Año 1969, “Busenattentat”: nuestro querido Theodor W. Adorno se tapa la cara con su maletín, como si dejar de mirar las tetas que varias alumnas le muestran, mientras estas se le lanzan encima, montón de flores y besos —o su intento—, evitara el desnudo de los escotes a él dirigidos, y como si así impidiese que en la abarrotada clase los jóvenes disfrutaran jocosos de la escena, no sin cierto grado de shock por la patética —sin duda más patética de lo que imaginaban— reacción del profesor, quien abandonaba la clase, abandonaba la Universidad, abandonaba el país, y abandonaba la vida —por un infarto— escasos meses después. La vieja inspiración intelectual del joven que se cree capaz de subvertir algo, porque él mismo se cree capaz de subvertir algo, convenciendo a otros —en el papel— de que la mera perspectiva intelectual diferenciada lo hace posible, arrodillado ante la banalidad y frivolidad de esos mismos jóvenes agitadores —agitación, dicho sea de paso, de una extraordinaria inteligencia y precisión conocido el personaje; no excluyendo una simultánea estupidez—. El hombre dedicado al sistemático repudio por lo frívolo, templado y gustoso del arte de todas las épocas, por ser una de las caras de la misma moneda que condujo a Auschwitz —como si no hubiera conducido a tantas otras masacres comparables en horror y frialdad técnica—, vencido por la exaltación extrema de esa frivolidad puesta al servicio de cuanto él mismo decía querer evitar —pero «¡no!», pues “se convertirán en fascistas”—, como si no hubiese diferencia entre medio hábil y fin, y como si el fin mismo de la vida fuera la severidad del elitista que lo es por pensar que establecer un “isomorfismo» entre la mente o el discurso y el horror externo fuese una solución a ese horror. Aceptemos que no existe tal pretensión de suprimir el horror, sino solamente mostrar que su habitación, mientras perdure la inconsciencia y la «ligereza» ilustrada/capitalista —o lo que quieran—, será una inevitabilidad, y que por tanto el fin de la vida debería ser esa consciencia; aun aceptándolo, ¿quién interpretote, sino tú a ti mismo, si no siquiera tus prosélitos, a quienes das la espalda por su estulticia, pero, más particularmente, por su incomprensión, dices, de cuanto declaras? ¿Y acaso no se derrumba entonces el propio principio de la cohabitación generalizada de tal consciencia, si prácticamente el axioma es que solo un club exclusívisimo será capaz de comprenderlo? ¿De verdad no hay forma más realista de oponerse al horror? ¿Solo es posible, el egoísmo, i.e., construir una obra de la inoperatividad, simple y llanamente para describir tu inoperatividad?

Aunque nada haya leído de Adorno —no he leído nada de nadie—, todo cuanto he escuchado de sus ideas resuena de manera extraordinaria con la concepción que del arte y la moral tengo desde muy pequeño. Se me figura sagaz, convincente y profundo. Así, creo que me sería particularmente sencillo hacer seguidismo de eso que sigo llamando “severidad”; de hecho, todo en mí converge inevitablemente hacia ese punto, vez tras vez, como este espacio demuestra, muy a mi pesar. No importan los intentos que haya realizado, de facto vuelvo a la casilla de salida; el avance es francamente lento. Pero no por ello dejaré de intentarlo. Digo que sería fácil, pero sin embargo parece un camino absolutamente estéril y estúpido, no porque un evento determinado —en concreto, el colapso de su vida académica y de su vida, literalmente, aunque no podemos decir que sea atribuible en exclusividad a algo así, queremos pensar— dé lugar a un grado tal de rumiación e inconsciencia, o porque mostrara tamaña incapacidad de afrontar cualquier cosa que se saliera de sus esquemas —siendo su acierto la descripción exhaustiva de su propia cárcel—, sino porque la fe solo debe construirse en base a los hechos, y no a las palabras; la fe hacia el pensador, sea filósofo, artista, científico, o lo que sea, no es tan diferente de la fe hacia quien te guía espiritualmente en una religión —tan importante como el gen mismo de esa religión, me da igual la que sea—, y una fe que se construya sobre palabras no solo es endeble, sino infantil —el pajero de la logomaquia, muy cerca, tan cerca como entre tú y yo—, y a menudo tenderá a que nos volquemos al lado opuesto —la fe del converso; o las chicas del «Busenattentat»—. El único simulacro de garantía que no se cae a la primera de turno es el que se deposita en el hecho, en la acción. Y si, en ello, el establecimiento de unas coordenadas mentales muy elaboradas no juega un papel de “tender puentes” hacia la tal acción que podamos llamar virtuosa, tales coordenadas mentales solo podría llamarlas deseables en sí mismas —no así puestas en relación a otras, como mera confrontación y puesta en duda de algunas nociones de uno mismo, pero no como verdad realmente relevante y profunda— el loco o el sofista, o toda persona que guste de no ver, que guste de ser muy ciega porque guste de lucrarse de su propia ceguera —algo nada contradictorio; es ingresar, reitero, en una cárcel, porque en la cárcel te dan cobijo, comida, libros, y a algunos, incluso, piscina—. Si la persona es ella misma —i.e., el proselitista y prosélito coinciden, como en nuestro caso de Adorno—, la ceguera es aún mayor, por cuanto no solo impide ver, sino que alucina que ve con una fuerza que no acompaña al discípulo.
Tras de este exabrupto (pseudo) anti-adorniano no se encuentra sino una firme convicción de que una “dieta blanda intelectual”, de que la “frivolidad” de un jazz —que nuestro señor denostaba hasta el infinito y más allá—, de que una novela de amor romántico o cortés, con un fantástico Deus Ex-Machina que le dé su broche final, mientras esté algo bien construida —pongamos “El amante liberal” de Cervantes—, una pintura bucólica, o cualquier otra paparruchada que particularmente fuera del gusto de las gentes dieciochescas, es en realidad, y aunque posea un sustrato común —y ello lo acepto— con la banalidad del mal que conduce al nazismo —o a los jacobinos, o a los mongoles, o a los guerracivilistas chinos de todas las épocas, lo mismo es—, una fuente de vitalidad mucho más compatible, paradójicamente, con la vida genuinamente altruista —y por supuesto alegre y desneurotizada—. Claro: podemos decir que la neurosis verdadera es la del burdo, frente a la no neurosis de a quien le “salen las tetas de la consciencia”, o bien que esa forma de neurosis es inevitable en un mundo neurótico, de nuevo estableciendo esa falacia de que “si el mundo es así de sufrido, yo mismo debiera ser sufrido en grado sumo”, en lugar de ofrecer algo práctico —práctico no quiere decir inmediato ni no intelectual, pero que al menos si es intelectual que no se quede en la eterna diagnosis, sino en la propuesta de una cura, y si crees que no hay cura, seguramente seas un perezoso—; todo esto está muy bien, pero es la eterna confusión de quien cree que saber que algo es como es —con mucha gente alrededor que no lo sabe— implica que la adopción natural de uno debe ser regodearse en ese saber y en la exclamación de que los demás no lo saben, frente a quien sabe que algo es como es —independientemente de si los demás lo saben o no—, y toma acción en consecuencia, no «se queda ahí».
En esto lo tengo muy claro: es como si el Buda se hubiera quedado en la primera Noble Verdad de que “el mundo es sufrimiento”. O peor aún: que se hubiese quedado en el bosque automortificándose hasta la misma muerte, sin que su visión aportara algo al resto del mundo. El verdadero aislarse del mundo es tomar una verdad, que además se interpreta intelectualmente —y no empática ni vitalmente—, “el mundo es sufrimiento”, y revolcarse infinitamente en ese fango, como tan entretenidamente hacen artistas y cineastas desde que el humano es humano. Lo mismo me da que sea un Baudelaire que un Lars von Trier que un Esquilo: la muestra de la miseria, porquería, maldad, corrupción y disonancias del ser humano es solo un museo, y el museo es correcto como entrada al interés por el arte, pero ir a un museo no te hace artista —ni crítico de arte, aunque eso sea más sencillo—. El verdadero entrar en el mundo es superar ese estadio estético y volcarse de lleno en modificar el modo en que percibimos ese sufrimiento, para que seamos funcionales a la hora de operar con él y sus causas, así como con el de los demás, particularmente el de los más cercanos —que cuando se habla en estos términos tan generales, por otro lado algo inevitable, creo, en la escritura y el pensamiento, tienden a ser olvidados, dándose esa disociación que no queremos repetir; no queremos ser un Carl Sagan, o, muchísimo peor, un Errejón—. Tampoco, reitero, consiste en la automortificación —a lo Simone Weil / monje Sona—. Consiste, antes bien, en una reducción tal de la entropía vital, precisamente vía “lo frívolo”, que ahora llamo templado: el arte que siempre rechacé, el arte tranquilo y desapasionado, el “clave bien temperado” frente a Schönberg —gusto que sin duda comparto con Adorno, cada vez más a mi pesar—, los adagios de Mahler, o Wagner. Y, también, al humor craso, a la no consideración de uno mismo como algo tan elevado —como la estima en que sin duda se tenía Adorno para actuar así, estima insuficiente e hipertrofiada simultáneamente—, al alzado de las necesidades aparentemente superficiales, también, de las otras personas, con independencia de lo que percibimos que es lo conveniente para nosotros o nuestro bienestar —de nuevo, sin llevarlo al límite de la automortificación—.
Esa baja entropía, esa evitación de las “singularidades artísticas y filosóficas”, en pos de algo lineal y predecible, no es porque sea conveniente alejarnos de lo descarnado; simplemente, si somos lo suficientemente infantiles e inmaduros como para relacionarnos con lo descarnado con resignación, me da igual que adopte la forma de un buen puñado de tratados filosóficos de primer nivel, será mejor no someterse a ello: nuestro intercambio con esa realidad puede hacer que simplemente inyectemos aún más sufrimiento —suéneles Andrés y Don Quijote…—. Podemos ser conscientes de ese sufrimiento sin internalizarlo continuamente, sino prepararnos para afrontarlo con vigor, sin que esto signifique cualquier cosa —suéneles Andrés y Don Quijote—. En un nivel descriptivo, es fantástico poder disponer de personas que se dedican en cuerpo y alma a reflejar y expresar a otros por qué no deben olvidar lo peor del ser humano —válganos, ya digo, Lars von Trier, de quien ayer vi Dogville, no mal diagnóstico general de distintos tipos; válganos Gaspar Noé en Irreversible, o Pasolini; o válganos Andrés.y Don Quijote…—, pero en sí mismas son solo un paso de la ecuación. Claro: para ellos no es un paso en la ecuación, sino que no hay ecuación, no hay fin mismo, lo cual demuestra que en última instancia utilizar en su arte lo más descarnado del ser humano no es sino un medio para captar la atención y ensalzar su arte. Pero si acaso no fuese así y de veras tuvieran interés no en que su obra sea realzada, sino en que cada espectador —o lector— salga viéndose verdaderamente purificado, vía una verdadera catarsis, vía una verdadera purga de la hibris; que no en que se exalte el embotamiento temporal de ese espectador —para colar alguna otra idea o una futura obra—, o que se busque el efectismo que lega a la emoción —que tanto altera la percepción del crítico responsable de hacer circular al filme o libro en cuestión en tal o cual circuito donde pudiera darse a conocer—, entonces deben comprender que se trata de un pequeñísimo paso en la ecuación de transformación final, y de que ser conscientes de algo no nos hace ser más capaces de afrontarlo, sino que antes bien, puede llevarnos a lo contrario: un continuo baile con el sufrimiento desde la torre de marfil que no hace sino perpetuarlo. La intelectualidad, particularmente cuando aplicada a algo delicado que concierna a la vida práctica de millones y millones de humanos, funciona como un amplificador de la señal; pero si el amplificador se aplica sobre la señal incorrecta, el daño a resultar es insuperable —ejemplos miles, Marx, por ejemplo; quien por cierto también pecaba de esa ceguera hacia su entorno inmediato, gran criterio para el discernimiento de la validez de la “fe” en sus palabras—.
Y en esa ecuación, el colapso total de la mente derivado de una saturación entrópica no puede convertirse en una constante, como a menudo sucede al filósofo y artista contemporáneo, que queda completamente exhausto. No. El colapso de la mente es análogo a rendirse a la automortificación física porque no queremos aceptar que es necesario un cierto grado de estabilidad en nuestra ingesta de comida o agua, i.e., de “influjos leves”, o, quizás, banales. Al igual que es necesario en la obra musical o cinematográfica o literaria que durante la mayor del tiempo no suceda nada para que cuando suceda algo quede verdaderamente realzado, así también en la vida no todo puede mantenerse en el más elevado perfil de intensidad psicológica; la probabilidad de que esa consciencia se funda en un problema neurótico o psicótico se torna en insoportable.
La apertura extrema, a menudo —paradójica y no paradójicamente— asociada a un cierto rechazo a la cerrazón que pueda encarnar la cultura de lo “frívolo”, esta altamente correlacionada con ese factor que, por más que queramos negarlo intelectualmente, porque es hermoso creer lo contrario, nos torna en inútiles de cara a cualquier objetivo razonable que incluya a los demás —como esos estudiantes agitadores—, que incluya aportar algo a ahí afuera. Esa es la verdadera forma de “pensar y actuar post-Auschwitz/mongoles/jacobinos/horrorqueustedprefiera”. Si no, véanlo en sus diversas capas. En las capas de disciplina o estabilidad en la virtud, y de claridad y lucidez o estabilidad atencional y emocional, el influjo externo de bajo ruido es un mal necesario para su cultivo; análogamente, a nivel de desarrollo de un interés por los demás y de cuestionamiento de uno mismo, el influjo externo de alto ruido puede ser un influjo de extraordinario valor en las primeras fases de esa apertura, pero ese valor se va reduciendo escalonadamente hasta cero en la medida en que toman el relevo el cultivo de una empatía útil —el amor y la compasión genuinas— y de una sabiduría útil —como la que movería a actuar a una persona sabia en un evento como el “Busenattentat”, no sin cierta ironía, distancia crítica respecto de la idea elevada de uno mismo, y de cómo debido a cómo es el mundo debemos actuar en términos de seriedad—. Una aceptación radical de la levedad no como forma de distracción, sino como condición indispensable de la psique humana. Una aceptación radical de que, aunque queramos escapar de reduccionismos psicológicos, habitamos una psique, y que no sea sino esa psique la que tras bastidores nos haga elaborar muy elegantes discursos acerca de la imposibilidad de las condiciones que en verdad la hacen posible.



