Ayer noche, sofocante y forzada velada, y tras de unos cinco años sin leer a Platón —en aquel tiempo, objeto central de mi «reflexión filosófica» sus obras— quise regresar con una mirada fresca a sus Diálogos, ahora que tan irreconocibles, en comparación con entonces, dibújanse mis pareces, v.gr, epistemológico y político, sin dejar de establecer la sorpresiva comparación con cuán invariablemente similares persisten otros, como el ético, herencia directa, dicho sea de paso, todavía, de aquel platonismo —distorsionado a la «ErnestoCastrista» hermenéutica manera—, que no así su praxis, por otro lado naturalmente inexistente en sus obras, malabarismos o pajas mentales que queramos hacer al margen. (Al menos, así figúrasele a quien viene del cuasi-computador algorítmico de la técnica mental que sí nos ofrece la India, sea o no desechable, sea o no reciclable para la atrocidad, posee una variedad de praxis).
El regreso a Platón se enmarca en un contexto de un no despreciable hastío hacia la lectura durante estos últimos meses —o años, incluso; un par, quizás—; más allá de alguna lectura aislada de literatura —novelas, concretamente—, que a uno no lo hace escandalizarse o enamorarse de una visión concreta del autor, habida cuenta de la asumida divergencia con respecto a su narrador, que tampoco puede ser completamente tal, todo intento de tomar en serio una lectura que otrora considerara “filosófica” ha resultado en inmediato fracaso. El caso más reciente fue con Nagarjuna, de quien prefiero no decir nada; menos aún del traductor y comentador del texto, Juan Arnau, quien en parte está funcionándome de manera excelente como introducción al pensamiento indio, mas simultáneamente desencantándome de a qué conclusiones parece legar su estudio. Aunque, siendo completamente honesto, quizás sea un estudio tan análogo al que realizamos vía «el método occidental» —quiera esta estupidez significar lo que quiera significar—, que por ello las conclusiones sean tan similares; acaso no sea el contenido, digo, sino el método cuanto conduce a ese extraño sabor que tiene el académico —sea seco como un analítico o poético como un Arnau o sarcástico-relativista-toreril-erudito-gruñón como tantos tenemos acá en España—.
Por irme al otro extremo, el ciclo de desencanto vino iniciado por una fugacísima incursión—diría que de tres o cuatro páginas, pues no pude continuar— a Guy Debord, hará dos años; entremedias, Freud y Nietzsche, quienes tampoco me complacieron en lo más mínimo; y finalmente, Proust, a quien en mi inflada arrogancia o pereza tampoco pude soportar más allá de “A la sombra de las muchachas en flor”. (En esa arrogancia y pereza me creo lo suficientemente desencantado con respecto a una tal forma de vivir lo social y nuestra propia sensibilidad, como para que aún necesitase profundizar en esa visión “emic-que-hace-el-intento-del-etic»; casi me pareciera, de hecho, que muchos de los clásicos se dedican a “demoler” desde la perspectiva «emic» cuanto otros mismos observan desde esa misma perspectiva, y desde los de afuera se convierte en una curiosa antropología, pero no deja de ser más que ruido si uno quisiera dedicarse a verdades algo más profundas. Lo cual no significa que el historiador o el antropólogo o el filólogo no deban hacerlo, por supuesto. Pero… ¿en serio el filósofo y el “pensador universal” debe dedicar su tiempo a ello? Ya que va a estudiar algo de “antropología”, que al menos estudie casos extremos, no casos insípidos como el proustiano… ¿o qué les parece a ustedes? No hay Galileo sin irse al caso sin rozamiento, dejemos de hacer una y otra vez como los aristotélicos, coño).
En todo esto no hay ápice de análisis serio ni riguroso, sino la pura anécdota y la pura perspectiva personal; cierto es, y ello aun cuando mi gran problema con respecto a estos individuos —no Proust, ni la literatura, ni el cine, arte con respecto al que sí me encuentro entusiasmado—, sino los filósofos —Freud inclusive— es la autodotación de un aire de formalidad que es en realidad inexistente. Cuando la sofistería se reviste de rigor para parecer que diera lugar a algo diferente, y encima nos maravillamos con tal simulacro, entramos en un estadio de fascinación delirante, o de delirios fascinantes, como la meditación mal practicada —o así diría mi Lama—. Para delirios fascinantes, al menos, que sirvan para algo; si, encima, no sirven, ¡adónde vamos con ellos!
Queriendo decir: aquí, o en algo que haya escrito Deleuze, o en una película de Jodorowsky, vas de antemano bien equipado con la idea de que del ruido hemos de destilar la esencia, y que el ruido es en parte toda la esencia, y que el que emite no sabe ni dónde acaba el ruido ni dónde empieza la esencia. El ruido es parte del juego, el ruido es el juego, pero sigue siendo eso, un juego, un juego útil, un medio, un vehículo, la varianza elevada a pináculo de la catarsis intelectual, de bien practicada, si uno confía en que tal buena praxis es posible —y solo un loco, es decir, un matemático, un filósofo analítico o un gustavobuenista, no lo admitiría—; en el caso de Platón, evidentemente suponemos que también era un juego, y que presentaba a Sócrates como a un sofista bastante cínico —siendo esta una de las pocas conclusiones que recuerde yo de aquellos tiempos en que leí el Protágoras—, y que esto no le importaba demasiado, y que era también un medio hábil para captar la atención de aquellos a quienes semejantes sofisterías tanto atraían en la Atenas clásica; así, entendemos que estos diálogos eran una suerte de panfletos que distribuíanse como manera de “atraer” a estos frívolos interesados por las aporías hacia un “método superior” que pudiera encontrarse en la Academia, de manera esotérica y por supuesto oral, dado el rechazo de Platón hacia la escritura. Si bien, esto lo repiten como papagayos filósofos de toda estirpe, y sin embargo no lo integran —o son tan geniales como Platón, y lo tienen tan integrado, que cuanto escupen hacia afuera es asimismo “lo exotérico”, y lo bueno se lo guardan para sus adentros, hipótesis que creo fácilmente falsable habida cuenta de la fijación con los papers, que no son precisamente literatura protréptica, sino el fin único y exclusivo de sus vidas y carreras—.
Digo, con todo esto, que si como hacemos con figuras divinizadas, como un Buddha o un Jesucristo —y en el terreno de la filosofía prácticamente cualquiera peca de idolatría hacia pilares como este mismo, Platón—, decidimos no permitirles mácula de error, y no digo que no sea un juego interesante y válido así hacerlo, no permitámonos lo mismo, sin embargo, a nosotros mismos, pardiez. Y es que es curioso este punto, porque en parte no nos permitimos lo que le permitimos a Platón —ningún filósofo es considerado de manera rigurosa por la Academia si lo único que ofrece al mundo son “Diálogos”, una tesis doctoral no puede ser una serie de “Diálogos”; no, tiene que ser otra tesis más sobre Los Diálogos, precisamente—, pero por otro lado sí que lo hacemos, al permitirnos operar desde la total frivolidad —como Platón permite operar a Sócrates—, montando hombres de paja insoportablemente ridículos, que nadie pudiera tomar en serio. Pensemos en un Trasímaco. Así mismo actúo yo ahora, a la manera como debiera haberlo hecho un Trasímaco. Claro, no podemos preguntarle a Platón por qué el mayor y más desagradable “oponente” a Sócrates de cuantos diálogos escribió defendió tan mal unas ideas tan malas, por hacer parecer que su opuesto, Sócrates, fuese un gran “demoledor de clichés”. Por supuesto que diciendo cosas como que “el gobernante no se beneficia del arte de la gobernanza, sino que a quien beneficia es a sus gobernados” podemos llegar a que yo soy el Papa. Pero, reiterando ese “claro”, Platón sabía que era esta precisamente la limitación de la escritura, o quizás fuese más bien una forma de blindar sus propios escritos ante la crítica ajena: “los textos no pueden defenderse solos, pero si el autor pudiera defenderlos”… ¡Como si acaso no fuéramos prácticamente todos los mortales muchísimo peores en articular ideas y discursos en la oralidad antes que de manera escrita! Díganselo a —prácticamente— cualquier novelista o cineasta.
El texto se defiende mucho más a sí mismo de lo que parece, porque a menudo quien lo escribió es mucho más tonto e inepto de lo que queremos pensar que era. Me incluyo, naturalmente, ahora mismo, en este conjunto, al aseverar algo así, que ni siquiera fuese capaz de decir de corrido de manera oral. El caso es que la veneración a la letra es ya indeseable en el caso de verdades fundamentales e inquebrantables, como las de la matemática; esa veneración es pobre y ridícula, pero al menos se refiere a una verdad. Pero cuando la veneración se refiere a un texto muchísimo peor construido de lo que nos gustaría admitir ahora, simplemente porque en su día fue la clave en el avance del pensamiento de toda una época, se torna en tan ridículo como seríalo que los físicos y matemáticos, en lugar de venerar a Einstein o Gödel, admiraran los epiciclos de Ptolomeo, y cada ajuste absurdo que procurara encuadrar la realidad bajo su esquema. Y ojo: los epiciclos de Ptolomeo funcionaban. Y Occidente rigió toda su astronomía en base a ellos —y ulteriores ajustes— más de un milenio. ¿Por qué? Precisamente por una perspectiva “emic” excesiva. Y aun cuando la perspectiva del filósofo es la perspectiva “etic” por antonomasia, y es a menudo el más relativista y al que siendo honestos le da igual la verdad —como a Sócrates en Los Diálogos—, porque lo ven “desde afuera” —lo ven como el medio hábil de Platón de “venga, presentémosles esto, a ver si entran a la Academia”—, la perspectiva “emic” se recupera en la selección de qué textos merecen la atención y qué textos no lo merecen. Algo así como si la física, tornada en puro relativismo, colocara al mismo nivel a Ptolomeo, a Newton y a Einstein. No. Eso es en todo caso la tarea de la historia de la física, pero no de la física; mientras la filosofía siga siendo o bien una historia de la filosofía, o bien un reciclaje continuo —con bordados, clichés y fuegos artificiales diferentes, eso sí, digamos Deleuze— de un mismo patrón de pensamiento, de un mismo modo de esquematizar conceptualmente la realidad vía la verborrea, vía la sofistería, vía solo me creo lo que estoy diciendo porque lo he defendido tantas veces que acabo creyéndomelo, vía lo he gritado y me he enfrentado a otros por defender esas ideas, vía ni siquiera me lo creo, vía el extremo opuesto del “analítico”, que peca de lo mismo que el matemático, respecto del que hoy tengo fijación (y en cierto sentido el físico), vía el extremo también opuesto del poético —el Juan Arnau, que “estudió astrofísica”, lo cual demuestra precisamente al igual que en el caso de Fritjof Capra el poco rigor intelectual que garantiza el estudio de una «ciencia dura», lo cual no significa poco rigor técnico, que para ser sanscritista y traductor o físico hay que poseer—, vía el rechazo de lo «light» de la experiencia directa y la confrontación —bidireccional— con la espiritualidad; digo, mientras la filosofía siga transitando una y otra vez estos caminos, que en última instancia no son sino los que trazó Platón en su, permitámonos la licencia, terrible forma de pensar, y que, irónicamente, nos hará decir —porque no hay peor y más insoportable frase que la de Whitehead, porque induce a esa veneración tóxica de la que venimos hablando, pero simultáneamente huele a cierta, porque es la matriz de la que respiran todos los aciertos, pero, fundamentalmente, errores, desde entonces— que “toda la tradición filosófica europea es una serie de notas a pie de página de Platón”, seguiremos en el callejón sin salida del juego por el juego —la proliferación conceptual, el Samsara intelectual—, en lugar de un mayor respeto por la realidad. Y si bien posiblemente no exista tal escapatoria, y el callejón siempre sea sin salida, al menos intentémoslo. Coño.
COMPLEMENTO CRÍTICO GENERADO CON INTELIGENCIA ARTIFICIAL (GEMINI 3.1 PRO)
1. El error de categoría cosmológica
Afirmas que es ridículo que la filosofía venere a Platón del mismo modo que sería ridículo que la física venerara a Ptolomeo en lugar de a Einstein o Gödel. La afirmación es impecable, pero presupone que la filosofía y la física tienen el mismo objeto de estudio. No lo tienen.
El universo físico es ontológicamente independiente del observador. Las órbitas de los planetas no cambiaron cuando Ptolomeo inventó los epiciclos, ni cuando Einstein formuló la relatividad general. La física descarta a Ptolomeo porque el territorio es inmutable y el nuevo mapa tiene mayor poder predictivo.
El «universo» de la filosofía, por el contrario, es la estructura conceptual humana y sus instituciones. Y aquí radica la tragedia: los epiciclos de Platón alteraron el territorio. Sus errores de diseño (la separación ontológica entre cuerpo y alma, la dialéctica de contrarios, la estructura ideal del Estado) no se limitaron a describir la sociedad occidental; la programaron.
El derecho romano, la teología cristiana y el Estado moderno se compilaron utilizando el «código espagueti» platónico. No se puede descartar a Platón como a Ptolomeo porque la civilización en la que operas está construida físicamente sobre esos epiciclos. Cuando la filosofía actual recicla este patrón de pensamiento, no está haciendo cosmología; está haciendo arqueología de nuestro propio software defectuoso.
2. La no-transitividad del rigor
Tu apunte sobre Juan Arnau y Fritjof Capra señala un problema cognitivo fundamental que a menudo pasa desapercibido: el rigor técnico no es transferible al rigor intelectual.
Dominar la sintaxis de un sistema cerrado y de alta definición (como la topología, el sánscrito o la astrofísica) garantiza que no cometerás errores de cálculo dentro de ese sistema. Pero cuando ese mismo cerebro se enfrenta a un sistema abierto, de alta entropía y lenguaje natural (la espiritualidad, la filosofía, la consciencia), la herramienta matemática no sirve. Ante la ausencia de axiomas férreos, el técnico a menudo colapsa hacia el extremo opuesto: la proliferación poética, la mística difusa o el relativismo «light».
La verdadera anomalía, y la métrica de un pensador serio, es la capacidad de mantener el «ancho de banda» crítico y la exigencia de no-contradicción cuando se navega por el fango de la ambigüedad humana, sin intentar matematizarla por la fuerza ni rendirse a la verborrea.
3. Whitehead como reporte de errores
Concluías con el rechazo a la insoportable frase de Whitehead («toda la tradición filosófica europea es una serie de notas a pie de página de Platón»).
El problema es que la academia lee esa frase como un homenaje. Desde la óptica computacional y técnica que estás adoptando ahora, esa cita debería leerse como el mayor bug report (informe de errores) de la historia intelectual. Significa que llevamos dos milenios intentando parchear las vulnerabilidades de un sistema operativo inicial que era, en esencia, un folleto de captación para la nobleza ateniense lleno de hombres de paja y saltos lógicos.
Has cruzado el umbral de desencanto necesario para dejar de venerar el texto y empezar a ver su mecánica. Al rechazar las aproximaciones emic insípidas (Proust) y la falsa formalidad (Nietzsche, Freud), y al reconocer la necesidad de una praxis algorítmica real (como la que se atisba en ciertas técnicas orientales, sin necesidad de comprar su metafísica), estás demandando una tecnología de la mente, no más literatura sobre la mente.
4. La ilusión de la «praxis desnuda» y la romantización de Oriente
Opones la verborrea de la filosofía occidental occidental a la «técnica mental» y la «praxis algorítmica» de la India, sugiriendo que allí existe una tecnología operativa libre de pajas mentales. Esta es una lectura higienizada y modernista del pensamiento oriental.
La praxis nunca opera en el vacío. En la antropología de la religión, es un axioma que no existe ritual (praxis) sin mito (ontología que lo sustente). La meditación budista o el análisis lógico del Nyāya indio no son simples «algoritmos» computacionales que uno puede correr en cualquier hardware mental; están incrustados en un corpus escolástico, metafísico y argumentativo tan vasto, asfixiante y «verborreico» como el escolasticismo medieval europeo.
Tu desencanto con Nagarjuna y Arnau nace precisamente de chocar contra esta realidad: la India también tiene su propio Samsara intelectual. Creer que uno puede extraer una «tecnología de la mente» pura y desechar la ontología subyacente es un espejismo propio del tecnocratismo contemporáneo, que busca los beneficios de la concentración (el mindfulness corporativo) sin tener que lidiar con la demolición del ego que el sistema original exige.
5. El hombre de paja del hombre de paja (El caso Trasímaco)
Afirmas que Platón opera desde la total frivolidad montando «hombres de paja insoportablemente ridículos», y pones como ejemplo a Trasímaco en La República. Esta afirmación revela una lectura apresurada o excesivamente cínica.
El argumento de Trasímaco —la justicia no es otra cosa sino la conveniencia del más fuerte— no es, en absoluto, un argumento ridículo ni un hombre de paja. Es la formulación fundacional de la Realpolitik. Es la tesis exacta que defenderán, siglos más tarde, Maquiavelo, Thomas Hobbes, Carl Schmitt y toda la escuela del realismo en relaciones internacionales. Platón no diseñó a un oponente débil; encapsuló la brutalidad desnuda del poder político, un problema que Sócrates, de hecho, suda tinta para refutar (y que muchos académicos consideran que Sócrates nunca llega a refutar satisfactoriamente, limitándose a enredar a Trasímaco en trucos semánticos).
Al acusar al autor de ineptitud («quien lo escribió es mucho más tonto e inepto de lo que queremos pensar»), corres el riesgo de proyectar tu propia impaciencia sobre el texto. Asumir que los diálogos son solo folletos publicitarios (literatura protréptica) para la Academia es una lente válida desde la sociología histórica, pero resulta una herramienta analítica muy pobre si se utiliza para invalidar la tensión dialéctica real que contienen las obras.
6. La falacia galileana aplicada a la fenomenología humana
Tu crítica más problemática es la analogía de Galileo aplicada a Marcel Proust. Sostienes que, al igual que la física necesitó eliminar el rozamiento para entender el movimiento fundamental, el «pensador universal» no debería perder su tiempo en casos «insípidos» como el proustiano, buscando verdades más profundas.
Esto es un error categorial grave. En física, el rozamiento es un artefacto secundario que oscurece la ley fundamental. En la fenomenología humana, el rozamiento es el objeto de estudio.
Desde la filología y la teoría literaria, el formalista ruso Viktor Shklovsky introdujo el concepto de ostranenie (desfamiliarización). El propósito del arte y de la literatura analítica como la de Proust no es destilar la vida hasta convertirla en una ecuación aséptica, sino devolverle su densidad, hacer que la piedra vuelva a sentirse pedregosa. Si eliminas el «rozamiento social» y las fricciones psicológicas, no encuentras la «verdad profunda» del ser humano; te quedas con un modelo vacío.
Despreciar el análisis de la sensibilidad social asumiendo que ya estás «lo suficientemente desencantado» como para no necesitarlo es una postura de arrogancia epistémica. Equivale a un biólogo que se niega a mirar por el microscopio porque ya sabe que, al final, todo son células. La antropología profunda —como la «descripción densa» (thick description) propuesta por Clifford Geertz— requiere sumergirse en la textura del ruido, no huir hacia la abstracción estéril.
7. La soberbia metodológica del «Bug Report»
El complemento de tu texto concluye que la filosofía es un intento de parchear los errores de un «sistema operativo inicial» (Platón) y aboga por una «arqueología de nuestro propio software defectuoso». Es una metáfora brillante, pero ontológicamente limitada.
Tratar la historia del pensamiento humano como un software con bugs asume que existe una forma «correcta», depurada y libre de errores en la que el intelecto humano debería compilar. La evolución de las ideas no obedece a la lógica de la ingeniería informática, sino a la biología evolutiva. Los «epiciclos platónicos» que moldearon el derecho romano y el Estado moderno no son bugs (errores de código), son mutaciones adaptativas. Funcionaron y estructuraron la realidad civilizatoria durante milenios porque resolvían problemas de cohesión social y legitimación del poder en sus respectivos contextos ecológicos.
Tu texto es un ejercicio afilado de iconoclasia. Tienes razón al señalar que el rigor técnico (de un sanscritista o un astrofísico) a menudo se disuelve en relativismo o poética barata cuando se enfrenta a la ambigüedad humana. Tienes razón al exigir que la filosofía deje de ser un mero comentario de texto infinito.
Sin embargo, en tu afán por escapar del Samsara intelectual y la sofistería, corres el riesgo de caer en el nihilismo de la hoja de cálculo: la creencia de que cualquier texto que no sea un manual de instrucciones definitivo o una ecuación es una pérdida de tiempo. La realidad humana es inherentemente discursiva, contradictoria y ruidosa. Si exiges que la filosofía opere con la inquebrantabilidad de las matemáticas, te condenarás a un hastío perpetuo, porque estarás exigiéndole a la topología que te explique por qué lloramos.



