Exploraré aquí, desde una aproximación estrictamente secular, las cuatro contemplaciones fundamentales budistas: la impermanencia, la futilidad de las ambiciones externas, la oportunidad que tenemos para mejorar, y la ley de interdependencia y causa-efecto. Jamás podrá llegarse con respecto a estas reflexiones a una “verdad profunda e indiscutible” empleando solamente palabras, y en todo caso empleando palabras se puede alcanzar compresiones de muchísima mayor sutileza. Con todo, en las condiciones presentes, cada uno de nosotros puede hacer su mejor intento por reflexionar e integrar lo reflexionado en estas cuatro contemplaciones.
Antes que nada, una aclaración respecto de su naturaleza. Desde la perspectiva budista, estas cuatro contemplaciones son una suerte de ancla que garantiza la correcta motivación previamente a la puesta en práctica de algún proyecto —entendiendo como proyecto algo que nos disponemos a hacer durante un periodo de tiempo, con microciclos, mesociclos y macrociclos, como lo puede ser respecto del estudio el macrociclo un curso académico, el mesociclo una semana, y el microciclo una sesión entre dos pausas, por ejemplo—. En concreto, es particularmente favorable como prolegómeno a la práctica meditativa.
El motivo es que atacan a todas y cada una de las capas que nos hacen disponernos de manera neurótica e inadecuada con respecto a cuanto efectuamos; así, la reflexión en la impermanencia facilita el florecimiento de la generosidad —por contraposición al egoísmo—, de la paciencia —por contraposición a nuestra visión cristalizada y adversa respecto a la realidad de con cuanto nos topamos— y de la sabiduría —ayuda a hacernos integrar la no cristalización de ninguna realidad, por ejemplo el resultado externo de cuanto nos proponemos—; induce la impermanencia una urgencia a su vez que encarna la oportunidad que tenemos para mejorar, lo que a su vez alienta el entusiasmo por cuanto vamos a desarrollar. Sin esa urgencia entraríamos en un estado de embotamiento, precisamente agitado por el bastión anterior de la no impermanencia. Sin embargo, la misma impermanencia y aceptar la oportunidad presente, particularmente si existe la salud física y mental y el tiempo libre de cargas suficiente para emprender la tarea a que nos disponemos, inducen simultáneamente ese anti-embotamiento, esa proactividad, esa sensación de actuar imperiosamente.
Así, el desarrollo excesivo de uno de estos pilares —sabiduría y paciencia— sin sus correspondientes aspectos relativos al mundo y al desarrollo personal —la generosidad y el entusiasmo— podrían acabar en pasividad, pero esas otras virtudes equilibran la balanza. Hay que recordar aquí la naturaleza de inclusión de la contradicción o de la salida de la discusión entre los opuestos —para alcanzar “un punto medio”, significando en realidad salir de la escala inicial— que encarna la filosofía budista de principio a fin, comenzando por el propio Buda —de quien se dice que ofreció 84000 enseñanzas diferentes, por decir de algún modo que sus enseñanzas fueron personalizadas y, de modo habitual, mutuamente contradictorias, y a quien sigue en ocasiones el apelativo del “gran mentiroso” desde la propia tradición— y confirmándose en la formalización del Madhyamaka o Vía Media por parte de Nagarjuna —y toda la tradición escolástica posterior—. Se trata de dos caras de una misma moneda —la realidad— vista desde las perspectivas absoluta y relativa, en cuatro de las seis virtudes fundamentales para el budismo, o Paramitas,—entendemos en todo momento el budismo tibetano y en concreto el Paramitayana o camino de las virtudes—.
Las dos virtudes restantes, ética por un lado, y concentración/estabilidad mental/ meditación por el otro, vienen asociadas con particular fuerza a las otras dos contemplaciones fundamentales. La contemplación de la excesiva ambición por los logros externos —o la dependencia de su conclusión o éxito, o la idea de que lograr algo afuera va a satisfacernos de manera estable y significativa— apoya la disolución del apego, lo cual a su vez facilita que podamos realizar aquello a lo que nos disponemos con mayor concentración y libertad —sin que haya ninguna parte de nosotros extrayéndonos energía en la forma de esperanza y miedo—, en particular la experiencia meditativa. En la medida en que existe menor apego por lo externo existe un mayor grado de renuncia interna, lo cual no necesariamente implica renuncia externa, pero sí una relación menos dependiente de ese fenómeno.
Con respecto a la contemplación de la ley de causa-efecto y de la interdependencia, la principal cualidad afectada es la ética o virtud en la acción y en la palabra; entender que toda acción positiva no solo da lugar a esa acción positiva, sino que engendra en nosotros la semilla de que con mayor probabilidad en el futuro volveremos a actuar de manera positiva, paralelamente a la comprensión de que una acción negativa no solo genera un mal en el mundo —que en última instancia solo hace de la realidad que habitamos un peor lugar—, sino que además incrementa la probabilidad de esa mala acción en el futuro, repitiéndose el bucle de inercia en la acción en el futuro —karma—, es una doble ventaja a la hora de emprender nuestro proyecto, pues actuaremos con mayor discernimiento y rectitud.
Así pues, las cuatro contemplaciones son un modo sencillo de cultivar las seis virtudes centrales —generosidad, ética, paciencia, entusiasmo, estabilidad mental y sabiduría— de manera continua e integrada en nuestra vida cotidiana, sin que, por otro lado, exista ninguna razón por la cual una persona no budista o no religiosa —como es mi caso— deba despreciar el enfoque por considerarlo dogmático e inadecuado. Antes bien, nos hace tomar lo mejor de las prácticas religiosas, incorporando la componente tan a menudo olvidada en el cultivo de la mente de la integración, en un mundo —el occidental— en que parece que solo progresamos a base de shocks puntuales como la lectura de un libro, “una experiencia extática” o un viaje revelador, en lugar de como en realidad parece que funcionamos, bajo el asedio perpetuo a nuestras costumbres y forma de motivar nuestras acciones, día tras día, mes tras mes, década tras década; todo ello, digo, sin comprometernos con el aspecto “bullshit” de esas mismas tradiciones.
Se puede decir que la fe es algo a construir en una cierta forma del “todo o nada”, tomando todo aun cuando uno no crea en ello y haciendo florecer la fe en ello a base de la repetición; honestamente, quizás tenga cabida en algunas personas, pero parece probable que fuera más así en tiempos de Pascal —abanderado de un tal pensamiento— o sin duda en ciertos sectores de países asiáticos. Optando por una vía de construcción lenta, la idea se sustenta sobre la construcción del entusiasmo antes que de la fe; entusiasmo por obras no necesariamente emparentadas de todas formas con la religión raíz —reitero la necesidad de la aplicación de estas cuatro contemplaciones fundamentales a cualquier proyecto, no necesariamente a la práctica meditativa—, ello sí, desde una motivación más sana, que no conduzca a su inexorable colapso por la falta de una de esas cualidades. La impermanencia nos inmuniza contra la idea de que el fruto de nuestros proyectos debe perdurar, o de que cuanto hicimos u obtuvimos garantiza algo en el presente. La contemplación de la oportunidad nos inmuniza ante la arrogancia, haciendo florecer la humildad: tenemos esta oportunidad a buen seguro porque muchos otros no la tienen, no la desperdiciemos, pues somos unos privilegiados —por el azar— a quien la suerte quizás no le sonría tanto tiempo como esperamos. La contemplación en la futilidad de lo externo facilita que la tarea se torne en un entrenamiento de tipo interno, y sea más importante el camino que el resultado externo, queriendo referirme, como es natural, al camino interno, y siendo el resultado interno parte misma de esa camino —solo el resultado interno es dependiente de nosotros, no así el externo, que además poco garantiza—. Finalmente, la reflexión en la ley de causa-efecto y la interdependencia —o karma— facilita la labor de discernir si el proyecto que realizamos es de veras de beneficio, o se ve impulsado por una energía tóxica y egocéntrica que florece desde nuestro interior. No garantiza la perfección de la intención, pero establece una traba, un elemento de fricción más a la posible toxicidad de esa intención.
Debo recalcar ahora la necesidad de no quedarnos con que “este análisis pudiera hacerlo el niño de cinco años”, cosa por otro lado seguramente cierta en la superficie. La importancia estriba en la integración y la machaconería; no en otra cosa consiste la ética —si es que subordinamos todo esto a la ética, que en realidad, como hemos dicho, es solo una pata de las seis, aunque sin duda no son compartimentos estancos—. Más generalmente, no en otra cosa consiste toda virtud: no podemos alcanzar generosidad, ética, paciencia, concentración, entusiasmo o sabiduría desde la mera palabrería, desde la mera lectura, sino operando con una mano suave pero continua sobre nuestra propia acción, habla, y crucialmente —para cinco de las seis virtudes—, mente.
Cada una de estas contemplaciones, como introduje al principio, admiten capas de interpretación y reflexión interminables, aunque en apariencia sean “triviales”. El contacto estrictamente intelectual con la impermanencia, por ejemplo, no lleva a nada, porque intelectualmente ya la comprendemos. Del contacto estrictamente intelectual con la oportunidad y con la ley de causa-efecto se puede decir algo similar. El contacto estrictamente intelectual con las limitaciones de lo externo sí lleva a algo mínimamente distinto a nuestro sistema operativo habitual, pero sigue siendo de una total pobreza.
Un segundo nivel puede suponerlo la integración intelectual que viene en forma de “flashs” a lo largo del día. La observación de la impermanencia mientras caminamos, mientras comemos, mientras dormimos, mientras compartimos nuestro tiempo con otra persona. Sin duda se trata de una capa de mayor profundidad, que seguramente nos lleve a relacionarnos de manera diferente con el tiempo y nuestras rutinas, pero a buen seguro no cambiará de manera significativa la naturaleza e intención de nuestros proyectos. Este segundo nivel en relación a la oportunidad sí puede hacernos adquirir una mayor alegría y entusiasmo en los proyectos y en nuestro trato con los demás. En cuanto a la ley de interdependencia y causa-efecto, puede hacernos tener más claridad en los momentos de confusión, recordarnos cuando sea difícil aplicarlo cuál es nuestro código ético y en base a qué se ha construido. Finalmente, esta segunda capa en relación al aspecto de las limitaciones de lo externo puede conducir a un cierto grado de apatía al que inicialmente lega los primeros pasos en la renuncia.
Un tercer nivel en nuestro análisis de la impermanencia puede llevarnos a de manera significativa transformar nuestros objetivos e intención teniendo presente la muerte; la muerte permea las acciones a que nos encaminamos, lo cual, de nuevo, sin el correcto contrabalance de las otras contemplaciones —particularmente la oportunidad— puede conducir a la tristeza y apatía. En cuanto a la oportunidad, puede llevarnos a un cierto estadio de claridad en la intención que de veras queremos desarrollar, en el vector de altruismo —algo así como observar que lo único que merece la pena, ya que tenemos la oportunidad y otros no la tienen, es ayudar a cuantos no la tienen a tenerla, y a cuantos sí la tienen, a tenerla más y en mayor profundizar, y en regocijarnos por quienes sí la tienen, así como la ecuanimidad de que todos lo logren, sin parcialidades arbitrarias— que culmina —en una capa superior— en el aspecto relativo de lo que los budistas llaman bodhicitta, a saber, el “corazón iluminado”, estado mental que procura la felicidad suprema de todos los seres por igual—. En cuanto al karma, y en sinergia con el logro mental anterior, refuerza la idea de interconexión de causas y efectos, entendiendo que la acción positiva que yo realizo ahora no solamente engendra un estado positivo en mí y genera un aspecto positivo ahí afuera, sino que en última instancia genera una cadena de acciones positivas que permea toda la existencia condicionada; la acción positiva condiciona positivamente el mundo entero, e ídem con las negativas y neutras.
También adquirimos una noción más profunda de que cada acción cuenta, disolviendo la falta de perspectiva que a menudo tenemos —derivada de nuestra obsesión con obtener placer y evitar el displace— al despreciar casi todo cuanto aparenta ser “neutro”, tanto objetos como otros sujetos —los sujetos que nos eran indiferentes y que pasan a encontrarse presentes en nuestra integración de ese altruismo—. Finalmente, la contemplación de las limitaciones de lo externo genera un estado de renuncia aproximadamente genuina, queriendo decir que estamos lo suficientemente decepcionados con los objetivos que a menudo se nos presentan como excelsos, como para dedicarnos plenamente a cultivar ese aspecto altruista en todas las acciones en que nos embarcamos.
Así, pudiéramos seguir añadiendo capas y capas de una sutileza creciente. En mi caso concreto, se puede decir que intelectualmente no acepto —o no comprendo— grados de mayor sutileza que las tres capas mostradas, correspondientes aproximadamente a cuanto he desarrollado en retiros —que no en la práctica de la vida cotidiana de manera sistemática—, en los últimos dos años: hace dos años, hace un año, y este año, respectivamente. Con todo, se encuentran recién al comienzo de esa construcción de capas, en un nivel “estrictamente burdo”, que no pretende predicarse ni como ejemplo de qué hay que contemplar ni de cuál es su fondo —que no existe—. Antes bien, quería compartirlo precisamente a modo de muestra imperfecta pero necesaria de cómo podemos comprender estas cuatro contemplaciones fundamentales de una manera práctica en nuestra vida, esperando que sea una invitación a que cada uno de nosotros haga su mejor intento por profundizar en ellas.



