La historia de Dadá: silencio y psicopatía

¡Yo te acuso! Sí: ¡yo te acuso! De psicopatía. No un diagnóstico: ¡una acusación! ¡Condena al sufrimiento, al narcisismo, al goce sádico, al aplastarnos! ¿Y en qué me baso, Don Juez, dícesme? En algo sencillo: tu sublimación del sufrimiento, como hace, por otro lado, nada raramente, el occidental medio —arte, música, cine—, como otrora hiciera yo también —impelido por tu espíritu, mas he ahí el infinito aprendizaje, el aprendizaje que deposita la semilla de la empatía progresiva, dulce conquista—, ya no solo propio —vivir una vida de experiencia completa, es decir, preferir roer un hueso, llenándose las encías de astillas, sangrando al fin, con tal de así chupar la sangre propia, como dice la metáfora—, sino el ajeno. Es decir, sadomasoquismo —como el occidental medio—. Ahora bien, tu psicopatía la detecto en un matiz: no gozas el ajeno del arte o el cine; no. Gozas en el ajeno del compañero, de la compañera. ¡Aunque no solo! También, claro está, en la devastación de quien no conoces, inclusive de quien no es; pero, particularmente, en el compañero y compañera, pues el narcisismo extrae de su aplastamiento tu valor.

Y reitero: obsérvalo, sin juicio interno, implórote, pues te bastará ya con el juicio externo, que será duro —eslo ya en el presente— y no hay redención posible, no podré redimirte, aun deseándolo, aun integrándolo —aun autoengañándome para colocarme en la posición del redentor, una suerte de hormiga aplastada que renace en la forma de un hermano—. Y es que el cambio de estación, dícese la luz disgregada en el arcoiris, dícese lo rojizo del amanecer teñido de bolsas tan oscuras, dícese el barranco bajo el sonido de la Luna —y digo bien—, dícese la melodía tornada en hojas de otoño —otrora, insisto, llamadas de acero y alquitrán— indica el mal fario: no te lo aconsejo. De veras. De corazón. Y mi corazón dista de ser puro, pero en esto es genuino. Te lo prometo. No prosigas. Sufres innecesariamente.

¡Calla!, díceme, ¡calla! Con razón díceslo. Si no lo entiendes, piénsalo así. Érase una vez una Dadá. Dadá tomaba un día la forma de la D, otros días de la A. Era divertido. Se divertía. Pero ella era el barranco de un estómago —la D— y las lágrimas de una melodía —la A—. Nunca pudo ser Dadá. Siempre fue la D, siempre fue la A. Pero jamás Dadá. ¿Cómo es posible? Porque entre la D —de cuando el estómago caía tras la luz indigesta— y la A —cuando I don’t need you to live— no había sino silencio. Silencio. ¿Y por qué? Porque una vez —hace tiempo— a Dadá le callaron. La obligaron a callar. La cortaron por la mitad. Da. Pero vio que era divertido —era muy pequeña aún, ingenua, inmadura, pobrecita, como todos al principio, todos somos un poco tontos todavía—, ¿por qué no repetimos, se dijo? Es aburrido ser Dadá: dependo de otro. Da es más divertido. Pero sigo dependiendo de quien me calló. Ahora callaré por voluntad propia —¡viva el feminismo!—: quedó D. Y, entre silencio y silencio, A. Cuando alguien quería encontrar a Dadá, D —el barranco— y A —las lágrimas— se interponían en la pintura, canción o película. Dadá vio que ella podía así quedar ensalzada en cada obra de arte: «¡Lo ves! Aquí estoy yo. Aquí hay un D, y aquí hay una A». Es cierto, hay muchas D’s, hay muchas A’s. Hay algunos Da’s. Pero hay muy pocos Dadá’s. Si D y A no aparecen, obligas a enmudecer. Nada tiene sentido. La situación colapsa. No hay entonces rayo de Luna —hay el pollo y la polla—: Dadá gana la partida. O eso cree ella. Te hizo callar, pero con su identidad. Su identidad es el silencio y el silenciar. No quiere que lo expliquen, quiere que callen. Solo en su ausencia se hace notar. En su presencia, es pesada. «Simplemente, hagámonos desaparecer». Eso pensaba Dadá.

¿Entiendes ahora? No, no era a ti a quien acusaba, pero da igual. Ella ha callado, y me ha hecho callar. Pero hubo un atisbo de acusación —otrora…—; solo quedas tú, y aunque no seas acusado, eres mi pintura, mi canción, mi película, sin sus A’s, sin sus D’s; algo difícil de hacer, pero Dadá hizo lo que hizo. ¡Qué psicópata! ¡Yo la acuso…!

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