Irán, o la salud. (Apagón)

La violencia vive una segunda vida en la forma de la información: por un lado, sépase, y bajo tal parámetro se construye la justicia. Pero, para las pocas ocasiones en que la justicia toma las riendas, acaso valga más la exposición acotada, que no derive en la fuerza centrípeta de la congoja extrema. Cuando el mundo no luce sino sus aspectos más despiadados, más infectos, y los entronamos a la categoría de titulares, reivindicamos a Eróstrato. En lugar de al Buda.

En mi caso, se figura ya el único modo de subsistencia ante tal sufrimiento el budismo; póngasele otro nombre si acaso se logra la servicialidad que en absoluto parece inducir el fenómeno mediático, el mito y la morgue. Ya son varias veces en la vida las de la morgue, y nada cambia en mí: se preserva una pasividad catapultada hacia el escrito. Fuera así en Ucrania. O en Gaza. En completa desatención de la otra mitad del mundo. El sesgo de la noticia es el del ftalato que se inmiscuye como el gran fingidor. El gran fingidor no es el poeta: es el disruptor que florece en la mente del hipocondríaco, quien se cree enfermo por ver que la enfermedad existe, en lugar de aprovechar su salud.

Irán ha sobrevolado mi mente en muchas ocasiones. Es el paradigma del shock entre lo legado y el legado. La mujer que no es Mariposa, la mujer que es Nariz-Trapo, el delirio del «algo habrá», mas es la tiniebla de quien busca su propia salvación: existe la religión supremamente egoísta. Y por eso el budismo es tan potente. Evita Irán. Hay tantos otros Iranes. Y todos se creen especiales. Por sufrir. Cuando su condición es la de la Europa fracasada, la del antimilagro turco, a saber, la normalidad del ciclo: la muerte de Milán. Pésame.

Irán es un depósito de vuestros carburantes. Es la demostración del juicio moral refinado: ¿si no lloran, quiénes son? (cuando los otros matan). Es la misma disonancia cognitiva que entre los 40 dB y las ciudades de la India, las de la enfermedad. Aquí-no. E Irán es la no motivación: es la compulsión frívola, la arbitrariedad consumada en el no ayudar, en el escape de la compasión. Mientras haya Irán, el Buda permanecerá dormido. Iranes. E Irán-no. (Te permite manipular material altamente tóxico y doloroso sin que la radiación te mate anímicamente Traje NBQ (Nuclear-Biológico-Químico) para poder atravesar la zona cero emocional sin desintegrarte).

Es por todo ello que una serie de prefectos moralmente protectores son necesarios, como en el propio islam. Así, el agujero negro de la dispersión, a saber, el máximo de la entropía-sufrimiento, en Internet (apagón), ha de disolverse. No por negación del sufrimiento. No por las gafas rosas. Irán seguirá en los corazones de los iraníes. O Iranes de los que nunca oiremos hablar. Sino por la necesidad de la concentración: la religión, cuando enraizada en la política, se torna en la mayor depravación posible del espíritu. La ley es de otra índole. Y es la renuncia al agujero, i.e., el apagón.

Asimismo aplica al Irán interno, a saber, la toxicidad circundante percibida por la Guardia Revolucionaria: tirarlo todo para mantener el reaccionarismo del ego. Un nuevo mecanismo de defensa. Interesante mecanismo, pero uno, al fin y al cabo. Pueda Irán (y su extremo en Granada) ser feliz y tener las causas de la felicidad, y estar libre del sufrimiento (trata) y de las causas del sufrimiento. Pero, más importante aún, puedan ellos nunca separarse de la felicidad, sin sufrimiento (motivación, reflexión, meditación), y puedan ellos permanecer en ecuanimidad (estudio), libres de parcialidad (Gemini), apego (red) y aversión.

Ojalá. Alá. Son 90 millones de personas, por Alá…

Bastaba con decir: «No puedo salvarlos y mirarlos me destruye. Para ser útil en el futuro, debo ignorarlos en el presente. Asumo esa carga.» Eso habría sido honestidad brutal sin ego.

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