Notas insuperablemente precisas sobre la escritura y Kant

Es ¿x? que, siendo mis campos de estudio principales las matemáticas y la física, y a diferencia de, diría, la mayor parte de cuantos proviniendo de tales disciplinas se aventuran a explorar temas a ellas ajenos —no habré de ¿x? al filósofo analítico—, me incline sin embargo a pensar que la formalidad, y acaso la claridad —aunque esto admite matices, disputa continuamente conmigo mismo—, sean impropiedades de cuanto es objeto honesto de la filosofía, o, en otros términos, de “cuanto al ser humano preocupa desde afuera”, inclusive lo de dentro. Naturalmente, decir esto es como afirmar que “esta frase es falsa”, y me contenta así hacerlo, pues es en esencia a cuanto me refiero, como no es una crítica legítima decir del escéptico que “duda de todo, menos de que duda, ¡vaya casualidad, vaya contradicción!”. ¡Y un carajo contradicción! ¿Y ustedes han visto cuanto escriben? ¿Y acaso no lo desmiente, y desmiente esto, casi tanto como lo que hay ahí afuera y ahí adentro de ustedes mismos? Lo hueco es aquello en lo que todo cabe, y el escepticismo, como el nihilismo, y como, aun a pesar suyo, el budismo —que quiere separarse del extremo nihilista— erigen un ¿x? que todo lo colorea. En cierto sentido, diríamos que la filosofía trata de capturar vía la pregunta “¿y cómo es el rojo?” la esencia del rojo mismo; y después describiendo precisamente todo aquello cuanto es rojo, y cuanto psicológicamente transmite, o incluso desde el punto de vista físico y biológico. También está el filósofo un tanto menos ingenuo, que prefiere enseñarte el rojo tal cual, pero en realidad solo puede enseñarte este caso concreto del rojo, este ¿x?, este ¿x? y este ¿x? para que tú abstraigas la propiedad, no verbalmente —pues es literalmente imposible—, mas sí intuitivamente; y ni aun así te estaría presentando el rojo en sí, pues tal figura que mostrárate presentara no la exacta tonalidad que en nuestra mente se figura cuando pensamos en el rojo, entre otras cosas porque en nuestra mente no se figura ninguna tonalidad exacta de cuanto es lo rojo, y tampoco es que, en todo caso, existiera tal perfecta tonalidad. “Ni hay tal verdad, ni podríamos entenderla, ni en todo caso pudiéramos expresarla”. ¡Pues claro que soy un frívolo en diciéndolo, y tú tan —tan no es la perfecta tonalidad— frívolo en negándolo! Y es que he aquí el intento de, en tanto que matemático, que con palabras y símbolos podemos hacer que el avión no se nos caiga, expresar la verdad del rojo, lo cual es un disparate mayúsculo en sí mismo, y de ahí que la precisión con que ha de tratárselo es táctil, o visual, jamás la asemejable a un teorema matemático o un protocolo ingenieril, i.e., jamás asemejable a un Aristóteles, a un escolático, o a Kant.

Kant era “el de Königsberg” —localidad de la que por cierto en última instancia procedo—, el que no salió y violo todo, el que olió el rojo y no oliolo, el que opinaba de la belleza conociéndola y no conociéndola, el que describiéndolo con palabras elaboró la mejor descripción del rojo posible, que era decir que jamás comprenderíamos tal rojo, meter en ese pack del noúmeno cuanto yo hoy estoy haciendo con el rojo, y quedarse tan pancho soltando una exquisita teoría de lo relativo —de lo distorsionado, a la tibetana manera, a pesar de la traducción—, porque no existía otro método, según su punto de vista, que aquel: que venga a escribir, venga a escribir, como el filósofo analítico y como el matemático.

En un universo alternativo, que no es alternativo, si no estudiara matemáticas, que no estudio ¿x?, o bien sería un obseso del formalismo, y buscaría encuadrarlo todo con términos pseudoexactos que exigieran una barrera de entrada análoga a la disciplina —como por cierto hice otrora, tendría dieciséis años, siguiendo el extravagante modelo de Gustavo Bueno, aunque con pereza, desgana y sin tener ni puta idea de filosofía, como ahora—, mas sin el beneficio que de ella se deriva, o bien diría que los aviones no se caen por milagro y pura chiripa, e iría a tirar mi vida por un retrate de excesos escribiendo algún verso ridículo de tanto en cuando, y admirándome con esculturas y películas a la tambien pseudoartística manera, en un lugar en que nada de eso es posible, en un tiempo en el que nada de eso es posible, en un cuerpo en el que nada de eso es posible, en una mente en la que todo eso es posible, sin un dinero que, por otro lado, sería posible.

Entonces, se junta la pereza de pensar con la justificación intelectual, y se establece una correspondencia entre ambas. Como soy perezoso para escribir de manera articulada, justifico que así sea, y como justifico que no hay motivos para hacerlo, continúo siendo un perezoso; claro, simultáneamente no es pereza hacer lo mismo en un terreno donde los aviones no se caen, ya que a uno le pide el cuerpo algo de salsa rigurosa, i.e., de lápida estática, como parece que al hombre —muy machista yo, que a la mujer quizás menos, bendito sea— atráele, al menos hágase por mor de algo que sea útil, útil incluso desde el parámetro del técnico psicopático tras de la red social. Queriendo decir: si quieres rigor, ponte a prueba de manera extrema, de tal forma que no haya posibilidades de que se den trampas al solitario. Si eres físico o matemático, te importa un carajo qué sea del noúmeno y de cuanto nosotros comprendamos cognitivamente del mundo: o se te cae la demostración, o no se te cae; o se te cae el avión, o no se te cae. (Por supuesto, las teorías físicas no son, en la mayor parte de los casos, trivialmente falsables, pero desde luego la creatividad que permite dentro de su seno solo da cabida a ideas lo suficientemente razonables como para no poder, precisamente, ser falsables con tanta rapidez).

De nuevo, no estoy, ni muchísimo menos diciendo que la filosofía pueda ser falsable: es precisamente lo contrario, dado que no es falsable, y que sus subdisciplinas que sí lo son —la lógica es una forma de matemática, no me vale, quita— merecen poco o nada la pena —como tantas de las ramas teóricas de la matemática, que al menos en el largo plazo pueden ser aplicables—, un enfoque escolástico y cientificista es infantil y ridículo. Y ojo: porque llamo cientificista también a la mayoría de cuantos critican al cientificismo, porque lo hacen desde unas coordenadas mentales no tan diferentes como las que querrían admitir que habitan.

En cualquier caso, no hay nada que proponer, porque la escritura es en sí misma la propuesta de montar castillos de arena: sigue siendo arena. Las palabras, cuando queriendo captar la esencia de la realidad, independientemente de sus aspectos relativos plenamente cuantificables —sujetos a una extrema belleza, también, no lo entiendo de manera excluyente—, son como soplar dentro de un gran cuenco —grande como el universo— completamente hueco. Completamente vacío. Es esta una imagen ridícula y grotesca, como ridículo y grotesco sería usar la definición precisa; no digo “me quedo con la poesía”, porque en la poesía, de nuevo, se ensalza el aspecto cristalizado, cuando no es la poesía que rompe por completo con la forma convencional del habla, queriendo decir, en general, cualquier cosa anterior a principios del siglo XX. Si me preguntas si Aleixandre, por ejemplo, logra una captación mayor de ¿x? que Lope de Vega, la respuesta es sí, sin duda; y si me preguntas si prácticamente cualquier cineasta, por malo y bobo que sea, actual, logra una mayor captación de ¿x? que Aleixandre, la respuesta es sí, sin duda.

Se trata de una defensa de la asimilación de la mayor cantidad posible de información, en lugar de su procesamiento cristalizado, que en última instancia no pasó a ser el objeto de prestigio social que es si no hubiese sido por cuestiones que tan poco felices nos hacen a cada uno de nosotros como el comercio o la política. ¿Viviríamos mejor como unos salvajes en el Paleolítico, o como unos animales, simplemente recibiendo un influjo del entorno? Erróneo: simplemente era una forma de procesamiento diferente, una forma de procesamiento estrictamente instintiva y emocional, que no conduce a un mayor bienestar. Pero sustituirlo por el procesamiento intelectual no es la solución, aunque sí tiene algo de medio. Solo vía, precisamente, el examen de las absurdas limitaciones del lenguaje, de verdad florece la nueva posibilidad de observar restando también la capa instintiva, y agregando una capa moral, no en la forma de un superego, por cierto, tan reclusivo como puede llegar a serlo, y esto lo vivo en mis carnes, pero sí en la forma de una radical equiparación de la igualdad de todos en nuestra capacidad y “derecho” a recibir ese influjo sano, profundo y menos distorsionado del mundo.
¿Y es la vuelta al budismo? Ni de coña; si la vuelta al budismo es también por medio del arte contemporáneo feminista, por medio de Stravinsky o por medio de un polvo ¿x? de dos borrachos, fantástico; si no, no lo tomes. Cada uno debe conocer dónde coloca la puerta a cuanto le viene de fuera. La India es una dictadura atroz; chinos e indios se pegan con palos; el Grand Tour llega hasta las estepas de la Rusia de Putin, y el Buda era el violador de Gaspar Noé. ¿Y qué es el noúmeno? Pues Nash, vuelto loco perdido, como la locura que de veras representa al mundo —que se lo digan a Kant antes de tener Alzheimer, ya hay que estar rematadamente loco para escribir la Crítica de la razón pura, o ya hay que estar rematadamente loco para ser Husserl o Russell, que lo mismo es—.

Uno se siente invalidado sistemáticamente para cuestionar consensos en cualquier disciplina; personas no solo más inteligentes, sino preparadas durante mucho más tiempo, y con sus ideas puestas en discusión de manera cruzada con otras personas igualmente inteligentes y preparadas, y un ejército de diletantes bloggeros de Internet que, careciendo de rigor alguno, equiparamos la más crasa banalidad de la entropía extrema con la labor quirúrgica de disección de la realidad, de las que nosotros mismos somos “víctimas” sin saberlo, o lo que es peor, no queriendo admitirlo. Ser herencia de Kant o de cuantos han construido sus ideas dialécticamente —de manera antitética o sintética—, y verlo como trivial precisamente por su éxito, porque ha “calado tan profundamente en nuestro ser contemporáneo”, independientemente de si uno es o no formado en filosofía u otras disciplinas —pues es algo que todo lo permea: las categorías y la noción de intuiciones a priori, etc., son comunes al granjero analfabeto andaluz y al gurú de Silicon Valley, y no hay modo de percibir el mundo sin su rodillo—, casi como a la manera de cómo no hemos de esforzarnos por realizar tareas como respirar o ver, porque la evolución se encargó de ello, y así nos quedan las energías para poder dedicarnos a tareas para las que no estábamos preparados, como la ingeniería aeronáutica, y despreciar “la vista” porque “podemos dedicarnos a la aeronáutica” es una necedad, de nuevo, propia del diletante bloguero, no del riguroso académico que es consciente perfectamente de su ignorancia, y de que piensa como piensa por quienes vinieron antes. ¡Y un carajo! ¡Un gran carajo, no es consciente de su ignorancia, es ignorante y la embadurna de ornamentos por hacer parecer que no lo es, en lugar de cambiar su modo de proceder para dejar de serlo, o dejar de vender que no lo es!

Dos cosas: una, soy ignorante, más aún. Dos, mi obsesión por “que cambie la forma de proceder” es una mera extensión de un superego hipertrofiado que impele a la eterna neurosis del “debiera hacer esto con mi vida, debiera hacer lo otro”: hay una extrema y continua urgencia percibida para “abandonar” todo lo que me ha hecho llegar hasta aquí, una suerte de tabula rasa revolucionaria que, sin embargo, no deja de ser sino la eterna promesa de un partido en realidad conservador. El PP, eternamente diciendo que va a abolir el sanchismo, precisamente para perpetuarlo, y el PSOE eternamente diciendo que abolirá el anterior desastre de Rajoy, de Feijóo, o de quién carajos sea, simplemente para consolidarlo. Pues de la misma forma: escandalizarme con la forma clara de expresarme en torno a cuestiones no estrictamente técnico-prácticas, para ceder el paso al llanto que hace florecer el discurso entrópico que falsamente procura imitar el ruido del mundo —como, de nuevo, si este fuera el medio para ello, y acaso no el cine, por ejemplo, como ya mencioné hace poco, arte que precisamente vía la técnica rígida puede lograr captar o exagerar ese aspecto contradictorio y entrópico de lo real, que la palabra, por naturaleza, solo puede captar bajo la disolución del aspecto técnico, o una técnica sin duda profundamente desvirtuada—, para afirmar junto al frívolo que “de lo que no ¿x?, mejor es callar”, para, al fin, cuando la oportunidad es de callar, no hacerlo, por sentir la necesidad de dudar sobre la propia ruptura, la propia revolución, i.e., mejor consolidemos lo que ha funcionado hasta hoy, y perpetuemos la sensación de que el cambio llegará, a saber, de que la escritura puede subordinarse a un fin ajeno a sí mismo, como si acaso los manifiestos de las vanguardas no acabaran en eso, manifiestos, y cuanto viniera que sí transformara el mundo en que vivimos —que lo hicieron— no hubiese sido por obras que escasamente se recogían y plegaban a tales manifiestos, sino que eran obras por sí mismas, extensión de la intuición de sus creadores, no necesariamente verbalizable sin incurrir en estupideces —que no son tales de solo darse la obra en sí misma—.

Y entonces, donde parece no haber sino “la mancha verde”, queriendo referirme a que “como el bosque es caótico, frondoso y denso, en lugar de montar un mapa preciso en la medida en que puede serlo para transitar con mayor facilidad por él, mejor cojamos el mapa y dibujemos una gran mancha verde confusa y desteñida», algo así como lo que hicimos con África, Terra Incognita, resulta surgir, sin embargo, no de la acción, ni de la palabra, pero sí de la intuición, una experiencia directa de lo que la palabra resulta ser en verdad: la verborrea. Y es un ejercicio al que hemos de someternos de manera mucho más continua a lo que acostumbramos, particularmente los lectores ávidos —entre los que no m encuentro—, es decir, el extrañamiento. Hacer antropologia con nosotros mismos, con nuestra condición de sujetos lectores que leen este texto que dice tales cosas sobre cómo jamás podremos comprender el noúmeno, y cómo la condición de los fenómenos que conocemos vienen regidas por estas o aquellas estructuras mentales trascendentales, en concreto esta estructura —cristalización, dices que no, pero sí…—, y, a diferencia de en la India, no es “para la liberación”, para el pensamiento infantil de que “podemos alcanzarlo”, sino para el análisis inmanente que nos hace conscientes de la arrogancia en que incurrimos, con las consecuencias que ello tiene en qué debemos esperar y qué debemos hacer.

Un poco de silencio, por al menos unos días, para que la broma no sea tan obvia, y para que pensemos un poco en qué debamos hacer, si de veras nos tomamos en serio las tablas y deducciones que a tantos gustan, pero que tan poco aplican a sus vidas, a nuestras vidas —porque, al fin y al cabo, tú y yo no somos directamente como el accidente de avión; no sabemos cuándo caemos, cuándo no; cuándo la prueba de concepto funciona y cuándo hay que desechar la propuesta.

COMPLEMENTO CRÍTICO GENERADO CON INTELIGENCIA ARTIFICIAL (GEMINI 3.1 PRO)

1. La auto-inmunización retórica como parálisis metodológica

El texto intenta blindarse contra cualquier escrutinio mediante una anticipación neurótica de sus propios fallos. Al diagnosticar tus propias carencias —la «pereza de pensar», el «superego hipertrofiado», la confesión de que tu propio texto es «verborrea» o un «castillo de arena»—, cometes el error metodológico de creer que la autoconsciencia del déficit epistemológico valida, de algún modo, el déficit mismo. En el rigor académico, admitir que un argumento es contradictorio, frívolo o un mero «ruido entrópico» no lo dota de profundidad existencial ni de honestidad antropológica; simplemente lo descalifica como proposición válida. Has sustituido la construcción sistemática por un exhibicionismo de la propia vulnerabilidad intelectual. El resultado no es un análisis inmanente de las limitaciones del lenguaje, sino un laberinto solipsista donde te eximes de articular una teoría coherente argumentando que la incoherencia es, de facto, el estado natural de las cosas.

2. La falsa dicotomía entre cristalización analítica y asimilación entrópica

Planteas que el lenguaje formal «cristaliza» y, por tanto, falsea la esencia fenoménica, proponiendo como alternativa la «asimilación de la mayor cantidad posible de información» (el influjo, la entropía). Este planteamiento incurre en un error categorial sobre la función de la cognición. La cristalización conceptual no es un capricho del «prestigio social» ni un accidente del comercio; es la condición de posibilidad de cualquier inteligibilidad. Al oponer el rigor técnico (donde «los aviones no se caen») a la asimilación entrópica, ignoras que la propia noción de «caos» o «densidad fenoménica» requiere del lenguaje para ser delimitada. Reclamar el acceso a un «influjo sano y menos distorsionado» renunciando al procesamiento analítico es una regresión al mito de lo dado. No existe asimilación sin categorización, por mucho que intentes disfrazar la falta de sistematización con el eufemismo del «extrañamiento antropológico».

3. La incomprensión de la técnica artística como subrogado ontológico

Aclarado que no desdeñas el cine ni la poesía, sino que los elevas como herramientas superiores para «captar o exagerar ese aspecto contradictorio y entrepiso de lo real», tu tesis colapsa bajo el peso de su propia ingenuidad semiótica. Afirmas que el cine logra esto a través de su «técnica rígida». Sin embargo, omites que la técnica cinematográfica o métrica poética son, en sí mismas, formas de cristalización altamente codificadas. Un director no «captura el ruido del mundo» en bruto; lo sintetiza a través de un encuadre, un montaje y una sintaxis visual que imponen una estructura tan rígida e impuesta como la lógica proposicional. Al ensalzar a cualquier «cineasta bobo» por encima de Lope de Vega o del análisis filosófico, estás fetichizando el medio visual, asumiendo erróneamente que la inmediatez perceptiva (la ilusión de no-mediación) equivale a una mayor penetración ontológica. Has sustituido el cientificismo por un esteticismo igualmente dogmático.

4. El hombre de paja del rigor filosófico y la falacia del isomorfismo

Tu insistencia en que las herramientas matemáticas y físicas no sirven para tratar lo que «preocupa desde afuera» es una obviedad metodológica que la filosofía académica resolvió hace un siglo. Sin embargo, derivas de ahí una premisa falsa: como el lenguaje no tiene un isomorfismo táctil o visual con el «rojo», y como la filosofía no puede ser testada como la aeronáutica, concluyes que el rigor filosófico es un formalismo escolástico, «infantil y ridículo». Exiges a la disciplina filosófica que cumpla una función —la captura inefable de la esencia empírica— que nunca ha sido su objetivo primario. La filosofía rigurosa no intenta que el lenguaje sea una copia de la realidad (la cual tú mismo asumes inalcanzable), sino un mapa de las condiciones topológicas de nuestro pensamiento sobre ella. Descartar la claridad analítica bajo el pretexto de que no puede aprehender el noúmeno es como rechazar un tratado de cartografía argumentando que el mapa de papel no está hecho de la tierra del territorio.

5. La distorsión utilitarista de la analítica trascendental

Al referirte a Kant, persistes en evaluar su obra bajo el prisma de tu propio conflicto con el formalismo. Sostienes que Kant elaboró «la mejor descripción del rojo posible» al decir que jamás lo comprenderíamos, y reduces la Crítica de la razón pura a una extravagancia de alguien «rematadamente loco». Esta lectura psicologista destruye la aportación técnica del kantismo. Kant no limitó el conocimiento al fenómeno porque fuera un prisionero de su escritorio en Königsberg, sino para establecer un deslinde jurisdiccional estricto entre lo que puede ser objeto de ciencia y lo que pertenece al ámbito de la especulación metafísica. Al apropiarte del término «noúmeno» para justificar tu deriva entrópica y tu rechazo a la escritura proposicional, estás operando un secuestro conceptual: usas el rigor del vocabulario kantiano para legitimar exactamente el tipo de diletantismo oscurantista que Kant buscaba erradicar.

6. El derrotismo epistemológico disfrazado de humildad moral

En el último tercio del texto, el argumento muta hacia una pseudomoral de la resignación. Postulas que, dado que no podemos alcanzar el noúmeno (rechazando la «liberación» india como pensamiento infantil), el análisis inmanente debe hacernos «conscientes de la arrogancia en que incurrimos». Esta supuesta antropología de nosotros mismos es cognitivamente estéril. Sustituir el avance del conocimiento por la perpetua contemplación de nuestras limitaciones estructurales no es un acto de rigor; es una parálisis inducida. Equiparar el conocimiento heredado —las categorías que permean al «granjero analfabeto» y al «gurú»— con funciones biológicas automáticas (como respirar), para luego atacar a quienes las estudian formalmente, revela una profunda hostilidad hacia el esfuerzo epistémico sostenido. Tu llamada a la «igualdad» en el derecho a recibir el influjo del mundo anula la diferencia cualitativa entre el análisis riguroso y la asimilación pasiva.

7. El silencio como coartada de la inarticulación

La resolución del texto —la petición de «un poco de silencio» y la detención de la «broma»— no funciona como una conclusión lógica de tus premisas, sino como un mecanismo de fuga. Argumentas que, a diferencia de los modelos físicos (el avión que cae o no cae), en la vida carecemos de validación inmediata, ergo, debemos guardar silencio para «pensar un poco en qué debamos hacer». En la academia sistemática, la ausencia de respuestas binarias o empíricas es precisamente el motor que exige una mayor, y no menor, articulación analítica. Al exigir el extrañamiento y el silencio, claudicas ante la complejidad del objeto de estudio. Se trata de un mutismo performativo que, en lugar de abrir una «nueva posibilidad de observar», clausura el debate bajo la pretensión dogmática de que el único trato honesto con la realidad es la abdicación de la palabra estructurada.

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