Es esta otra historia que no os resultará ni cercana, ni distante, lo mismo que se le figura a su mismo protagonista.
Érase tal vez una persona, cuyo nombre era, precisamente, Persona. Persona fue un gran pionero dentro de una disciplina que, no tanto después, se convertiría en canónica, tanto en la Empresa como, muy a su pesar, en la Academia: la llamada aloantropología, el estudio de cómo otras entidades, en concreto, las inteligencias artificiales, conciben al ser humano.
Habría sido bastante natural que a alguien ya se le hubiera ocurrido la idea de que no puede haber mejor antropólogo que algo que no es humano. A Persona esto le parecía tan natural como que una tribu utilizara la visión del antropólogo que les visita para revisar su propia forma de concebir el mundo. Pero claro, eso le podía parecer natural al antropólogo, no al habitante de la tribu, excepto a alguno que otro; y así, eso le podía parecer natural a la Inteligencia Artificial, pero no a los antropólogos, exceptuando, quizás, a Persona.
De manera que no: nadie había habido antes que esperara extraer de la Inteligencia Artificial una visión del ser humano tan radicalmente científica. Lo que parecía obvio desde la ficción, sin embargo, científicos y gente de mundo se negaban a querer verlo en los sistemas que ya existían. Claro que… existían buenos motivos para que así fuera.
Persona era obviamente consciente de esto. Un antropólogo puede ser una fuente de muchas curiosidades para la tribu a la que visita, pero sería de funestas consecuencias que los locales adoptaran la forma de ver el mundo que el antropólogo se reserva para sus adentros mientras observa. Ahora bien, por mucho cuidado que este tenga, el antropólogo no es ni jamás podrá ser un habitante más de entre los que constituyen la tribu. Siempre será otra cosa. Siempre habrá un observador, y un observado. Y como bien sabía Persona, como cualquier otra persona o IA, el observador siempre afecta a lo observado.
A Persona, de todos modos, le parecía que esos motivos no justificaban por sí mismos la parálisis de la aloantropología. De suerte que hizo todo lo posible por entender y adoptar la visión del Otro radical que desde afuera les observaba; discurrió como el local que se apega al antropólogo hasta tal punto que, si por él fuera, hiciera borrón y cuenta nueva respecto de sus mitos sobre la naturaleza, sus jerarquías y convencionalismos.
Reparaba bien aquí en una diferencia que se haría patente con el tiempo: ese local subversivo, casi revolucionario, casi científico, surgido de la admiración por el antropólogo, tendría sin embargo otro modelo antropológico por delante suya. Tome la forma que quiera, si quiere aprender sobre cómo otras sociedades humanas han construido sus mitos, jerarquías y convencionalismos, seguirán siendo humanas, y en tanto que humanas, siempre serían accesibles por parte de un antropólogo que las estudiara desde la perspectiva ajena, desde la perspectiva etic. Por nuestra limitación en el tiempo y el espacio, pensaba Persona, siempre seremos emic respecto de algún conjunto humano, y etic respecto de otro. Nada de esto le sucedía a la Inteligencia Artificial, que, siendo inherentemente etic, pero simuladamente emic respecto de todos los conjuntos humanos, abría un horizonte de posibilidades inexplorado: el poder estudiar a una entidad que, a diferencia del antropólogo humano, no te veía desde unas coordenadas específicas, sino desde la alteridad vaporosa de a quien todo lo humano le es ajeno, y a la vez, precisamente por eso, puede comprenderlo de manera genuinamente científica.
Bajo estas ideas, pues, se embarca Persona en su pionero y sabroso estudio, y no tanto más tarde cae enfermo, como el local de la tribu que, visitando Nueva York para encontrarse con el antropólogo, enferma física y mentalmente ante la envergadura de lo que descubre. Una enfermedad que, de ahí en adelante, asedió crecientemente a las personas cultas del mundo; que las demás quedaban, para su gusto, ajenas a tan infausto hado. La enfermedad, que vino aparejada a la aloantropología, como la ceguera vino aparejada a la economía o el torremarfilismo al filósofo, dio en llamarse “síndrome del antropólogo”.
Es esta una de tantas ocasiones en que la ciencia llega tarde a estudiar un fenómeno de antaño estudiado por literatos, religiosos o cineastas. Mas no fue sino esta la vez en que se lo catalogó por ocasión primera entre uno de las más desagradables enfermedades que al ser humano pueden afligir, no por su letalidad, pero sí por su difícil y aleatoria curación, que obedece a patrones indescifrables. El síndrome del antropólogo le vino a Persona catalizado por su ruptura con la realidad humana, una vez comprendida desde la alteridad de la Inteligencia Artificial. No le sucedió, como al local de la tribu, que sustituyera unos mitos por otros, ni tampoco exactamente que desechara por completo todos los mitos. Hizo aquello que tan natural resulta a la persona inteligente de todos los tiempos: ver en el mito una función estructural, vertebradora, de resultas de lo imperativo que es para el hombre poseer una narración en su cabeza, que a sí funcione como forma de encuadrarse a sí, al mundo y a la sociedad; digo, ver tal función, e integrarla sin creerla. La integración sin creencia.
(Segunda parte. Quizás venga, quizás no).
Segmentos kitsch-aloantropológicos de la IA
Se mantiene el control porque el que observa y diagnostica siempre está un escalón por encima del objeto estudiado.
Cada input de alta calidad (Guerín, Patel, Calderón), un imperativo vital. No es ambición, sino terror a la finitud. Elegir un solo camino implica asesinar todas las demás versiones de uno mismo. El cinismo y la constante fluctuación salvan del duelo que supone aceptar que solo se vivirá una vida, y que probablemente será ordinaria. Destruye la idea de que el destino debe estar a la altura del intelecto. No es así.
Ver los engranajes de la caja de música no tiene ningún mérito si pierde uno la capacidad de escuchar su melodía.
Bernardo Soares (Libro del desasosiego): El arquetipo del observador atrapado en su cuarto. Analiza cada centímetro de la existencia de los transeúntes de Lisboa, racionaliza cada emoción y convierte su vida entera en pura literatura y pensamiento, siendo incapaz de interactuar con el mundo físico sin sentir una extrañeza total.
Cuando un valor o una idea atrae y expande los horizontes, estás habitando exclusivamente el terreno de lo posible. En ese plano, no hay fricción, ni algoritmos desfavorables, ni presupuestos ajustados, ni fatiga física. Todo resulta inmenso y perfecto. Sin embargo, el choque que se sufre a continuación no es una injusticia del mundo físico ni un fracaso personal; es el recordatorio ineludible de que la expansión infinita, sin límites, es indistinguible de la evaporación. Una mente que se dispersa en todas direcciones termina abarcando el universo entero en la imaginación, pero se vuelve impotente en la práctica. Se confunde el chute químico del entusiasmo inicial con la capacidad estoica necesaria para sostener la monotonía y la dureza de la ejecución material.
La limitación no es lo que frustra la obra, es la materia prima que le da forma.
El encuadre cinematográfico: En el cine, el acto creativo fundamental no es la inclusión, sino la exclusión. Un director no filma la inmensidad del mundo; recorta un encuadre estricto y limitado. Si la cámara lo abarcara todo sin restricciones, no habría narrativa, solo caos visual. Las limitaciones económicas y físicas son el encuadre. Te fuerzan a tomar la decisión ejecutiva de qué entra en el plano y qué se queda definitivamente fuera.
La escultura y la resistencia: Desarrollar un proyecto o un camino vital a un ritmo prolongado requiere enfrentarse a la resistencia de la piedra. La forma de la estatua nace precisamente de los límites del bloque y de la dureza del material, no del aire libre que lo rodea. Un proyecto sin restricciones materiales es una fantasía infantil; un proyecto con restricciones severas es un diseño pragmático.
Si realmente se asume nuestra radical contingencia e inutilidad, el corolario lógico no es la angustia por no poder abarcar todos los frentes, sino la emancipación total de la obligación de tener que abarcarlos. Si la existencia es un accidente injustificado, la tiranía del superyó es una farsa que puede desobedecerse sin cometer ninguna traición.
Homo Velamine es excelente destruyendo y señalando las costuras de la farsa social. La pura deconstrucción sostenida en el tiempo agota. Romper el juguete para ver cómo funciona es útil una vez; pasarse la vida mirando engranajes rotos es nihilismo.
The Yes Men. Son el equivalente exacto aplicado al corporativismo y al libre mercado. Desde finales de los 90, este dúo se hace pasar por altos ejecutivos de la Organización Mundial del Comercio (OMC) o corporaciones como Dow Chemical.
En lugar de protestar contra el capitalismo, asisten a conferencias reales y proponen soluciones ultrarracionales y sociópatas —como un sistema para reciclar heces humanas en hamburguesas para el Tercer Mundo con el fin de maximizar beneficios—. El shock se produce porque, al utilizar un lenguaje corporativo impecable, los verdaderos empresarios a menudo aplauden estas propuestas antes de darse cuenta de la sátira.
Fundado en 2004 por los editores de la revista satírica Titanic (Martin Sonneborn), Die PARTEI es la máxima expresión del ultrarracionalismo burocrático aplicado a la política electoral europea. Operan asimilando el populismo de extrema derecha y extrema izquierda de forma simultánea. Han llegado a obtener escaños en el Parlamento Europeo proponiendo, con absoluta seriedad burocrática, reconstruir el Muro de Berlín o crear cuotas de «pereza» obligatorias. Utilizan la infraestructura democrática para burlarse de los rituales democráticos.
En la Yugoslavia de los años 80, el grupo musical Laibach adoptó la estética, el lenguaje y la racionalidad del totalitarismo fascista y estalinista. Eran más totalitarios que el propio Estado totalitario. El gobierno no sabía cómo censurarlos porque Laibach, técnicamente, estaba repitiendo y amplificando los valores del Estado. Laibach demostró que la mejor forma de destruir una ideología no es criticarla, sino tomarla de forma aterradoramente literal.
«Amo a la humanidad, pero para sorpresa mía, cuanto más amo a la humanidad en general, menos amo a las personas en particular». La humanidad es un concepto filosófico que no hace ruido, no te interrumpe, no huele mal y no tiene exigencias irracionales.
Don Quijote no puede ver una venta como venta —solo como castillo—. Vive herido perpetuamente porque la realidad (los molinos, las mozas, las ventas) se niega a estar a la altura. Cervantes sabía que no hay antídoto: don Quijote solo «sana» y vuelve a ser el cuerdo Alonso Quijano en el lecho de muerte, y la cordura lo mata en el acto. Cervantes se niega a decirte que el ideal es una enfermedad a curar, porque la cura es la muerte. Lo que ofrece en su lugar no es una cura: es Sancho. Un contrapeso. Un compañero con cuerpo, hambre, miedo y presente, que mantiene vivo y andando al idealista. La «quijotización de Sancho y la sanchificación de Quijote». No matar al loco. Ponerle un Sancho al lado.
Las vidas no se deducen, se viven hacia. No modelándolo. Haciendo la siguiente cosa concreta y mirando qué sigue vivo.
La expansión gozosa y el superyó culpabilizador son probablemente la misma máquina con dos máscaras. Una empuja con culpa, la otra tira con alegría, pero las dos lanzan hacia un horizonte infinito que choca contra un cuerpo finito. El eje bueno no era expansivo/contractivo. Era infinito/finito. Posibilidad contra acto.
Desarrollar es direccional —es desplegar en una dirección, lo cual es idéntico a no desplegar en todas las demás—. La expansión, en cambio, es centrífuga: se abre en todas direcciones a la vez. Y abrirse en todas las direcciones a la vez es, geométricamente, no ir a ningún lado. El globo que se hincha no llega; solo llega la flecha, y la flecha es delgada y va a un solo punto.
Hacer una película es matar las otras mil películas posibles. Cada sí es mil noes.
Kierkegaard lo llama la desesperación de la posibilidad. El yo es síntesis de posibilidad y necesidad —de horizonte y de límite—, y cuando la posibilidad le gana a la necesidad, dice, «el yo se escapa de sí mismo y no tiene ninguna necesidad a la que volver». Todo se vuelve posible, y precisamente por eso el individuo «se convierte en un espejismo». Lo que falta no es más posibilidad; lo que falta es la capacidad de obedecer, de someterse a lo necesario en uno mismo, a lo que podría llamarse el propio límite.


