Sevilla, el Vajrayana y Godard

“¿Qué es Samsara?, dices mientras clavas

en mi recuerdo tu recuerdo azul.

¿Qué es Samsara? ¿Y tú me lo preguntas?

Samsara… eres tú”.

Como sevillano, jamás comprendí el barroco. Cuando uno lo tiene a algo tan cerca, la invitación a su rechazo es casi lo más natural. En mi caso, el gusto por lo grotesco del urbanismo de esta ciudad —gusto por lo desolado de sus polígonos, particularmente la pasada década, tras de la crisis económica; por lo desolado también de sus otros polígonos, superficie desde la que escribo; gusto por el aire acondicionado goteante y exhausto sobre el no feo, feísimo mojón seco de la acera, el autobús alguito rojo, ora magnético, ora lodazal— ha venido siempre acompañado de un desprecio parejo por lo que a otros —no se sabe a quién— resulta trágico —tragicómico— en los pasos de Semana Santa, las vírgenes de las iglesias, o el pelo —trágico pelo— engominado —o no engominado, pero sevillano, al fin y al cabo, tragicómico y semicalvo— en la Feria —trágica Feria—, o el incienso —trágicamente importado desde una fábrica inmunda en Varanasi—. India. India. India.

Un día hubo en que en mi mente se encumbrara lo “bello clásico”, en que todo lo de los trágicos griegos, o Platón, u Homero, o incluso Aristóteles, o desde luego Longo, fuera sinónimo de excelencia estética; ¿el motivo? Meramente la lectura. Ni la influencia del obeso alemán, ni la influencia del “Jesús Maestro”; simple y llanamente, la lectura. Lo que uno lee acaba adquiriendo el aura de la belleza, al igual que le ocurre al paisaje donde uno habita —uno de esos infames polígonos, donde mientras escribo de noche no hay más que ruido, más ruido, más ruido, un ruido sucio, de taladradora, mecánico y metálico, de limpia-qué-sé-yo, despiértate de nuevo para arrojar la ciudad aquí al lado; mas esme grato el ruido de esta ciudad, grato el amarillo, grata la suciedad—. Ya no es que tenga lugar la sublimación, sino que es tan sencillo como la habituación el florecimiento del gusto; así, la letra griega, inicialmente alocada y lejana, se torna en el estándar de la elegancia entre los contenedores de taladradora y de mecanismo metálico en El Pireo: si está escrito en esas letras, automáticamente es bello. Estamos en Grecia, al fin y al cabo.

Estamos en Sevilla: el amianto es tóxico, pero es Sevilla. Sevilla es el amianto y el ladrillo viejo, el cableado eléctrico que en cualquier momento puede explotar —como en Katmandú—. Sevilla no es ni la Giralda ni Los Alcázares ni la Torre del Oro; Sevilla es una mezcla de amianto y de la farsa de 1929. ¡Pero qué bella farsa, la farsa de la taladradora, como El Pireo, el “Puerto de las Américas”! Sí: no las vírgenes. Ni el incienso putrefacto de Varanasi que aquí encendéis diez días al año. Vírgenes. No, honestamente.

Aunque ahora tienes no la India —la India es Sevilla, simplemente es devanagari, qué elegancia, cuanto otrora parecía “casi japonés”, qué disparate—, no el río Guadalquivir bajo la mirada de Don Juan —la reconciliación con la Sevilla de la Giralda, de Los Alcázares, de la Torre del Oro; y sí, he ahí un libro, ergo he ahí como con los griegos, pero un solo libro no desbanca al amianto—; no, lo que tienes es un monasterio. Un monasterio teñido de lunares, de texturas amarillentas y rojizas, de vertical aroma, de no inciescuna arquitectura. Reitero: no es la India; no es la barroca mezcla de Mumbai —la India, la Calle del Infierno—, o del Shiva sumamente hortera —la distorsión de Jesucristo—, ni de las músicas superpuestas, la bucólica mixtura entre lo sacro y lo mundano. No me refiero a nada de esto, ni a Sevilla ni a la India —cuyo oro reluce en el vertedero de Nueva Delhi – Las Tres Mil Viviendas — La refinería pestilente griega—, no; me refiero al monasterio pseudotibetano.

Entonces tomas al paradigma de la confusión y resulta ser un reflejo de lo vacuo —como podría serlo su opuesto, en el zen—; el Samsara absoluto y total es el más elevado Nirvana. Otrade rebujitoh por favó; om gate gate paragate parasamgate bodhi svaha. Pues claro; si total, forma es vacuidad, vacuidad es forma, me valen los Budas de colorines que me valen los farolillos fabricados en a saber qué tugurio de la China. “Auténticos, tradicionales”. Claro: igual que el Sutra del Corazón. Chinesco. Súper auténtico. El “puro y destilado y que no tiene fondo”. Pues claro: “Tadhyata r-e-b-u-j-i-t-o-h”. Me entiendes perfectamente.

Así, como pseudotibetano, comencé a comprender el barroco. El Paramitayana te conduce a la sabiduría vía la paz; el Vajrayana —distorsionado—, vía Escohotado-Osho. La llegada del Vajrayana a las embajadas de lo mundano lo torna en la virgen —siempre minúscula— que no es virgen. La torna en el Budismo de la Tierra Pura —aunque históricamente no fuera así—. Que quizás no esté tan mal. Pero eso es la intuición previa. La intuición renovada es la del templo repleto de deidades y colores. “Es que es un upaya, es que es un medio hábil”. Tú te sitúas en el lugar de tu maestro, o directamente en “la deidad”; o llenas el hueco de la sabiduría con la penetración de la compasión o recorres los cinco o los ocho estadios del sueño o de la muerte o del sexo, que lo mismo son. La integración toma el Efecto Kuleshov —trivialidad— y lo persigue apegadamente hasta el fondo: jamás incurre en el corte de Godard, jamás echa la vista atrás, jamás provoca el cortocircuito mental inmanentemente, solo parcialmente desde afuera. Claro: Godard solo provoca el cortocircuito mental inmanentemente, y se olvida de lo importante (aplicarlo desde afuera). Él es el ingenuo del chino o de las gafas de sol, mientras que el budismo integrado es el ingenuo del Otro, pues cuando esta adentro, es el sistema presuntamente perfecto, integrando asimismo la exclusión del principio de contradicción. Aunque es mucho decir que Nagarjuna descubre algo, y mucho decir que la contradicción extrema y la inteligencia la desarrolla el Gran Mentiroso —el Buda— y sus discípulos y cuantos siguen a Nagarjuna, y que solo gracias a algo así nace tal cosa como el Vajrayana —o su variante burda en el Budismo de la Tierra Pura—, cuando aquí —en Sevilla— tenemos lo mismo, solo que siempre incomprendido y despreciado.

Decir que solo el Vajrayana profundiza en ese aspecto de la contradicción es un delirio —acabo de mencionar al Buda y acabo de mencionar a Nagarjuna y al Mahayana previo al Vajrayana—, pero el Vajrayana me ha hecho comprenderlo; no porque yo conozca el Vajrayana, sino porque el Vajrayana se me ha manifestado en la forma en que a un Godard se le manifiesta su noción del montaje. En mi esquema occidental de búsqueda del cortocircuito, el cortocircuito implícito en una teoría ingenuamente presentada —como el Paramitayana— se percibe como error catastrófico, elemento a rechazar. En todo caso, se lo puede aceptar como una vía pragmática, como en mi caso, pero la mácula se torna en motor perpetuo. Mas en el punto en que la mácula se convierte en el eje central merced al rechazo a todos los que vía dicha mácula no se tornarán en inmaculados, sino en adoradores de vírgenes que no son vírgenes, entonces, ¡ah!, surge el alivio de decir “estos sí controlan, los secretos, los esotéricos, los inteligentes”.

La liberación entonces ya no solo adopta la vía del “yana”, del vehículo, del “yo me monto ahora pero te tendré que soltar para pasar a la otra orilla”, sino que adopta la idea de que “andar paralelo a la orilla también es un vehículo”, la idea de que lo ortogonal a una recta puede ser paralelo a la recta. Porque, honestamente, no hay otra forma seria de tomárselo. Si no, centros budistas como Paramita o los de Thich Nhat Hanh no podrían operar al ritmo de corporaciones tecnológicas sin colapsar bajo su contradicción. En cierto sentido, todo vale, honestamente. Y así es como funciona la religión. Y por tanto, quizás, a pesar de los años considerándolo un frívolo, Popper parece tener razón. La trivialidad inicial se torna en conocimiento integrado. Se torna en la disolución del cortocircuito inmanente, como lo hemos llamado. El sectario y el sabio lo comparten casi todo, y el antisectario y el necio lo comparten casi todo; el extremo necio e imbécil por definición va a oscilar entre superficialidades que cree profundas, y el sabio va a profundizar en sectarismos que le hacen alcanzar un estado de integración. No toda integración es sabia, pero toda sabiduría es integración, y toda integración es sectaria, aunque no todo sectarismo es sabio. El sabio es un subconjunto de lo sectario. Ojalá fuese al revés.

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