no explicaba nada, era solo una amable reconstrucción mítica. […] ¿Qué habría hecho Heisenberg? ¿Qué habría hecho Niels Bohr? Distanciarse, reflexionar; pasear por el campo, escuchar música. Lo nuevo nunca surgía por simple interpolación de lo antiguo; las informaciones se sumaban a las informaciones como puñados de arena, definidas de antemano en su naturaleza por el marco conceptual que delimita el campo experimental; ahora, más que nunca, necesitaban un nuevo punto de vista”. 

Esta reflexión de Houellebecq se enmarca bien en el contexto de fin de siecle, pero del siglo XX, cuando el debate sobre el uso indebido de la ciencia por parte de los supuestos representantes de la posmodernidad saltó a la luz tras del así llamado escándalo Sokal en 1996; a esta crítica iban acompasadas también respuestas a los científicos, carentes de formación filosófica suficiente como para siquiera captar el sentido metafórico de las expresiones. En 1999, un año después de que salieran Las partículas elementales, Antonio Escohotado publica Caos y Orden, libro que ya hemos comentado someramente en el primer vídeo de este canal, donde se vierten críticas similares a las anteriores sobre el modo de hacer ciencia contemporáneo, aunque Houellebecq es más generoso con los físicos que Escohotado.

Cierto que ninguno de ellos critica a la ciencia por defender a los posmodernos, de los que parecen tener una nefasta opinión. Así, Houellebecq, al final del libro, cuando se construye una utopía cientificista fruto de los trabajos de Michel, hace caer en el merecido ridículo que les corresponde a Foucault, Lacan, Derrida y Deleuze, “tras décadas de insensata sobrestimación”. Sin embargo, tampoco parece Houellebecq, por el contrario, invulnerable al hecho de que el pensamiento filosófico desaparezca en esa utopía, declarando en contra del “tosco desconocimiento de los riesgos filosóficos del proyecto biológico, e incluso de la noción de riesgo filosófico en general». Sí: el científico medio desconoce por completo los rudimentos de la filosofía.

“Era curioso que ni él [Michel] ni ninguno de los investigadores que conocía hubiera tenido al menos una duda, una inquietud espiritual. ―Supongo que, personalmente ―dijo a la vez que se le ocurría―, me he guiado por ese positivismo pragmático, de base, que suele ser propio de los investigadores. Los hechos existen, las leyes los encadenan, la noción de causa no es científica. El mundo es igual a la suma de conocimientos que tenemos sobre él―.

Hasta aquí la primera parte del vídeo. En el próximo hablaremos sobre la otra vía vital de diferenciación a la que inexorablemente parece inclinarnos, según Houellebecq, el día presente: la ideología New Age y el sexo.

NEW AGE Y SEXO

Los dos personajes principales del libro, Michel y Bruno, hermanos, aunque de padres distintos, vivieron, como el propio Houellebecq, distanciados de su madre, quien desde joven se vio inclinada a dejar a sus hijos y vivir una vida de libertinaje sexual en una comuna de tintes New Age. Así pues, aunque sea por ese detalle biográfico de los personajes, trasuntos del propio Houellebecq, la posición con respecto al movimiento hippie no tiene visos de ser muy positiva. 

Aun así, el propio Bruno, desesperado ante sus fracasos permanentes, ya divorciado, acaba recurriendo como por un destino fatal a ese mismo círculo, aunque por motivos exclusivamente sexuales. A nadie sorprenderá que acabará emulando el egoísmo e irresponsabilidad de la madre: ambos son, para Houellebecq, meras víctimas de un sistema que les impele a ese fin. Además, dicho sistema es el económico, coaligado de lleno con el espíritu de la revolución sexual.

Ernesto Castro resume en Otro palo al agua (enseñar) esta visión houellebecquiana, que sin embargo califica de un conjunto “acusaciones desbocadas”: “Según esta lectura, Mayo del 68 fue el intermezzo insurgente que puso fin a la deriva socialdemócrata del capitalismo, aliado con la ética protestante del esfuerzo y el ahorro desde antes de la Primera Revolución Industrial, dejando la vía expedita para un nuevo espíritu del capitalismo, centrado en el despilfarro consumista y la explotación de la creatividad individual. “Trabajadores de día, juerguistas por la noche”, resume Daniel Bell […] ¿Acaso las consecuencias de Mayo del 68 no son el ejemplo más claro de la dinámica burguesa: una clase capaz de negar sus propios valores, y hasta de negarse a sí misma, con tal de perpetuar la expansión del capital? Las novelas houellebecquianas constatan cómo el suicidio cultural de la burguesía y la desaparición de su moral decimonónica dieron un mayor impulso al mercado. Para ser más exactos, según Houellebecq, la izquierda sesentayochista dio carta blanca a la mercantilización de las relaciones personales”.

De hecho, para Houellebecq, la revolución sexual hace despuntar el individualismo de un modo que anticipa y favorece la supuesta reconversión del capitalismo hacia un neoliberalismo atomista durante los 80 y 90. Dice “Es chocante comprobar que a veces se ha presentado la liberación sexual como si fuera un sueño comunitario, cuando en realidad se trataba de un nuevo escalón en la progresiva escalada histórica del individualismo. […] La pareja y la familia eran el último islote de comunismo primitivo en el seno de la sociedad liberal. La liberación sexual provocó la destrucción de esas comunidades intermediarias, las últimas que separaban al individuo del mercado”.  

En otro pasaje del libro, dialogan Bruno y un hippie. El diálogo transcurre del siguiento modo: “¡Y una mierda de liberación! -gruñó el ancestro-. Siempre ha habido tías que van a una cama redonda a posar. Y siempre ha habido tíos que se la sacuden. No hay nada nuevo, hombre. […] En resumen -interrumpió Bruno, pensativo-, que nunca ha habido comunismo sexual; sólo un sistema de seducción ampliado. Eso sí -concluyó el viejo mamarracho-, siempre ha habido seducción”.

El cómo tuvo lugar esa revolución sexual, si es que acaso fue tal, intenta describirlo también con detalle a lo largo de las páginas del libro. Retrotrayéndose a los años 50, describe el declive del matrimonio de conveniencia merced al desarrollo económico y al aumento de los salarios, hecho que, además, al agradar a las principales fuerzas espirituales a la sazón, si no de Occidente, al menos sí de Francia, a saber, la Iglesia y el Partido Comunista,  convenció a los jóvenes de los años cincuenta de que debían enamorarse con una impaciencia unánime. 

Houellebecq: “Sin embargo, al mismo tiempo, el consumo libidinal de masas de origen norteamericano […] se extendía en Europa occidental. Con los frigoríficos y las lavadoras, acompañamiento material de la felicidad de la pareja, llegaban la radio y el tocadiscos, que iban a introducir el modelo de conducta propio del flirt adolescente […] Si bien las revistas libertarias aparecidas se situaban, en principio, en una perspectiva de contestación al capitalismo, estaban esencialmente de acuerdo con la industria del entretenimiento: destrucción de los valores morales judeo-cristianos, apología de la juventud y de la libertad individual”.

“Durante la adolescencia de Bruno la feroz competencia económica que había en la sociedad francesa desde hacía dos siglos se había atenuado un poco. El imaginario social admitía cada vez más que, normalmente, las condiciones económicas deben tender hacia una cierta igualdad. Tanto los políticos como los empresarios citaban con frecuencia el modelo socialdemócrata sueco. Así que Bruno no se veía muy empujado a dominar a sus contemporáneos gracias al éxito económico. […] Pero el ser humano tiene tendencias a establecer jerarquías, y aspira con entusiasmo a sentirse superior a sus semejantes. […] Inesperadamente, en el seno de esa clase media a la que se sumaban poco a poco los obreros y los ejecutivos -o, para ser más exactos, entre los hijos de esa clase media- se aabrió un nuevo campo para la competencia narcisista […] Más tarde, la globalización económica dio paso a una competencia mucho más dura, que hizo añicos los sueños de integrar al conjunto de la población en una clase media generalizada con capacidad adquisitiva en constante aumento […] Sin embargo, la aspereza de la competencia sexual no disminuyó; todo lo contrario”.

Uno de los capítulos más interesantes del libro transcurre con un diálogo entre Bruno y Michel, y que versa sobre el pensamiento de los dos hermanos Huxley, Aldous y Julian. El primero de los dos es el célebre escritor de Un mundo feliz y Las puertas de la percepción, precursor de la experimentación con drogas y uno de los principales bastiones intelectuales de los movimientos hippie y New Age. El segundo fue biólogo y el primer director de la UNESCO.

Bruno defiende que lo que a menudo se tilda de terrible distopía, a saber, la sociedad descrita en Un mundo feliz, es justamente el paraíso que nuestra sociedad esta intentando alcanzar: control genético, libertad sexual, lucha contra el envejecimiento, cultura del ocio. El supuesto carácter de denuncia que se le atribuye es un mero ejercicio de hipocresía: vale que la sociedad de castas choca frontalmente contra nuestra concepción de la sociedad, pero, en todo lo demás, Huxley acierta de lleno en su predicción de que la evolución de las sociedades humanas llevaba mucho, y cada vez iría a más, en las manos de la ciencia y la tecnología exclusivamente.

Michel reafirma el elogio de Bruno en cuanto Huxley fue capaz de ver que la biología cobraría cada vez una importancia mayor, tras de la física, en la configuración de la sociedad. Y, aunque Un mundo feliz se escribiera declaradamente como denuncia, como sátira, Michel indica con sagacidad que Aldous Huxley, al escribir mucho después La isla, una novela en la que se describe una sociedad, ahora sí, utópica, pareció no percatarse de los parecidos que poseía con respecto a su terrible distopía: respetuosa con la naturaleza, pacífica, completamente liberada de las neurosis familiares y las inhibiciones judeocristianas, donde la desnudez se ve como natural y donde el amor y la voluptuosidad se practican con toda libertad. Como en los círculos New Age. Si no suela mal, ¿por qué iba a sonarnos mal Un mundo feliz

Y hete aquí que añade Michel: “Aldous Huxley era un optimista, como su hermano […] La mutación metafísica que originó el materialismo y la ciencia moderna tuvo dos grandes consecuencias: el racionalismo y el individualismo. El error de Huxley fue evaluar mal la relación de fuerzas entre ambas consecuencias. Más concretamente, su error fue subestimar el aumento del individualismo producido por la conciencia creciente de la muerte. Del individualismo surgen la libertad, el sentimiento del yo, la necesidad de distinguirse y superar a los demás. En una sociedad racional como la que describe Un mundo feliz, la lucha puede atenuarse. La competencia económica, metáfora del dominio del espacio, no tiene razón de ser en una sociedad rica, que controla los flujos económicos. La competencia sexual, metáfora del dominio del tiempo mediante la procreación, no tiene razón de ser en una sociedad en la que el sexo y la procreación están perfectamente separados; pero Huxley olvida tener en cuenta el individualismo. No supo comprender que el sexo, una vez disociado de la procreación, subsiste no ya como principio de placer, sino como principio de diferenciación narcisista; lo mismo ocurre con el deseo de riquezas. 

>> ¿Por qué el modelo socialdemócrata sueco no ha logrado nunca sustituir al modelo liberal? ¿Por qué nunca se ha aplicado al ámbito de la satisfacción sexual? Porque la mutación metafísica operada por la ciencia moderna conlleva la individuación, la vanidad, el odio y el deseo. En sí, el deseo, al contrario que el placer, es fuente de sufrimiento, odio e infelicidad. […] En el extremo opuesto, la sociedad erótico-publicitaria en la que vivimos se empeña en organizar el deseo, en aumentar el deseo en proporciones inauditas, mientras mantiene la satisfacción en el ámbito de lo privado. Para que la sociedad funcione, para que continúe la competencia, el deseo tiene que extenderse y devorar la vida de los hombres. […] En realidad, ya que la evidencia de la muerte material acaba con cualquier esperanza de fusión, es imposible que la vanidad y la crueldad dejen de extenderse. La única compensación es que lo mismo ocurre con el amor”.

En este potente párrafo se despacha casi todo el contenido teórico del libro. Lo demás son meros corolarios de esta tesis. La narración esta construida a partir de ella. La metamorfosis de las comunidades New Age para entrar de lleno en la parapsicología empresarial parte de aquí; la “dimensión axiológica del deseo”, expresión que utiliza Ernesto Castro para decir que en Houellebecq hay un carácter normativo del sexo, el imperativo categórico del follar por y para sí mismo, incluso sin placer, en realidad se acoge a esta fuente narcisista de diferenciación social; diferenciación social en lo sexual que además, dice Houellebecq, sirvió y sigue sirviendo para dar sentido a la vida de personas que se identifican, por ejemplo, con colectivos como el homosexual o el transexual, y que con eso encuentran un frente de anti vacío para el resto de sus vidas, incluso extendiéndose su militancia a la supuesta dignidad de su muerte tras contraer el sida.

También parte de aquí el nombre del lugar vacacional de libertinaje sexual New Age al que acude Bruno, el “Espacio de lo posible”. En efecto, obedece a que “lo posible es necesario”, pero no por una inversión a priori de ningún lema kantiano, como sugiere Castro, sino por la inducción de la necesidad social de distinción en un mundo que inocula una permanencia en el deseo como nuevo modo de estratificar a las personas en jerarquías: una élite rica en lo pecuniario o en lo sexual, y una masa condenada a una oferta sexual y de trabajo completamente restringidas.

De hecho, en los ambientes de más libertad sexual, como en los ambientes de mayor libertad económica, la desigualdad se ensancha entre los guapos y los feos, entre los ricos y los pobres: en el sitio vacacional hippie del Espacio de lo posible solo folla aquel que es joven y atractivo, y una masa de hombres y, sobre todo, mujeres envejecidas, no tienen ningún tipo de posibilidad de participar en encuentros que vayan más allá del tarot, masajes de todo menos eróticos y pseudo meditaciones. El culto al cuerpo y a la juventud que esas mismas mujeres fomentaron en los 60, fue cavar su propia tumba en los 80, cuando el papel lo habían relevado sus hijas; y así, sucesivamente.

Christiane, una mujer igual de lasciva que Bruno, y a la que conoce en interesantes circunstancias durante su estancia en el Espacio de lo posible, le confesa el sufrimiento de aquellas mujeres que, en aquel lugar, “ya no tienen la posibilidad de ser amadas”, por lo unívoco de la mentalidad machista y egoísta del hombre promedio, exacerbada todavía más en los ambientes liberales. Aunque no menos reparte hostias a las feministas, de quienes dice: “Se pasaban la vida hablando de fregar los platos y compartir las tareas; lo de fregar los platos las obsesionaba literalmente […] Su gran tema de conversación eran los platos por fregar. En pocos años conseguían transformar a los tíos que tenían al lado en neuróticos impotentes y gruñones […] Al final plantaban a sus hombres para que las follara un macho latino de lo más ridículo. Siempre me ha asombrado la atracción de las intelectuales por los hijos de puta, los brutos y los gilipollas”.

No obstante, la efebocracia imperante (de la que Houllebecq admite sin embargo que tampoco es algo novedoso en otros pasajes del libro, y desde luego eso puede atestiguarse más que claramente con lo que conocemos de las sociedades griegas en la Antigüedad) también deja exhaustas a las jóvenes más atractivas, a las que siempre se acercan durante la adolescencia los ligones experimentados, que Houellebecq describe como viles, cínicos y sin escrúpulos, y que les asestan el primer gran golpe, la primera gran derrota: el propio hecho de haber elegido acostarse con un imbécil.

Annabelle, la chica que durante la juventud era amiga íntima de Michel, y que acabó tres décadas después reencontrándose con él como único amor de su vida, aunque muy tímido y corto, describe cómo su juventud, en lo más alto de la cúspide sexual, fue sin embargo de un insoportable vacío, y el sentimiento era, ante todo, de suplir las necesidades narcisistas de los hombres con que se acostaba, y la suya propia. 

Ante unas expectativas que naturalmente había de formarse en una sociedad que la colocaba en lo más alto de la jerarquía, es evidente que el desengaño era irremediable: en realidad, el sistema se construye sobre el presupuesto de que el reconocimiento frente al otro sirve de algo, de que la conquista pasajera del otro, relegada ante un sexo maquinal y bajuno, tenía un valor inherente. En realidad, Houellebecq parece situar en el aprovechamiento de este modus operandi al hombre, y a la mujer le asume, en general, una posición de una mucha mayor ternura, para la cual ese sistema no puede sino sostenerse en el artificial convencimiento de que tiene que seguir conquistando a hombres, de manera cada vez más acelerada, incluso siendo anorgásmica. Al igual que en la ciencia, donde la información se suma a la información, sin un sentido final del proyecto, en las mujeres exitosas se sumaban un listado de hombres por mor de ensanchar el listado, y a despecho de un mayor placer. 

Pero, obviamente, mucha peor suerte corre quien no entra en los estándares físicos hegemónicos. Houellebecq incide en lo inexplicable de que casi todos sus contemporáneos suscribiéramos antes morir en un accidente que quedarnos mutilados o transfigurados. También representa con una acritud extrema el suicidio tirándose desde un bloque de pisos de una chica poco agraciada y muy gorda con la que Bruno se acostaba, pero con la que desde luego no quería verse en público. El tono del narrador, frío, cáustico, pornográfico en los detalles del detrozo físico, parece representar bien la indiferencia moral de Bruno ante dicho suicidio.

Houellebecq arremete también en otros pasajes del libro contra cierto edadismo calocrático: “Nunca, en ninguna época y en ninguna otra civilización, se ha pensado tanto y tan constantemente en la edad; la gente tiene en la cabeza una idea muy simple del futuro: llegará un momento en que la suma de los placeres físicos que uno puede esperar de la vida sea inferior a la suma de los dolores (uno siente, en el fondo de sí mismo, el giro del contador; y el contador siempre gira en el mismo sentido). Este examen racional de placeres y dolores, que cada cual se ve empujado a hacer tarde o temprano, conduce inexorablemente a partir de cierta edad al suicidio. Es divertido observar que Deleuze y Debord, dos respetados intelectuales de fin de siglo, se suicidaron sin motivos concretos, sólo porque no soportaban la perspectiva de su propia decadencia física. Estos suicidios no despertaron ningún asombro, no provocaron ningún comentario; en general, los suicidios de la gente mayor, que son los más frecuentes, nos parecen hoy en día perfectamente lógicos”.

Tampoco en los ambientes New Age, donde supuestamente podría esperarse una más trabajada relación con la muerte, es la cosa muy diferente. El fundador de la comuna hippie que aparece a lo largo de todo el libro, un viejo al que lo que más le gustaba era “fumar cigarrillos de marihuana con chicas muy jóvenes, la mitad vírgenes, atraídas por el aura espiritual del movimiento, para luego tirárselas entre mandalas y aromas de incienso”, es un hombre incapaz de aceptar su finitud, a pesar de sus presuntas lecturas orientales, y en cuyos ojos, el día de su muerte, no se ve más que un terrorífico temor.

Su hijo, un rockero fracasado, el que se acostó con Annabelle mientras Michel se aislaba como vimos en el vídeo anterior, continúa la estela de su padre, pero con una deriva que a Houellebecq le parece inevitable, llegando a ser un verdadero asesino y carnicero grabador de snuff movies: “Los supuestos satanistas no creían ni en Dios ni en Satán ni en ninguna potencia supraterrestre; la blasfemia, en sus ceremonias, no era más que un condimento erótico menor, del que todo el mundo se cansaba pronto. De hecho, como su maestro el marqués de Sade, todos eran materialistas absolutos, enamorados del placer en pos de sensaciones nerviosas cada vez más violentas. Según Daniel Macmillan, la progresiva destrucción de los valores morales en los años sesenta, setenta, ochenta y noventa era un proceso lógico e inexorable. Después de agotar los placeres sexuales, era normal que los individuos liberados de las obligaciones morales ordinarias se entregasen a los placeres, más intensos, de la crueldad; Sade había seguido una trayectoria análoga dos siglos antes. En ese sentido, los serial killers de los años noventa eran los hijos bastardos de los hippies de los años sesenta; y sus antepasados comunes eran ciertos artistas vieneses de los años cincuenta, que, so capa de acciones artística, organizaron masacres de animales en público; ante un público de cretinos arrancaron y descuartizaron órganos y vísceras, hundieron las manos en la carne y la sangre, llevaron el sufrimiento de animales inocentes hasta sus últimos límites, mientras un comparsa fotografiaba o filmaba la carnicería para exponer los documentos obtenidos en una galería de arte. Esta voluntad dionisíaca de liberación de la bestialidad y del mal, iniciada por los accionistas vieneses, volvía a verse a lo largo de todos los decenios posteriores. […] Accionistas vieneses, beatniks, hippies y asesinos en serie tenían en común ser unos libertarios integrales, que predicaban la afirmación integral de los derechos del individuo frente a todas las normas sociales, a todas las hipocresías que según ellos constituían la moral, el sentimiento, la justicia y la piedad”.

Como dijera Pasolini: “Demasiada libertad sexual os convertirá en terroristas”.

El enlace entre lo sexual y la muerte, como en Bataille, a quien podríamos incluir entre los individuos que aparecen en la retahíla del texto de Houellebecq, por aquello de estar verdaderamente obsesionado con los sacrificios, incluso humanos; digo, ese enlace entre sexo y muerte también se da en Houellebecq, pero no con el carácter sublime y de continuidad, como le atribuye Bataille. La experiencia sexual completa induce un estado de continuidad del sujeto con respecto al mundo similar a la de la misma muerte, considera Bataille, en una tradición que sin duda se remonta milenios atrás, al menos hasta las bacanales griegas y el tantra hindú. Frente a esta exacerbada idealización del sexo realmente existente, en Las partículas elementales nos pasamos al extremo contrario: el enlace se da por medio no de lo sagrado, de lo transgresor, sino de lo máximamente banal: la muerte casi siempre aparece contingentemente tras de una escena sexual descrita del modo más basto y crudo posible. 

Ya nos referimos antes a la muerte de Annick. Pongámoslo de ejemplo: El narrador pasa en una línea de “Él acababa cediendo y sacaba el pene. Ella lo chupaba deprisa, con demasiada fuerza; él eyaculaba en su boca” y “Se atiborraba de dulces tunecinos, hasta las náuseas; subía a su casa, se dejaba mamar y volvía a irse“ a “La noche de la muerte de Annick hacía muy buen tiempo”, y algo después “Bruno vio el cráneo reventado […] y así terminó el primer amor de Bruno”. 

Un personaje central, Christiane, el que sí será el único amor supuestamente verdadero de Bruno por un tiempo, también recibe muerte de una manera ácida a más no poder. Están en un pub liberal los dos, y Houellebecq describe pornográficamente durante páginas las orgías en las que se encuentran. Cuando aquello ya empieza a cansar a pesar del humor de Houellebecq, uno se encuentra con un desenlace completamente inesperado. Es un efecto que se logra de manera completamente liberada: cuando ya empieza a cansar ese imperativo categórico del sexo del que hablábamos antes, tiene que ocurrir algo fulminante; por ejemplo, que mientras penetran a Christiane por turnos durante horas, esta de repente pegue un grito, se desmaye, y, ante la incredulidad del que se la estaba follando, se encuentren con que aquella mujer acaba, si no de morir, sí de quedarse parapléjica.

Bruno, entonces, a pesar de ofrecerle hipócritamente sus cuidados ahora que se ha quedado inválida, ante el rechazo de su oferta por parte de Christiane, la abandona sin el más mínimo reparo moral, y esta muere, posiblemente por suicidio, un par de semanas después.

En cuanto a Michel, se reencuentra en su adultez con Annabelle en un pasaje en que ambos van a firmar unos documentos y presenciar la exhumación de su abuela y padre, respectivamente, para su posterior relocalización en otros cementerios. La escena subraya el carácter de burocracia que hoy día rodea a la muerte, completamente desprovista de cualquier valor simbólico o filosófico. La muerte se describe como un “ruido de fondo” apenas perceptible, que solo podemos oír cuando se desdibujan las líneas del deseo que, según Houellebecq, domina inexorablemente la vida.

Michel y Annabelle se conocen debido a la muerte, viven juntos un tiempo como si estuvieran muertos, o así se los describe, y cuando se proponen dar a luz a una nueva vida, el mundo le da muerte a Annabelle, que, antes que hacer sufrir a Michel y a sus familiares, prefiere suicidarse, una vez más. Houellebecq no hace en este caso uso de una crudeza verbal tal como en la muerte de las amantes de Bruno, pero el poso de melancolía que deja flotando sobre Michel y, con él, el lector, se hace mucho más duradero, y permanece hasta el final de la novela. De nuevo, la impronta que queda es algo así como que la reproducción sexuada no ha sido desde siempre más que la principal fuente de sufrimiento y muerte. Si no el budismo, al menos aquí huele que apesta, al menos en apariencia, a Schopenhauer, partidario del antinatalismo.

La duda que surge ahora es: ¿por qué esta visión tan determinada, tan pesimista, tan ruin acerca del ser humano y de la vida? ¿Es Houellebecq la quintaesencia del pesimismo? ¿Toma lo más destructivo del budismo en su análisis del Samsara, sin tomar la luminosidad de su Nirvana; lo más agrio y amargado de un Schopenhauer, lo más engreído de un Nietzsche, lo más reaccionario de los tradicionalistas y lo más revolucionario de la crítica marxista al liberalismo? 

Ernesto Castro, filósofo a la luz del cual hemos estado realizando algunas de las observaciones a lo largo de este vídeo, parece de la opinión, y escribe al respecto: “El novelista tiene los mismos tics que Nietzsche reconoció en su maestro alemán, comunes a todos los moralistas, teólogos y vendehumos en general: “todos ellos buscan convencer a los hombres de que se encuentran muy mal, por lo que es menester una cura dura, última y radical. […] Siempre se habla exageradamente del dolor y de la desdicha, como si exagerar aquí fuera un asunto de buena educación en la vida”. […] El discurso de Houellebecq se apoya en una caracterización simplista de las pasiones humanas; imbuido en un desengaño muy fin de siècle […], el francés no contempla la posibilidad del altruismo y de las iniciativas desinteresadas”.

Ciertamente, el texto de Nietzsche viene completamente al pelo, debido que, independientemente de lo que piense Houellebecq, su novela posee un carácter de lo más fatalista, y parece tener como segundas intenciones la impartición de una moralidad propia, tal y como también señala Castro, al calificarlo juiciosamente de “neo-conservador”: “La genialidad de su enfoque consiste en introducir una pequeña variación respecto de la tradición que le precede: al formular sus ideas en el marco de la ficción novelesca […], el pensamiento neocón de Houellebecq queda depurado de moralina. […] El narrador se ahorra toda la parte moralizante y propositiva de su ideología; sus relatos condensan solo las tesis negativas, pa pars destruens del neconservadurismo, ofreciendo una radiografía algo hiperbólica del escepticismo, pesimismo y milenarismo en nuestros días”. 

Ahora bien, creo que Castro omite algunos pasajes que desmienten eso de que Houellebecq sea incapaz de ver en el ser humano nada más que codicia y egoísmo. Él lo califica de incurrir en la misma falacia que Hobbes, pero, más bien, la falacia la comete Castro al centrarse únicamente en las páginas que confirman su tesis. Por supuesto que los libros de Houellebecq poseen unos personajes desagradables, pero también hay algunas perlas de altruismo en ese océano de miserias. Así, por ejemplo, tras la muerte de la abuela de Michel, trasunto de su propia abuela, que fue quien le cuidó ante el abandono de su madre, habla el narrador: 

“Esta mujer había tenido una infancia terrible, trabajando en una granja desde los siete años entre semibrutos alcohólicos. Su adolescencia fue demasiado breve para que pudiera acordarse. Tras la muerte de su marido trabajó en una fábrica para sacar adelante a sus cuatro hijos; en pleno invierno iba a buscar agua al patio para que toda la familia se lavara. Con más de sesenta años, recién jubilada, accedió a ocuparse otra vez de un niño, el hijo de su hijo. A él tampoco le había faltado de nada, ni ropa, ni buenas comidas los domingos, ni amor. Ella le había dado todo eso. Un examen mínimamente exhaustivo de la humanidad debe tener en cuenta necesariamente este tipo de fenómenos. En la historia siempre han existido seres humanos así. Seres humanos que trabajaron toda su vida, y que trabajaron mucho, sólo por amor y entrega; que dieron literalmente su vida a los demás con un espíritu de amor y de entrega; que sin embargo no lo consideraban un sacrificio; que en realidad no concebían otro modo de vida más que el de dar su vida a los demás con un espíritu de entrega y de amor. En la práctica, estos seres humanos casi siempre han sido mujeres”.

Y así, con esta nota agridulce final, acabamos este par de vídeos analizando Las Partículas Elementales. Espero que os haya parecido un recorrido interesante, porque desde luego que creo que la novela trata temas muy diversos y con una perspicacia que al menos ha de ser tenido en cuenta. Si os ha interesado este formato hacédmelo saber en los vídeos. Muchas gracias y hasta la próxima. 

Novela y bibliografía adicional:
-Houellebecq, M., & Gómez Castejón, E. (2006). Las partículas elementales. Editorial Anagrama.
– Castro Córdoba, E. (2021). Otro palo al agua: Textos de crítica cultural. Editorial Roneo.
– Bataille, G. (2023). El erotismo. (A. Vicens, Trad.). Tusquets Editores.

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