Personas, necesidad y hacer

El saliente, de día pintado de conchas, se decía una feria de luciérnagas. A él acudían aguas pequeñas, muy rápidas, puntitos, confundidas las unas con las otras por el rayo que las atravesara. No miraba más que un pequeño pesquero. La Luna no miraba. Así, solos, veían tarde la montaña que tan divertida los esperaba. Él y su barco, hechos a la mar, a la tierra sus harapos vendieran. Reían. Reían los farolillos, los huéspedes, la canción del viento tan fuerte, las aguas ya no tan pequeñas. Reían, que engullendo en sus fuegos la candela que los alimentaba, se extinguían también ellos, y veían el final, y reían, y reían, y reían…

Un calor anaranjado en mitad del mástil ya en proa. Así es el fuego del pequeño pesquero. Un fuego que solo vagaba por los campos de peces depredados, o sea, solamente rojo. Lo rojizo deambula en búsqueda de la nada, acepta el mar, pero bien pretende hundirse, encallar, alcanzar su lumbre en una feria. Es un fuego que se mece a un lado y al otro, que él observa con desprecio (¡tan vulnerable a las olas!). Todo cuanto conoce es desprecio, pues todo cuanto observa está teñido del mismo rojo. Es consciente. Solitario. Bueno. Con su barco. Con su barco, para matar peces.

A la mañana siguiente, un pintor. Quizás fuera Sorolla, no se sabe. Lo cierto es que los andrajos estaban blancos. Cualquier fuego estaba extinto. Miraba el Sol, y alguien con el Sol. Sorolla, quizás. Se quedó largo rato. No estaba el muerto. Solo un poco del barco. Nadie lo conocía en aquel pueblo. Eran él y su barco. Vendería pescado lejos. O solo mataba el pescado para volver a arrojarlo. Quién sabe.

Pero aunque nadie lo conociera, había un pueblo, y un pintor, y un Sol, y con un pueblo, un pintor y un Sol hay mucho que puede hacerse. Puede construirse un faro. Qué más diera que nadie más rodara aquella película. Qué más que solo el pesquero hubiera avistado la fiesta que los vecinos nunca oyeron. Qué más que sangraran los peces. Qué más que no tuviera rostro, y que no lo tuvieran ellos. Un faro. Un faro que alumbrara el faenar, el necesario faenar en un lugar tan pobre, entre unas piedras tan viejas. Una lumbre como la del sol: blanca, o un poco amarillenta. O sea, que no condujera a oscilares entre las gotas, ni a nuevas pinturas macabras de las que solo quedara, quizás, Sorolla imaginando… Sino una gente. Un rojo supuestamente necesario, un blanco supuestamente contingente, un rojo realmente contingente, un blanco…

Faenar. No matar peces, no. Faenar. La faena, o la necesidad. Cuando es de día, las conchas brillan, y los niños las cogen, las miran, las tiran. Remueven la arena, conchas antiguas. Donde el arado y el buey, más arriba, entre lo verde, otras conchas, aún más antiguas. Claro: la faena del niño y del adulto, la sangre fresca del pescado, pero siempre de día se ven las conchas tan antiguas, y se recuerda y pregunta el pesquero solitario adónde va a faenar, y se escapa allá donde no haya faros, donde faenar se pierda en el horizonte. Aquellas viejas conchas faenaban, y aún brillan con el pasar de los milenios, de los millones y millones y millones de barcos, olas, soles y pinturas. Ellos quedan. Ellos. Para que podamos faenar. Un faro que ahora deja contemplar de antemano a los demás.

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