Cuanto en El Génesis fuera de azul, el pequeño control insospechado, finísima capa de pintura, de lo más bello posible, no tardara en degenerar. Descascarilláranse gota a gota las piezas del cielo, mostrando la bóveda realmente existente, que es de cemento.
— ¿Me miro? ¿O no me miro?
— Vaya, qué desagradable. ¿Cómo no te conoces a ti misma?
— Claro que sí me conozco: mira. Está limpio. La limpieza estriba en la paleta. La paleta de El Cielo.
— ¿Y no viste? Estaba tostada.
— Ya. Será del lujo. ¿No?
— ¿Envidias?
— No, son ellas las que nos envidian a nosotras. Tú tampoco pareces menos envidioso, toma la masilla.
— ¿La masilla?
— ¿Pues no ves que se cae? Está quemándose.
— Parece tan frágil como una casa japonesa, realmente. Tienes razón. Pero es tan extraño ver el cemento ardiendo así. (Caos vuelto japonés).
— ¿Quieres tomar la masilla ya? ¿O prefieres hablar con el médico en vez de que te cure la herida de la flecha?
— Es que, si miras, no miras a alguien. Miras al que se ha desposeído de sí.
— No lo entiendo: ¿dices que por grabar la luz no conoce? Ininteligible… se… anatomías…
— No por grabar la luz: por el azul tornado en gris. Eso quiero decir.
— Ya. Lo sé. Solo jugaba al juego del destornillador.
— Se confusión… mente… ese todos fingidos…
En tanto que de escalera en el cielo, hete aquí que desplomose al buscar aspirar las estrellas. Es el mito bíblico: cayóseles el estante por cuanto heredaban de la otra vida. No se puede ir con la otra vida, ocho años. Hay que bordear el cielo. El cielo es una cúpula de asbesto:
— ¿Has visto alguna vez la guerra?
— Duermo. ¿No ves las estrellas? Las pintaron ayer.
— No. Son gotas de alquitrán.
— ¿Por qué estás tan negativo?
— Dame el estuche.
— ¿Para qué?
— Tengo que guardar algo.
— ¿El qué? ¿La lengua?
— Su lengua.
— Babel habita en su monte. Ya lo sabes.
— No digas tonterías. No me recuerdes. Ya no queda nada. Hace días que las nubes copan tus senos.
— El cambio climático…
— Hazme el maldito favor de traerme el estuche.
— Me vas a guardar.
— Sí. Vas a desaparecer.
— Hacer de carne.
— Un-dirty-formas-ti-superpuesto.
— Ocho años.
— Sí. Ya no queda nada más por arder. Veo los alambres ya.
— Están rojos. Tostados…
— Sí… el azul… hacía tiempo que no hablábamos.
— No te tienen envidia, entonces. Te lo dije. La plata funciona como el catalizador del martillo, a saber, el pesticida contagioso.
— Bueno, pero es que desde que el cielo es gris hay tormentas en las plantaciones.
— Adiós.
— Déjame tranquila. ¿Quieres?
(Venus y placer; torre es… de tu… significa… Sexo no ha convertido tantas «Babel»… pero…)
— ¿Que si quiero? ¿Y quieres tú al fin dejar de mirar al cielo y bañar los ropajes en atrazina? ¿Quieres al fin abandonar la pulsión de la posesión, que no es sino el disfraz de la tranquilidad? Hablamos de posesión cuando la pulsión de la maldita paz.
— Tú no has visto la guerra.
— ¡Ni tú tampoco, estúpida!
Desvanecíase de corrido tal cosa como el estante: quedaba el mero vapor, el turco disfrazado de misil. Un shock que da lugar al marino; el azul, se entiende. Idiomas (gemidos tantas en). Y por fin surge el lema: «Trabajar os hará flotar». El granate es el resplandor de ultratumba: el fondo de microondas es islámico-asiático. Siempre fuelo, mas confundíaste merced al artificio tractor.
— Buscas excusas. Siempre buscas excusas. Siempre haces lo que quieres hacer, y buscas una justificación para ello.
— ¿Y qué hizo Dios? Femenino ruido…
— Justificas el azul con el granate. Estoy harta. HARTA.
— Joder, pensaba que querías que te llamase.
— ¿Claro que quería? ¿No quiero por ti? ¿Miras?
— No sé… ¿debería respirar?
— ¿Lo ves? Cuando no respiras hay el trabajo, hay la nube, hay…
— … no hay el reflejo sinusoidal desde aquellas esferas lejanas de cemento.
— Eso es. Yo no soy…
— … cuando respiro.
— ¡HARTA!
— Gozó.
— ¡ME DA IGUAL! Tantas… monte… lugar…
— Realmente es en la tacita esa que vibra, qué lentito va, qué suave la luz, tenue, como dos voltios, y se hizo el cielo donde no había sino la respiración.
— Curioso, ¿eh? Ahora te das cuenta de por qué no podía mirar.
— Realmente era asqueroso. Dios era algo así como el pretexto. Ya no necesitamos refugios. Cápsula de alquitrán.
— No dirás que no te lo he dicho. Esto es lo más absurdo que me has hecho.
— ¿Ilusiones?
— Yo también te las puedo dar a ti. Eres tan dependiente. Gemidos ha…
— No hemos estado en la guerra.
— Exacto. Por eso puedes.
— Por eso vamos.
— Sí.



