La nostalgia del presente, un retrato personal

Introducción

Hola, ¿qué tal? ¿Cómo estáis? Espero que muy bien. Vamos a hablar hoy de un tema muy humano, muy personal, de carácter psicológico, aunque parece no estar muy bien enmarcado dentro de la psicología en todo su conjunto. Tiene partes de una cosa, tiene partes de otra. Una experiencia humana muy rica, una experiencia mental, un estado que, de forma un tanto imprecisa, voy a dar en llamar nostalgia del presente.

Y me voy a ceñir a una pura fenomenología, por así decirlo, síntomas de cómo se siente estar en este estadio, más que quizás la razón por la cual biológicamente podemos llegar a él, que la desconozco. He estado informándome un poco sobre ello y, como digo, es una experiencia que parece tomar cosas de varios campos de la psicología y desde luego también de tradiciones espirituales, pero no se corresponde de forma directa quizás con ninguna de ellas.

Pero repito, me parece muy interesante comentároslo, además de porque aquí en La vida del Temple tengo la intención de que aquello que sienta que como ser humano en un momento dado de mi vida me importa, va también a importar a otros seres humanos y, por tanto, quiero compartíroslo en esta serie espontánea en la cual todo va a caber. Va a caber momentos de mucha ira y mucha crítica, como han sido quizás algunos de los últimos vídeos, y también van a caber otras emociones de tipo completamente diferente, como pueda ser la nostalgia, nostalgia del presente, que ahora vamos a ver.

Y también lo hago porque así quizás me podáis ampliar un poco el foco y agradecería enormemente que si estáis a bien hacerlo en los comentarios, podáis comentarme, de nuevo, valga la redundancia —esto es lo que tiene la oralidad—, compartís la experiencia de la misma manera o de otras formas, cuáles son vuestros, cómo os sentís más conectados con vosotros mismos. Porque yo a lo mejor esta es la forma en que mi cuerpo y mi mente han buscado una forma de refugiarse y encontrar sentido al mundo, aunque sea una forma un tanto irónica, vamos a ver.

Claro, la de cada persona será distinta. Yo tengo la teoría de que cada persona ha encontrado su manera, pero yo os voy a exponer ahora mismo la mía. Y no por puro egocentrismo espero, sino porque creo que es una experiencia humana muy interesante, muy rica y que todos en algún sentido tendremos, pero quizás con una superficie distinta.

Trenes, música, cine y el pasar del tiempo

Antes que nada, quería pararme en los catalizadores, más que la emoción en sí o el conjunto de emociones. Me voy a parar en los catalizadores que la detonan para luego explicarla, porque también me parece interesante. Cada persona quizás vive su vida consigo mismo, su introspección, de manera diferente. Y yo desde muy chico esa introspección la he ejercitado debido a circunstancias personales, supongo, a menudo en los viajes, podremos decir, o trayectorias.

Ir de un lugar A a un lugar B sin especiales estímulos, en un bus, en un tren, en una bicicleta, andando, dígase cualquiera de estas formas, en un coche, sin estar conduciendo yo. En ese caso, claro, cuando era chico, evidentemente. Y en una circunstancia de travesía, como digo, de esas características, pueden reunirse unas condiciones necesarias que le ganan un cierto estado mental que va a ser el siguiente.

Y es que, en el fluir, la experiencia de un niño o de un adulto, de cualquier persona, de sentarse y mirar la ventanilla, o ir en una bicicleta, pero más lento, o ir andando y observando lo que tienes a tu alrededor, las luces, la naturaleza, el cielo, los edificios, la gente que va pasando a tu alrededor, y vas solo. Entonces tienes la energía mental de centrarte en todas esas cosas, si es que la tienes en ese momento, por lo que sea, y no vas simplemente con unos auriculares escuchando un pódcast, que también puede ser, pero en ese caso no va a inducir el estado, por supuesto. La música sí, pero determinada música, pero cualquier otra cosa no. Un pódcast como este, que se puede escuchar como pódcast.

Digo, en una circunstancia de estas, de travesía, de viaje, ocurre algo muy particular. Y es que el entorno va cambiando de forma continua, evidentemente, como todo lo experimentamos de forma continua, de forma lenta, fluida, y la cantidad de retención necesaria que requiere nuestro cerebro para prestar atención a ese cambio ligero de estímulos, muy ligero en sonidos, y pero especialmente visual, cómo va cambiando el entorno, llega curiosamente a una metáfora o una analogía, podríamos decir, con el paso del tiempo. O al menos, ya digo, incluso sin tener que intelectualmente haberlo concebido de forma extravagante.

Porque esto es como una especie de integración, de que cuando uno está viendo algo y automáticamente deja de verlo porque ha pasado. Pero además no es lo suficientemente abrupto, sino suficientemente suave, como gentil, para que a uno no le genere sensaciones quizás más violentas, y la suavidad, el smoothness, va a ser muy importante dentro de este estado que os quiero describir. Esa, digamos, gentileza, ese fluir suave en el entorno en el que uno se encuentra, va a ser una sensación muy magnética. No necesita uno demasiada energía para ello, y de repente uno se va a encontrar con que prácticamente ha desaparecido en la objetividad del entorno.

Se queda como espectador, y esta es la analogía que más me gusta, con el cine, como si uno fuera protagonista de una película. Ya digo, como si fuera puro cine lo que está pasando por delante de sus ojos. Un inciso aquí: no sé si esta sensación es porque hemos visto muchas películas o si porque las películas han aprovechado ese estadio humano, cosa que yo tengo dudas de que sea tal cual. Quiero decir, que se siente esta sensación tan particularmente cercana a la del protagonista de una película que va viendo las cosas a su alrededor.

Y es como que cuando tú estás viendo a eso, al protagonista de la película, por un momento se disuelve tu yo. Tus problemas particulares de repente desaparecen y te metes en el yo del personaje de esa película. Pues aquí va a ocurrir algo parecido, pero con la pura objetividad. Ya ni siquiera es que vaya a haber protagonista más allá que tú mismo, pero tú eres consciente de que tú eres el protagonista, pero en realidad no eres protagonista, porque en ese momento estás puramente proyectado a lo que hay afuera, puramente proyectado a los sentidos, especialmente visual y sonoro. Pero bueno, en general todos.

Es una sensación de gran sensibilidad, sí, una sensación de gran sensibilidad, porque no hay, digamos, roces con respecto a lo interno, en tanto que, de nuevo, al igual que cuando uno está viendo una película, uno cede en un momento dado su trauma personal o sus fantasías de lo que va a hacer al día siguiente o lo que sea, o de sus rutinas y sus problemas y sus amores y sus cosas, todo lo que sea, lo cierra un poco, quizá no del todo, pero lo cierra un poco para centrarse puramente en la película.

En un vídeo anterior exploramos la tragedia, especialmente desde el punto de vista cinematográfico. Ahí entra, por supuesto, la identificación con el personaje trágico, por ejemplo, que hace que te olvides de ti mismo por un momento, te identificas plenamente con ese personaje y puedes simular su vida. Pero bueno, eso es parte de un vídeo anterior, por si os interesa, que se llama Adicción, tragedia e identidad, y es comentando una película.

En todo caso, a lo que iba. Ese es un carácter que tiene, como una especie de sensación cinematográfica de la existencia. Otra condición, como ya digo, es ese fluir que a lo mejor permiten pues esos viajes en tren o en avión también, sí, en avión también, viendo las nubes y esas cosas.

La fluidez de la naturaleza

Pero no necesariamente. Incluso uno simplemente puede estar sentado, eso sí, en un entorno en el que ocurra algo suave, pero que ocurra algo. Entonces, por ejemplo, estar sentado en una habitación como esta ahora mismo, que no ocurre nada si yo no hablo, no incitaría a tal estado, a menos que, por ejemplo, qué sé yo, estuviera lloviendo fuera, cosa que está ocurriendo ahora mismo, y yo abriera la ventana y me quedara observando la lluvia de fuera. O por ejemplo, yo estoy en un parque y aunque yo no me esté moviendo, algo en el entorno está cambiando porque están cayendo las hojas. De repente viene este pajarito por aquí, el agua fluye, el mar puede ser un gran catalizador también de esta sensación.

En general, parece ser necesaria una forma de fluidez en el mundo. Que tampoco tiene que evocar una gran sublimidad, no tiene que evocar sensación de ser extraordinariamente sublime, como le gustaba a los románticos: «Hay una ola gigante». No, quizás simplemente el pequeño rozar del agua en un lago es más que suficiente para esto. No vamos a hablar tanto de una sensación de lo sublime del mundo, de las fuerzas de la naturaleza. No es tanto eso como una intimidad de las cosas, una cercanía a las cosas que viene inducida por esa sencillez en el pasar de su tiempo, en el pasar de su tiempo.

Y al final es como que uno proyecta en su mente, de forma un tanto inconsciente, el pasar de lo que tiene delante con el pasar de la propia vida. Esa es un poco la teoría, y ahora vamos a la estricta fenomenología de lo que ocurre. Ya digo, creo que es esa analogía la que establece en algún sentido la mente, y de la que se va a derivar todo lo demás, de la que se va a derivar la nostalgia del presente, y de la que se va a derivar que tiene un traslado, por cierto, en la filosofía japonesa, o bueno, pensamiento japonés o la tradición japonesa, que tiene, que se llama, un mono japonés. No lo conocía porque he estado investigando un poco antes para ver si esto tiene algún nombre un tanto más estudiado. Se llama mono no aware.

“Mono no aware” , “Tempus fugit”, …

Que se traduce a veces como el pathos o la ternura de las cosas, y se refiere a la conciencia de la impermanencia de todo, que a su vez provoca una tristeza suave o melancolía al saber que cada cosa bella pasará. Efectivamente, todo esto va a poseerlo como condición esta sensación. Y es que, por un lado, no se puede describir la sensación como especialmente alegre, especialmente festiva, no lo va a ser. Tampoco se va a poder calificar de triste en el sentido de cuando uno está rumiando por algo malo, aunque la tristeza quizás es distinta, pero no se siente como algo necesariamente negativo a uno mismo, sino que es una forma de tristeza en un entorno seguro, una especie de masoquismo seguro al que a veces se lega la tristeza, como lo puede hacer la música triste, por ejemplo, que la música triste, quiera eso decir lo que quiera decir, pues va a ser otro catalizador extremo de esto si uno está haciendo cualquiera de las cosas que os he dicho y tiene algún tipo de, además de la naturaleza, algún tipo de banda sonora de fondo de la película, por así decirlo, que tenga una cierta sinergia con este espíritu.

Y esa sinergia va a ir de la mano de una música medianamente melancólica, con un tempo relativamente lento. Cierta música clásica lo puede lograr más que ninguna otra, diría yo. Pero, repito, y bella. Repito, tampoco se describiría como una tristeza en el sentido absoluto, sino como una tristeza subordinada a una sensación de satisfacción o calma. Un nudo en la garganta al que uno mismo regresa porque sabe que, en algún sentido, va a ser positivo para sí mismo. Y esa sensación, por ejemplo, va a tener una proyección con respecto al resto de personas que se encuentren en ese momento en el entorno que uno mismo está observando.

Y es que además de la reflexión intuitiva acerca del fluir de las cosas, el pasar del tiempo, el tempus fugit, por así decirlo, de esos fenómenos, va a meter en el mismo pack a los seres humanos. Entonces, el ser humano va a ser un ejemplo más, pero quizás el ejemplo privilegiado de fenómeno plenamente dependiente del pasar del tiempo, sin que por ello necesariamente uno tenga por qué estar viéndolo, ya digo, de forma negativa, sino incluso valorando positivamente la belleza de ese presente. Y aunque está plenamente interiorizada en la percepción de esa belleza, que esa belleza va a desaparecer en un momento dado, que ese río, pues las gotas que hay en ese río no son las mismas que habían hace diez minutos y tampoco las que van a haber dentro de diez minutos, y que además el río se va a secar en algún momento.

O que, por ejemplo, las personas que pasan al lado de uno mismo, ya digo que uno mismo parece casi olvidarse de las cosas, está en un estadio puramente objetivo, esas personas que comparten, con las que existe un gran sentimiento de pertenencia y compartición, porque uno está metido en el mundo y esas personas son como casi la columna vertebral de ese mundo, va a sentir con respecto a esas personas, de nuevo, esa sensación de fluir temporal, pérdida de la juventud, pérdida de la belleza, pero no, de nuevo, no necesariamente como algo negativo, sino desde la pura aceptación y de que eso lo hace más valioso en el presente. Y que si no fuera por eso, su valor en el presente estaría completamente diluido y de hecho ni siquiera existiría.

Y esto parece tener mucha sinergia, como digo, con ese sentimiento japonés del mono no aware. Por ejemplo, el caso clásico serían los cerezos en flor, ¿no? Los cerezos en flor, los contemplas y son muy hermosos, pero sin embargo, precisamente porque son muy hermosos, uno sabe que después de pocos días va a dejarse, y quizás no le parecería hermoso si siempre estuvieran en flor, precisamente. Pero bueno, independientemente de eso, porque ojalá la belleza se eternizara y estuviera siempre, pero ya digo que quizás le hiciera perder una cierta cantidad de valor, pero incluso aunque no le hiciera perder esa cantidad de valor, en la propia belleza viene inmerso el concepto de su destrucción.

Y de nuevo, en la pura aceptación de este hecho, uno encuentra que emerge en este estadio que os quiero describir una conexión, una aceptación de lo real muy grande. Y entonces, a diferencia del resto de estadios vitales en los que uno puede estar muy centrado en un determinado plan, o uno puede estar muy jodido por algo que le ha pasado, o uno puede estar, en fin, siempre siente que en última instancia

Espiritualidad y amor ecuánime

Gobernado por algo un tanto absurdo y ajeno, sinceramente. Y, sin embargo, en este estadio ocurre algo muy extraño. Y es que, a diferencia del resto de estados, uno mismo aquí está como disuelto y, por tanto, no tiene objetivos claros. El objetivo es seguir —ya digo que es un estado muy magnético— seguir en ese estado, casi no salir de ahí, de pura objetividad, de pura observación del mundo, contemplación extrema del mundo. A pesar de que no tiene objetivos personales, se percibe un sentido mayor que en casi cualquier otro. Incluso aunque ese sentido sea la pura pasividad del sujeto. No tengo que hacer nada, porque lo que es, es y ya está. Correcto, fantástico.

Que al fin y al cabo es, obviamente, lo que busca —iba a decir cualquier tradición espiritual—. Tampoco voy a ser tan osado de decir que cualquier tradición espiritual, en última instancia, se basa en eso, porque además creo que no es cierto. Pero, por ejemplo, en el caso del budismo, a no ser que sea una gran mala interpretación la mía, en última instancia no es algo muy distinto esto de lo que se persigue. Claro que en el caso del budismo se lo persigue, aunque esa palabra quizás no sería muy apropiada, pero bueno, aun así, insistamos en el término: se lo persigue siendo uno capaz de inducir ese estadio en todo momento y no depender de catalizadores externos como los que he descrito, de esa cierta monotonía en la que uno presta su atención. Ellos lo hacen con la respiración. Como la respiración siempre está ahí, uno puede inducir ese estado meramente a partir de la respiración. Sin embargo, todas las sensaciones adicionales sí que las tienden a suprimir, exceptuando una, que es precisamente la de gentileza con el mundo.

Pero, ya digo, cuando emergen las otras personas dentro de esa situación, uno tiene como una sensación —estoy usando mucho esa palabra— de compartición con toda la humanidad, de algo que va mucho más allá de uno mismo y que es en sí mismo el sentido de la existencia, y que le induce a, aunque no necesariamente haga nada en ese momento —no vas a ir a abrazar a la gente por el hecho de que estás en ese estado—, internamente tener la sensación de querer hacerlo, pero a la vez con un nudo en la garganta, porque no se siente necesariamente displacentero, por la condición de que tanto lo bueno como lo malo de la humanidad, tanto el magnífico placer que pueden sentir como el terrible sufrimiento que pueden percibir, ambos pertenecen a un mismo plano que colapsa de forma absurda en la objetividad de lo que tienes en ese momento delante de los ojos, que uno es capaz de aceptar en ese momento —no se sabe muy bien debido a qué, pero el caso es que lo consigue aceptar—. Y en ese momento, lo único que quiere, como ya no tiene aspiraciones personales, es que ojalá todos los demás seres humanos puedan también vivir en armonía en ese estadio.

Todo esto puede parecer muy hippie, muy idealista, muy todo lo que uno quiera, y es verdad, pero es una experiencia humana de gran conexión, muy rica, y yo creo que muy cercana a lo que sería una gran sensación de amor como la que intentan cultivar los budistas. Incluso diría —y por eso insisto en que no es necesariamente una sensación negativa— que en una guerra, en una situación en general de extremo sufrimiento, hay estudios muy interesantes de cómo, personas que no han meditado, por ejemplo, si les pones unas circunstancias así, la tendencia de la mente es a evitarlo por todos los medios. En cambio, en el cerebro del que sí ha meditado, del que sí está acostumbrado a ejercitar el servicio, aunque sea mentalmente, aunque no pueda servirle realmente, pero mentalmente siente que se podría poner al servicio para ayudarle. Ya digo, una cosa es lo pasivo visto desde afuera y otra cosa es lo activo que realmente puede haber dentro, que es más de lo que parece.

E incluso en una situación extrema de guerra o algo así —claro que esto es simulado, en el caso de estos meditadores lo hacemos con imágenes y vídeos y demás—, situaciones extremas los pones delante de eso a gente que no ha desarrollado ese amor, digamos, compasivo, incondicional, desde el punto de vista del budismo, que es así como lo llaman, y a una persona normal que simplemente siente empatía. Pues en el caso de ese budista que ha cultivado el amor, la sensación es de mucho más inclinarse hacia la otra persona, a ponerse en la situación de la otra persona, pero para ayudarle, no únicamente como «joder, que acabe su situación, por favor, no quiero seguir viendo esto, ojalá tampoco tenga que verlo esta persona», sino que es más proactivo mentalmente. Es muy complicado de explicar.

Pero esto, sin haberlo necesariamente ejercitado de forma proactiva, parece surgir en determinadas situaciones de comunión con la humanidad —por eso digo una empatía transversal—, como la que emerge simplemente de un estado de fluidez, de flujo, de flow. Estado de flow.

De nuevo, puede sonar todo muy hippie. No hay que inducir esto con drogas, por cierto, aunque supongo que se podrá hacer, no lo sé. Yo hablo de lo que conozco y de lo que me puede inducir a mí.

Sentido en el absurdo de lo cotidiano

Ahí tanto la realidad objetiva de afuera como la realidad que parece subjetiva del resto de personas colapsa en un mismo sentido absoluto, que podríamos englobar bajo la categoría de simplemente existencia, de universo, de realidad.

Y aunque ya digo que no se siente como algo extraordinariamente sublime, sino que simplemente con el movimiento de cualquier cosa: estás viendo los coches moviéndose, estás viendo a gente esperando en el semáforo, estás viendo la casa con su toldo moviéndose al son del viento. Pues simplemente ver eso, una escena completamente cotidiana. Ves a una persona que normalmente te da igual y es como que dentro te emerge una gran activación en el corazón, de sensación, como ya digo, de servicio.

Pues todo eso, si en ese momento uno lo pudiera conceptualizar, o si a uno le irrumpieran a ese estado y simplemente le preguntara: «Oye, ¿a ti qué te pasa, tío o tía?». Y tú le tuvieras que decir lo que te pasa, pues yo creo que la respuesta es: pues es la realidad, es la existencia, es este absurdo, el absurdo. Además, una sensación tremenda de absurdo, pero de sentido en el absurdo, de aceptación extrema del sentido de lo absurdo.

Es una posición, en ese sentido, irónica, pero no porque uno lo esté haciendo de forma irónica, sino que se vende por completo —¿sería ya metairónica?— se vende por completo a la idea de que precisamente en lo absurdo se encuentra el mayor sentido posible, y que la existencia en sí misma ya no es el conjunto de esas cosas, sino esa cosa, esa objetividad de lo que tienes alrededor en ese momento, y cuyo fluir, además, su desaparición en el instante de la que uno es consciente, galvanizada, ya digo, por esa condición del fluir, por ejemplo, en la travesía, o catalizada por una lluvia o lo que sea, o por un sonido, también me vale el sonido de los coches moviéndose, simplemente. Cualquier cosa así que sea monótona va a detonar ese estado potencialmente, no tiene por qué, pero puede detonar ese estadio.

Y ya digo que lo que lo caracteriza es una profunda unión de todo en el absurdo y en el sentido. Y lo conecta todo. Es muy interesante. No sé qué explicación… Por supuesto que, desde un punto de vista espiritual, pues yo creo que esto es muy inexplicable, pero el sentido de autotrascendencia, que es otra cosa que caracteriza a esto, autotrascendencia, sinceramente, desde un punto de vista estrictamente científico, ¿cómo coño se explica? No estoy diciendo que no se explique, digo que si se está trabajando en eso. Es que no tengo ni idea. No tengo ni idea. Si hay aquí algún psicólogo que se dedica a estas cosas, que lo deje en los comentarios. No, no tengo ni idea.

Me parecen muy interesantes estas sensaciones que combinan tantos matices, que uno está casi llorando, pero llorando de alegría a la vez, pero no se sabe muy bien por qué. Y claro, se podría ver como una psicopatología, desde luego, se podría ver como un problema mental también. Pero es cierto que es algo que no puede catalogarse como tal, porque acaso

Belleza humana e impermanencia

Lo único que haga es precisamente hacer más, no solo más liviana tu vida, sino también tu relación con el resto de personas. Pongo el ejemplo de una persona… He dicho antes lo de los cerezos en flor de los japoneses, pero a lo mejor a mí con lo que más me ocurre eso, muchísimo, esa reflexión combinada de la belleza y el paso del tiempo, que la tengo profundamente integrada, es en la belleza de lo que posiblemente, aunque no es objetivo, evidentemente, pero aun así, más se puede identificar con belleza que todo lo demás, porque al fin y al cabo, nos puede parecer bello una columna de Renacimiento y no bello, por algún motivo, un bloque de los años setenta. Yo creo que hay mucha arbitrariedad que juega, pero en el rostro humano… de nuevo, también uno puede no ver tanta belleza en esos cerezos en flor, pero un rostro humano que a uno de verdad le parezca bello, eso es lo más potente que puede haber, ¿no? Y a mí, sinceramente, con lo que más me ocurre es, pues eso, con el rostro de una mujer bella o lo que sea, en el caso de cada uno.

Y, claro, uno puede decir: «Joder, si en la belleza entonces vas a ver más de una persona, lo que vas a ver es impermanencia extrema, el declive de esa belleza. Joder, te estás amargando, tío, te lo estás jodiendo». Y en ese sentido podría entrar dentro de una categoría no muy sana. Pero no lo creo, porque también te permite, de nuevo, valorar más ese momento presente. En un cierto sentido, va a ser lo que te permita el máximo carpe diem, pero no porque te entregues a un espíritu hedonista del momento, sino porque vas a valorar el momento presente en un esplendor que no tendría si no fuera precisamente por su condición de finitud extrema, instantánea, joder. Y la persona que tienes delante o lo que sea, pero me parece más potente que cualquier otra cosa con un rostro humano, una persona, al menos en su faceta de la belleza, te la vas a valorar mucho más y eso va a generar una magia tremenda.

Así que, incluso, y por supuesto que la parte de sentir que el tiempo fluye y todos vamos perdiendo nuestra juventud, todos vamos perdiendo nuestra vida, une al resto de seres humanos en algo que hace esa comunión más alcanzable. Y uno, si acaso se encuentra en ese momento en un estadio, es en el de ayudar al resto de seres humanos porque están en la misma situación que uno. Nos une por lo mismo. Y a los animales, incluso a la naturaleza en sí.

Ya digo, es un estado muy hippie, un estado de mucha conexión con todo, con la naturaleza, con la gente. Pero es que es brutal, es que es brutal. Es una disolución en el presente tremenda, con sensaciones de conexión hacia el resto de personas, que además es superecuánime, que incluye a todas las personas, a todos los seres.

Metaconsciencia y nostalgia de lo presente

Por igual. Si bien también es algo distante, porque uno sabe que no puede actuar de cualquier forma únicamente porque está en ese estado, evidentemente. Entonces, tú tienes esa sensación hacia todos los seres, incluso hacia gente totalmente malvada y asquerosa, pero precisamente por eso tiene que ser distante también. Entonces, es una sensación de ecuanimidad coaligada con distancia, lo cual precisamente digamos que sustancia que, por un lado, hemos disuelto al yo del objeto del mundo, esa es la parte de la distancia. Uno adopta una especie de metaconsciencia que le hace consciente, presente de todo lo que ocurre en su mente y afuera, y su mente al final se pone fuera también. Pero a la vez, esa distancia es muy transversal en términos de ecuanimidad y amor. Es decir, no define el amor, el aprecio que tienes que tener por un fenómeno, por una persona, en función de la distancia. Porque como todo está separado, ya está como en que estás tú en una burbuja y lo demás está en una burbuja, lo metes todo en el mismo saco, todo en el mismo saco.

Esto lo he hablado con algunos amigos y siempre me comentan un poco lo mismo. Digamos, no es muy práctica esta sensación, obviamente. Y es verdad que, como he dicho, es muy magnética y cuando uno está dentro, pues no le gusta mucho salir, pero cuando sale, pues sale y ya está. Y si sale por una persona determinada, pues va a hacerlo con gran aprecio por esa persona y no hay ningún problema. Pero bueno, es verdad que puede no ser quizás lo más práctico, esta sensación.

Pero al final, la sensación de asombro existencial y de una sensación tan filosóficamente profunda, desde mi punto de vista, evidentemente está en un plano distinto del de la practicidad del trabajo de un oficio. Pero es que en la vida humana, evidentemente, eso es un medio, eso es un medio, y esto quizás sea un fin, o al menos se siente como tal. Cuando luego estás fuera, pues de nuevo puedes sentir que es una pollada, pero cuando estás dentro, es que todo lo demás se acabó. Ya no hay medios para fines, hay un fin y ya está. Y si te mueres en el momento, pues ya está, el fin estaba ya ahí.

Pero repito que lo bueno que tiene es que no requiere grandes parafernalias trascendentes, espirituales, tener que irte a una catedral muy elevada y unas montañas o… No tienes que hacer grandes cosas, sino que está, como al final también, por ejemplo, de nuevo pregona el budismo, que siempre apelo a él porque es la tradición espiritual que conozco un poco más, la conexión entre lo cotidiano y lo elevado y lo espiritual, y que realmente la diferencia es que nirvana está en samsara y samsara está en nirvana. Y eso, con una sensación tal, se logra de forma tremenda. Es como una forma de éxtasis sereno. Eso, todo eso, en el sentido de autotrascendencia, en el sentido de empatía trascendental o trascendente, incluso, también podríamos decir.

En cuanto a lo de esa parte de nostalgia, que al final es curiosamente con la que me quedo para describir este fenómeno, aunque no la he usado como palabra como tal, sí que agarra muchas de las connotaciones que creo que tiene este estadio, nostalgia del presente. Porque al fin y al cabo, en la nostalgia del pasado es como que se abren todos los sentidos muchísimo, de la memoria, evidentemente, cuando es el pasado, a cosas que a lo mejor en el momento parecían completamente desapercibidas y de las que uno, sin embargo, a posteriori, tiene nostalgia, tiene una fijación con ellas y no sabe por qué.

Esto, bueno, ahora estoy leyendo En busca del tiempo perdido y siempre se pone una y otra vez la metáfora esta de la magdalena y de que es un gran descriptor de la memoria y demás. Sinceramente, no me lo está pareciendo tanto, pero bueno, yo no soy nadie, así que no tengo ni idea.

Pero el caso es que todas esas connotaciones que la nostalgia tiene con respecto a la memoria se plasman en esta nostalgia del presente en los cinco sentidos, básicamente en el visual y en el auditivo, diría yo. Pero vamos, que en todos, ¿eh? Un olor a lluvia o lo que sea. Ocurre mucho con las, ya digo, quizás por la noche más, con las luces. Y uno tiene como una sensación de, en ese mismo momento, sentir que está viviendo algo valioso, y a lo mejor es una escena completamente cotidiana, pero precisamente por la… Es como una profecía autocumplida.

Yo estoy profetizando que esto va a ser un momento importante a posteriori, yo tendré nostalgia de este momento. Al final, lo que hago es que me induzco mucha más nostalgia en el presente de esto que lo que en última instancia voy a tener después.

Y claro, esta sensación quizás también se tiene, no en lo que os he dicho ahora de esos mismos catalizadores de una travesía y esas cosas, sino que se puede tener también, yo creo, de forma más potente, pero no tendría esa serenidad, por así decirlo, aunque sí una parte de aceptación, pero quizá más aferrada y más de corte personal, al final, de las etapas.

Entonces, no sé, al menos a mí me ocurre así tanto en el colegio, es decir, con once años, como en el instituto y me ocurre en la universidad y con muchas otras cosas. Pero pongo esos dos casos, por ejemplo. El último día es como… Es que ya no es que sea nostalgia por todo lo anterior, no, es que es nostalgia por el presente. ¿Cómo esto se va a acabar ya, ya, en un minuto? Es como ver la muerte ahora mismo. Y si lo aceptas desde esa serenidad y esa tristeza, pero que a la vez es como que siente alivio y aceptación, pues es una sensación tremenda, tremenda.

Esto era un poco todo lo que tenía que comentaros. Yo creo que ya si no lo que voy a hacer es dar vueltas sobre lo mismo. Voy a mirar si se me ha olvidado algo, pero creo que en principio está todo. Está todo.

Así que nada, espero que… Vamos a hacer una serie de vídeos. Al final este canal muchas veces voy por lo que me va apeteciendo. Y si tengo una etapa más de este estilo, pues lo voy a plasmar y está bien que así sea. Entonces, vamos a hacer ahora creo que un par de vídeos más sobre experiencias que quizás todos los seres humanos compartimos sin que sepamos que todos los demás lo comparten o que quizás lo tenemos de una determinada forma, que pensamos que los otros también van a tener, pero que luego los otros resulta que no.

Por ejemplo, como ya comenté también en un vídeo sobre intimidad, porque este sentimiento es supermegaíntimo, ya digo que en un cierto sentido se pierde la sensación del yo, entonces una parte de la intimidad se pierde, pero es que estás inmediatamente afuera, o sea, estás en una burbuja, pero estás inmediatamente, es decir, estás en la barrera de contacto, la frontera topológica de estos conjuntos.

A lo que iba, que se me ha dispersado. Sí, como comento en el vídeo este de la intimidad, muchas sensaciones que vivimos pensamos que a lo mejor son las sensaciones humanas por antonomasia y las extrapolamos. Al menos a mí me ha pasado muchísimo y hay un montón de sensaciones como esta, que para mí son de las más elementales, sinceramente, tengo mucho en mi vida y son como de las que siento mayor conexión, pues siento que son como aquello, lo que el ser humano está, es, es como su fin natural. Pero claro, pues encuentro que las personas tienen cada una su forma distinta de esa conexión con la realidad y muchas veces no es esta ni de coña y no se asemeja nada. Entonces, me interesa mucho también esa faceta de hasta qué punto no tenemos todos, parece, sensaciones muy distintas de la realidad, lo cual sería bastante curioso.

Bueno, pues ya está. Espero que os haya gustado el vídeo. Ha sido un vídeo, no sé, bonito, yo creo. Nos vemos en la próxima ocasión, ¿vale? Venga, chao.

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