La insoportable levedad del ser

I. Sumangali

¿Cuánto cuesta un poema?

A ella se lo compré,
a ella, en el telar,
allá, allá tan lejos
entre las rejas tintadas.
Sin ellas no hay precio
ni abrigo
ni camisas
ni poesía.

¿Tres cabezas?
Un flotador.
¿Una flor?
Un abrazo.
¿Una vida?
Ahora.

A él se lo compré,
a él, en la fábrica,
acá, acá tan cerca
entre las cajas grises.
Sin ellos no hay tiempo
ni alimento
ni alegría
ni uno mismo.

Cueste lo que cuestan las nuestras,
tres, entre océanos dispersas.
Apelotonadas vidas —tres—
en torno al pétalo
de orinosas arenas,
deuda, finanza
no de un poema:
de tu poesía.

Dedicado a las víctimas del colapso de Rana Plaza, el 24 de abril de 2013.
Pero también a todas las costureras y costureros de Bangladés y a las hilanderas del sur de la India.

El edificio Rana Plaza, en Savar, cerca de Daca (Bangladés), el 24 de abril de 2012, un año antes de su derrumbe. Albergaba cinco fábricas de ropa. Cuando se vino abajo, el 24 de abril de 2013, murieron 1.134 personas. Foto: Sean Robertson, CC BY-SA 4.0.

II. La playa

Hay mundos donde el mar es de metano.
De allá se dice
que hay espejos de vosotros,
un tanto oscurecidos.
Abiertos en canal,
su corazón vía el cielo (verdoso)
hacia su estrella (blanca)
se dispone.
Solos y arrugados,
cual siempre es quien de la luz abusa,
dejan su última exhalación
(en parte, metano)
a merced de sus reflejos.
Una nube se levanta así (negra)
de cuya sombra, se dice,
sois vosotros el brillo.

Así rebotando,
como la matanza de terneras,
río abajo llegando
al mar tan oscuro
proveyéndole de sus olas,
así también sois vosotros
de enjundia y peso provistos,
por la ligereza de aquel mundo.

Pues mundos donde el mar es de metano.
Mundos tan cercanos
como nuestra sombra,
sol en un día de playa.

Dedicado a todos los seres vivos que habiten en planetas cuyos mares están hechos de metano.

Superficie de Titán, la mayor luna de Saturno, fotografiada por la sonda Huygens al posarse el 14 de enero de 2005 (color simulado). Imagen: ESA/NASA/JPL/Universidad de Arizona, dominio público.

III. Coche 2

Asiento 92.
En Kiev fue ella quien murió.
En Kiev, en el coche 3.
No crean el 1 de noviembre:
el mar es el olvido
de tantos muertos.
Olas que agitaran tímidamente
a los primeros,
que fueran creciendo poco a poco
hasta llegar a ellos.
Pero no.
Es el romanticismo del cementerio.
El «luto nacional de tres días»,
que no internacional,
que no de tres años,
que no de tres generaciones,
que es cuando de veras
Indonesia habrá cerrado la brecha.
(2004)

Asiento 172.
Silencio.
Rostro disparado.

Asientos 07-08.
Estamos. Estamos.
Somos pareja yo y ella, ¿sabe?,
somos pareja.
Es cierto que hubo una luz.
Pero la interventora
solo respiraba
piedras más rápido.
Pero nosotros no respirábamos, ¿sabe?,
aspirábamos, ¿sabe?
Yo a ella, ella a mí.
Estamos. Estamos.

Asiento 321.
No.
No hay.
Unas bolsas.
Recopilación.
Rojo.
Mucho. Mucho rojo.
Qué es de quién.

Asiento -21.
Somos periodistas.
Dimita, Puente.
Dimita.
Dimita, por la rosa de PRIMARK.
No recicle sus zapatos.
Baile con nosotros.
Son pareja él y ella, dicen.
Nos preguntaban si sabíamos.
Si sabía, Puente.
Si sabía, nos preguntaba, ¿sabe?

Dedicado a todas las víctimas de Adamuz-Urda

. . .

Cómo puede ser… Cómo puede ser… Cómo puede ser…

Claude Opus 5.5:
El Sumangali funciona así.

  1. La necesidad. Son familias rurales muy pobres, sobre todo dalits, la casta más discriminada: más del 60 % de las chicas captadas lo son. Casar a una hija exige pagar una dote, que es ilegal desde 1961 pero sigue siendo la norma.
  2. El intermediario. Un captador pagado por la hilandería va de pueblo en pueblo y convence a los padres con un contrato de tres años para su hija, de 13 a 17 años. A cambio promete casa, comida y, al final, una cantidad de golpe para la dote: entre 30.000 y 50.000 rupias, unos 500 a 800 euros. Hasta se anuncian en invitaciones de boda. Y les dicen a los padres que la chica volverá “intacta” para casarse.
  3. La jaula es el pago aplazado. El dinero gordo solo llega al final del contrato. Si la chica se va antes, lo pierde todo. Por eso se describe como una servidumbre por deuda al revés: la presión no viene de una deuda, sino de un pago pendiente que la familia necesita.
  4. El aislamiento. Viven en albergues de la empresa, sin móvil y lejos de casa. Muchas ni siquiera hablan el idioma local, lo que las hace aún más dependientes. Y el encierro se justifica como protección de su “decencia”.
  5. El incumplimiento. Cuando llega el final, el pago a veces no llega. Una chica dalit de 17 años dejó la hilandería en 2014 tras dos años y medio y meses después seguía sin cobrar lo prometido. Tuvo que denunciar con ayuda de una organización local.

Un caso con nombre: Mallika fue captada a los 14 años en su pueblo, cerca de Srirangam, para una hilandería de Dindigul. Hoy tiene 34 y cuenta que aquellos años le destrozaron el cuerpo.

¿Cómo puede ser? Porque para una familia desesperada el contrato parece razonable: comida, techo y una dote resuelta. Las cadenas son la necesidad de la familia, el pago aplazado y el aislamiento. Y sigue porque casi ninguna marca vigila a las hilanderías: auditan la fábrica que cose, no la que hila. Cuando el escándalo estalló, muchas hilanderías dejaron de usar el nombre “Sumangali”, pero mantuvieron el mismo pago de golpe al cabo de tres años.

. . .

Hay quien dice que todo en la Odisea…
Cuánto cuesta un poema.

Suscripción.

Si le interesan estas entradas, puede recibir cada una en un correo individualmente. Se deja cuando se quiere, desde el propio mensaje.


¿Quieres compartirlo?