I.
Escucha te olvidarás
y te serás olvidado Escucha
Pues no te congelen
la dicha que te anima
disolverse el rico
disolverse el pobre
no ya bajo la tierra
tanto la Tierra cuando yerma
Escucha pues a ambos hoy
una nube nos avista
que no quede de esas torres
más que el roce con el cielo
cuando me olvides te olvide
nos seremos todos
otro viento en el desierto
Él no escucha ella no escucha
busca la rosca
que mágica los fije a aquellas
mentiras
Pues si el tiempo así
perdón diera a los gigantes
a Viejo lo dotara
cuando quién lo recuerda
Tú que aún
la nube miras que nos mira Escucha
Del sueño de este dulce
terroncillo de metralleta
toma la taza
y sírvela a quien puedas
Escucha quedo el tintineo
de la cucharita alzando el sueño
Que el café hace dormir
Tan te serás dormido
dormido el día sirviendo
Ta tan
Ta tan
Ta tan Ta tan
. . .
Prólogo
Tenemos dos padres.
Tenemos cuatro abuelos.
Tenemos ocho bisabuelos.
Tenemos dieciséis tatarabuelos.
Tenemos treinta y dos tataratatarabuelos.
Tenemos sesenta y cuatro tataratataratatarabuelos.
Tenemos ciento veintiocho tataratataratataratatarabuelos.
Tenemos doscientos cincuenta y seis tataratataratataratataratatarabuelos.
. . .
II.
¿Viste dónde reside
el centro del mar?
Yo.
Bravura incesante la suya,
incapaz de la tregua
que su espejo en Marte
le diera.
No hay más razón
que
una espiral.
La espiral siempre podrá
más que un espejo.
Yo (vi un foco).
Aún llegan los muertos
con las olas, niños, niñas,
hombres, mujeres,
degollados por la espuma
que las rocas entre vosotros
emanan.
Un centro
que aún buscarás:
cuerpos en la espiral.
¿No sabes?
Claro. Se desliza.
Hoy, tú.
Mañana, yo.
Ayer, ellos.
Lista del ganado;
que la fuente, cuando
busca el centro,
no es testigo.
Abuelos que gélidos
descansan
en el vacío pronto y seguro
de desmemorias.
Cubitos que deslizas
en torno al centro
de tu ventana. El tren
que arriba.
Ta tan.
Ta tan.
Ta tan. Ta tan.
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