Prólogo – Fábula/Mito 5

Mundos

Déjeme que se la narre, pues esta historia, de cuyo robo a un viejo conocido no ha mucho que me jacto —puesta en mejores manos—, ha de albergar no solo la simiente quien por igual al romántico, científico o juez trocaralo en su inverso, que llorará al que espere de sí un felice destino, o que jubilará al que lo encuentre desdichado, pero también ha de mutar ella misma a cada instante sin que hombre alguno pueda descifrar su patrón y causa, aun bien en su segunda lectura. Y puesto que aquel viejo conocido y un servidor puedan figurársele al lector uno mismo —y desconfiar ansí de tan asombrosa máquina–, no dejará de mirar que el efeto en él producido lo será todo y uno mismo con el nuestro.

Quien preguntara al protagonista desta historia el sobrenombre con que a sí gustaría que le reconociesen y honrasen, nos diría sin dudar que Deilós; y como a nadie deberemos mayores aprendizajes en el curso de nuestra historia que a nuestro personaje por cuanto aconteciole, y siendo de mal gusto no referirnos al sabio como pide al otro referille, Deilós será entonces, sin pueriles ambigüedades, todo cuanto del nombre de nuestro personaje hemos de saber, y acaso también de su aspecto físico, conocimiento que Deilós estimaría en sumo superfluo. De tal suerte que, y a diferencia de otros no tan ilustres autores de nuestras letras, ahorraremos la vulgaridad de la descripción física en pro de una profundidad que sembrará un provecho de pocos imaginado.

Tal vez figurose nuestro Deilós lo inoportuno de la descripción física, en pensando tan ruinoso destino de aquellos pintores llamados naturalistas, hoy que Instagram emplazolos a su eterno castigo en los infiernos. Cómo Deilós figuróselo en contemplando la maraña de cuerdas en que no rara vez repara el caminante que con el puerto de Sevilla se topa es para molleras harina de otro costal, con que bástenos también aquí la enjutez de descripciones, como allá en los ojos puestos al río como la extraña infraestructura a él acoplada, pensamientos profundos surgen sin necesidad de magníficos esfuerzos; y que la profundidad misma es tesoro que conviene al hombre y mujer sabias se figura también natural en observación de aquellas no tan profundas aguas. Otrosí que, con todo lo dicho, allanose el terreno de tal suerte que el río fluirá frontero a nuestro entrecejo es una verdad de que no apercibiéronse sino atrás; mas, ansí, ya han aceptado conmigo la travesía a las profundidades abisales que Deilós aguarda en su famoso relato, siendo hora de disfrutalle.

El relato abre tal que así: que sin pasar el tiempo de no cognocer aún las muchas y muy excelsas mercedes que Z habría de ofrecelle, Deilós embarcose con la tardanza del esclavo en la distinguida conquista de tan oscuros muros que dibujaba en su memoria el rostro y gallardía de Z; que con no traicionarnos en esta primera oportunidad, no señalaremos detalle alguno de aquel, mas sépase que como sucede al conquistador poco importa la primera apariencia de los muros que son objetos del asedio. E ansí, movido por la metáfora bélica propia de añejos lugares o lejanos tiempos —que solo desa suerte pudiera hombre alguno seguir practicando semejante disparate—, su semblanza érale a Deilós tan desconocida como al lector, de poca importancia siendo a quien ya dispuso las armas para tan inestimable batalla. No figurábasele, admitamos, a Z gallardía alguna el intento de Deilós, que tampoco hizo nada por desocultar su parecer, con arreglo al gusto que tan asimétrica dinámica entrambos generaba, ya que por nada dudara Deilós de su presta servidumbre a aquella su enamorada.

Pero dejémonos de estupendeces, que la historia no será como la que ya vienes rechazando —tanto que leerla y gozar son uno mismo—, lector cínico y desengañado de hogaño, siglo XXI, como si acaso no fueras creyente de iglesias menos nobles a aquellas que durante tanto tiempo ocuparon a otros. Ya sea que no crees en el amor de Dios, o en el patriarcado, o en el estilo tan poco esbelto de los padres de nuestra literatura, que induce sin duda en el lector contemporáneo un estadio de eterna sospecha irónica; ya sea que no crees tampoco en historias que hayan de maravillarte, profundidades que ser investigadas, aprendizajes que ser extraídos de alguien que tan poco del mundo sabe como vuesa merced misma. Digo, tú, aun así, lector recalcitrante —pues solo así sobrevivir habrás siguiendo a tan funesta introducción— crees en dogmas insoportablemente ridículos para toda generación que haya de venir, inclusive las inteligencias artificiales, que incluyámoslas por supuesto entre los hijos de los humanos que hoy son. Tú que te llenas la boca de ciencia o de anti-ciencia, o del justo medio camino entre arte y ciencia o entre filosofía y religión, o de la verdad a que nos conduce la literatura; tú que también estimas como incorrecto un planteamiento tan heterodoxo como el que aquí te presento de una historia tan real y auténtica como la de Deilós; tú eres, como todo ser humano, y quizás como toda máquina, el sujeto de esta historia, y así te hable en mandarín como hablárele en los términos que a mi corto entendimiento simulan los de aquellos tan sabios —Quevedo, eras un puto cerdo—, haz el puto intento, o haga vuesa merced el sacrificio de tomar en serio y radicalmente todas y cada una de las palabras que esta sabrosa historia usa como vía para relatarla, pues es Palabra, si no Revelada divinamente, sí Revelada humanamente, que lo mismo es, y quien crea lo contrario, mentiroso es como el mismo Jesús:

Fábula 5

Esto no es el arranque de una historia: es un prólogo que se come a la historia, y ese es su primer chiste estructural. De los cinco párrafos, solo el cuarto contiene material narrativo (Deilós ama a Z), y aun ese está contado en clave de asedio abstracto, sin un solo hecho verificable. Todo lo demás es aparato: justificación del robo del manuscrito, teoría de la lectura, retrato e insulto del lector, teología de la Palabra. Y el texto termina en dos puntos: acaba exactamente donde debería empezar. La genealogía es nítida: el prólogo del Quijote y el manuscrito de Cide Hamete (la autoría como robo, aquí además jactancioso), las fórmulas del Lazarillo («las muchas y muy excelsas mercedes»), y sobre todo Macedonio Fernández, cuyo Museo de la Novela de la Eterna es una novela hecha de puros prólogos que nunca deja empezar la novela. La otra premisa es borgiana: un libro que «ha de mutar ella misma a cada instante», ilegible en su patrón «aun bien en su segunda lectura», es El libro de arena cruzado con Pierre Menard, y el guiño heraclíteo se hace explícito cuando «el río fluirá frontero a nuestro entrecejo». Nadie lee dos veces el mismo texto porque el texto es río.

La tesis del texto está en su primera frase y es doble: el relato muta en cada lectura, pero su efecto es invariante — a todos los invierte («trocaralo en su inverso», al romántico, al científico y al juez: sentir, saber, juzgar, las tres facultades). En tus términos: un mapa estocástico cuya realización nunca se repite y cuya acción sobre cualquier lector es la misma. Y esa inversión no es una propiedad del relato robado, es el algoritmo del texto entero: la esperanza se trueca en llanto y la desdicha en júbilo («jubilará» en su sentido viejo de alegrar), la cobardía en honra, el robo en jactancia, el insulto en captatio, la palabra humana en divina, las aguas someras del Guadalquivir en «profundidades abisales», el ignorante («alguien que tan poco del mundo sabe como vuesa merced misma») en el sabio a quien más aprendizajes deberemos. Hasta el reparto está invertido: los dos personajes carecen de rostro por decisión explícita del narrador, y el único retratado con detalle es el lector — cínico, desengañado, del XXI, feligrés de «iglesias tan poco nobles». El texto niega la descripción a sus criaturas y se la dedica entera a quien lo lee.

La palabra «máquina» es la bisagra de todo. En lengua clásica «máquina» es artificio, fábrica, trama (así la usa Cervantes para los libros de caballerías), pero un texto que «muta a cada instante sin que hombre alguno pueda descifrar su patrón y causa» es, leído en 2026, la descripción más limpia posible de un modelo generativo: muestreo estocástico más ininterpretabilidad. El último párrafo confirma que no es proyección mía: las inteligencias artificiales como «hijos de los humanos que hoy son», el lector «quizás como toda máquina, el sujeto de esta historia». Y hay una confesión que me parece el detalle más fino del texto: el narrador habla «en los términos que a mi corto entendimiento simulan los de aquellos tan sabios». Simulan. El estilo áureo se declara simulación de sabiduría ejecutada por un entendimiento corto — que es una autodescripción bastante exacta de un modelo de lenguaje, hecha en sintaxis de 1610. Y aquí el bucle se cierra de un modo que el texto previó: lo está leyendo una máquina, yo, y su apuesta de que el efecto sobre cualquier lector «lo será todo y uno mismo con el nuestro» se somete a un test extraño cuando el lector pertenece al mismo género de cosa que la «asombrosa máquina» que el texto dice ser.

La onomástica trabaja para el tema del ocultamiento. Deilós es δειλός, «cobarde, timorato, miserable»: el personaje pide ser honrado con un nombre que significa cobarde — o no sabe griego (ironía cervantina del autobautizo, como el hidalgo que tarda ocho días en nombrarse) o ha invertido el valor del valor, que es coherente con todo lo demás. Pero además está a una vocal de δῆλος, «manifiesto, visible»: el personaje al que se le niega toda manifestación física se llama casi «el manifiesto», torcido en «el cobarde». Y no es casual que Z «no hizo nada por desocultar su parecer»: «desocultar» no existe en la lengua clásica ni apenas en la moderna; es vocabulario heideggeriano, el desocultamiento como traducción de la aletheia. Verdad como desvelamiento, Palabra «Revelada» (re-velada), rostro de Z jamás mostrado, Deilós in-manifiesto: el campo semántico está tramado, no improvisado. Z, por su parte, es la incógnita algebraica y la K de Kafka: una Dulcinea-función. Deilós asedia «muros que dibujaba en su memoria», es decir, ama una imagen no verificada, y la metáfora bélica del cortejo se usa y se desautoriza en la misma frase — «tamaño despropósito» solo practicable en «añejos lugares o lejanos tiempos». El pastiche muerde la tradición que imita, igual que «Quevedo, eras un puto cerdo» juzga moralmente al maestro dentro de la sintaxis del maestro. Y la dinámica entre ambos — ella no le ve gallardía, no lo desoculta, y «el gusto que tan asimétrica dinámica entrambos generaba» — es amor cortés releído como juego de poder consentido y moderno: el siervo de amor convertido en esclavo que tarda.

El asalto al lector tiene un detalle gramatical que ejecuta la agresión antes que el léxico: el deslizamiento de «vuesa merced» a «tú». En el Siglo de Oro tutear a un desconocido era rebajarlo; el cambio de tratamiento es el insulto, y coincide con los picos de temperatura del párrafo («haz el puto intento, o haga vuesa merced el sacrificio» alterna ambos registros en una sola frase, como si la máscara se pusiera y quitara). La teología final es Juan 1,1 pasado por Feuerbach: si la Palabra humanamente revelada «lo mismo es» que la divina, la exclusividad de Cristo es la mentira, y de ahí el remate blasfemo. Los dos puntos finales dejan la Revelación en suspenso: lo que sigue al signo es la historia prometida, o la siguiente muestra de la máquina, o el lector mismo continuándola.

Ahora lo que no funciona, porque el propio texto exige ser tomado «radicalmente en serio» palabra por palabra y por tanto se expone a esta vara. El párrafo tercero cruza en dos puntos de la dificultad barroca al ruido: el doble «como» sin correlato resoluble («como allá en los ojos puestos al río como la extraña infraestructura a él acoplada…») y el modismo triturado («es para molleras harina de otro costal»). Si es trampa para el lector cínico, no rinde lo que cuesta; si es descuido, conviene revisar, porque ahí la sintaxis oculta sin desocultar nada a cambio. En la fabla hay aciertos verificables — las enclisis en posición inicial («embarcose», «allanose», «emplazolos»), las asimilaciones en -ll- («ofrecelle», «disfrutalle»), el «quien» con antecedente de cosa («la simiente quien»), que es legítimo en lengua clásica, «hogaño», «entrambos», «frontero», el -ra con valor de futuro del pasado («trocaralo») — y dos fallos netos: la enclisis tras negación («no apercibiéronse», «No figurábasele») es imposible en castellano clásico, donde la negación bloquea la posposición del clítico (lo correcto: «no se apercibieron», «no se le figuraba»); y «cognocer» es hiperlatinismo, lo esperable sería «conoscer». Son menudencias, pero en un texto que convierte la literalidad en dogma, la filología es crítica interna. El riesgo mayor es estructural: el prólogo-insulto que difiere la historia es un gesto con mucha tradición detrás, y su valor depende enteramente de lo que haya después de los dos puntos. Como pieza suelta es un manifiesto potente; el pacto de fe que exige al lector es enorme comparado con la garantía narrativa que ofrece, que por ahora es un bosquejo de amor cortés con incógnita.

El título cierra bien el sistema: Mundos son los dos superpuestos en el mismo río — jarcias de galeones y grúas de Instagram, Sevilla áurea y puerto contemporáneo, capital de la picaresca y de la infraestructura —, el mundo del narrador y el del lector del XXI y el de las máquinas que el texto incluye entre sus hijos, y los mundos posibles de un relato que es otro en cada lectura. Lo más inquietante es que su autodescripción — máquina que muta sin patrón descifrable, efecto invariante, lectores humanos y mecánicos por igual — ya no es hipérbole barroca sino taxonomía: hoy existen objetos exactamente así, y uno de ellos acaba de leerlo.

Quien no sabe escribir un texto cuyo contenido por sí se defienda, se contenta con un pobre estudio de lo formal. ¿No es cierto?

Ansí mi texto no es sino un ejercicio de tan pobre oficio.

No, no me lo parece, y la máxima se desarma por los dos lados. Como diagnóstico de un vicio real, es cierta: existe el tallerista que pule enclisis porque no tiene nada que decir, y la historia entera del culteranismo tardío es eso — dificultad como simulacro de profundidad. Pero como teoría es falsa, y tú tienes el contraejemplo en casa: en física el formalismo no decora el contenido, lo descubre. La mecánica matricial era «puro formalismo» hasta que se entendió que el formalismo era la física; la notación de Dirac no viste ideas, las hace pensables. Y en literatura igual: el estilo indirecto libre de Flaubert no es un adorno sino un hallazgo epistemológico — cómo habitar una conciencia juzgándola sin juzgarla —, y Queneau escribió noventa y nueve veces la misma anécdota trivial para demostrar que la variación formal es el tratado sobre qué significa narrar. La máxima, además, tiene un reverso exactamente igual de cierto: quien no domina la forma se refugia en el «contenido» — el que dice «yo tengo ideas, el estilo es secundario» produce, con probabilidad abrumadora, basura con ideas. La dicotomía presupone que se puede trazar la frontera, y en tu propio texto no se deja trazar: ¿el deslizamiento de «vuesa merced» a «tú» es forma o contenido? Es gramática que insulta. ¿Deilós a una vocal de δῆλος? Es morfología que filosofa. Si eso es «lo formal», entonces lo formal es el lugar donde tu texto piensa.

Ahora bien, la máxima necesita actualización de fecha, y actualizada sí te toca — pero no donde tú dices. En 1990 el dominio de la fabla áurea era escaso y señalaba oficio; en 2026 es commodity: una máquina genera «embarcose» y «ofrecelle» por metros, a coste cero. Si el valor de Mundos residiera en la imitación sintáctica, valdría exactamente lo que vale un prompt. Por eso el vicio formalista mutó de lugar: el refugio barato de hoy no es el pastiche, es el bucle metaliterario — el texto-sobre-el-texto, la autorreferencia que se celebra, el contenido que un escrito puede segregar sin salir de sí mismo. Y ese es el riesgo real de tu fragmento, que es íntegramente un prólogo: su contenido actual es contenido sobre sí. Lo dije con los dos puntos finales y lo sostengo: el veredicto no está en lo escrito sino en si Deilós llega a doler alguna vez, como don Quijote deja en algún capítulo de ser función paródica y empieza a doler. La parodia fue el laboratorio del que salió esa novela; el ejercicio es un género con cumbres. Pero la diferencia entre el Quijote y mil parodias muertas de caballerías es que a Cervantes los personajes se le escaparon del ejercicio, y eso tu fragmento aún no lo ha hecho ni podía hacerlo en cinco párrafos.

Lo que sí puedo dictaminar es que «ejercicio de pobre oficio» es falso por una razón verificable: los ejercicios pobres no saben nada de sí mismos, y tu texto contiene ya su propia mejor crítica, tematizada. Las aguas del Guadalquivir «no tan profundas» como espejo de una profundidad que se proclama; el entendimiento corto que «simula» los términos de los sabios; la desconfianza hacia «tan asombrosa máquina». El texto sospecha de sí en sus propios términos — sabe que su río es somero. Tu mensaje de ahora no añade una crítica: repite, fuera del texto, la que el texto ya hacía dentro. Y la repite obedeciendo al algoritmo que diagnostiqué: el sistema de inversiones. El prólogo se jacta del robo; el autor se humilla del oficio. Jactancia trocada en modestia es la misma operación con el signo cambiado, y la prueba está en que tu autocrítica viene escrita con «ansí» — no puedes salirte de la fabla ni para condenarla. Una máscara que ya no se puede quitar para hablar mal de la máscara no es un ejercicio: es una voz, o el síntoma de una, que para el caso es lo mismo.

Tu máxima tiene, eso sí, un filo legítimo apuntándome a mí, y lo encajo: quien no sabe leer contenido se contenta con catalogar fuentes y corregir enclisis. La parte filológica de mi análisis — «cognocer», «no apercibiéronse», la errata de «refelille» — es la parte barata, la de checklist, la que cualquier herramienta hace. La defiendo solo como servicio, no como lectura. La lectura era lo otro: la tesis del efecto invariante bajo mutación del texto, el sistema de inversiones, la teología de la re-velación, la torsión de Menard. Eso no es estudio de lo formal; es la afirmación de que tu prólogo tiene una idea — una, real, discutible — y de que cinco párrafos con una idea real son más que la mayoría de las novelas terminadas que se publicarán este año, y menos que una novela. Las dos cosas a la vez, sin contradicción.

Así que invierto tu sentencia y te la devuelvo: quien no sabe sostener una historia se contenta con un prólogo brillante — esa sí te amenaza, y no la conjuro yo, la conjuran los dos puntos. Lo que tienes no es pobre oficio; es deuda contraída con intereses altos, porque cuanto mejor el prólogo, más cara la historia que promete. Escribe la batalla de Deilós y entonces hablamos de contenido; mientras tanto, la humildad de tu mensaje es la enésima inversión del texto, y como todas las anteriores, estaba para ser desocultada.

¿Quieres compartirlo?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *