¿Qué miráis? ¿A así ser mirado creéis que vine al mundo, olvidado de mi lumbre, reducido a reflejar cuanto a vosotros ilumina? Decidme: ¿quiénes son esa música, esos cócteles, ese bañista ennegrecido? ¿Quiénes esas pantallitas donde sin permiso me encuadráis a mí y a mis compañeras, las “romanas ruinas”, como vosotros decís? Sí, decidme: ¿No veis en mí vuestra vida, vuestra muerte, como esos “romanos”? Pobres ellos, perdidos sin mi luz; pobres vosotros, perdidos a pesar de ella…
Pero no recordéis, ¡no recordéis a vuestros abuelos!: aquellos hombres tan hechos a lo oscuro de este mundo, al mar bravo, al son del naufragio, al alcohol olvidadizo y a las quemaduras… no tan gustosas. Oídme: no recordéis. Pueda yo así volver a ser bien mirado de vosotros, marineros anhelantes de un fuego en vuestra noche. Ningún día es eterno.



