¿Ayudar a quien no lo pide? | En defensa del altruismo, de Matthieu Ricard (2/?)

Introducción

Habitualmente somos muy torpes en eso de intentar ayudar a las personas, o lo que nosotros, desde nuestra perspectiva, consideramos ayudar a otras personas. Y a pesar de que la evidencia en nuestra vida y, como vamos a ver en este vídeo también, la evidencia científica parecen mostrarnos esto una y otra vez, esta torpeza, extrañamente, o quizás no tan extrañamente, no solemos recapacitar lo suficiente en torno a por qué ese intento de ayuda, normalmente, por ejemplo, de una persona cercana, no ha funcionado como esperábamos. Porque si realmente recapacitáramos, la ciencia precisamente nos mostraría lo mal que solemos hacerlo siempre, una y otra vez.

Y los motivos son múltiples. Habrá para quien, de hecho, sea prácticamente imposible tal cosa como ayudar, excepto si la iniciativa parte, sobre todo, de la persona que está siendo ayudada. Posición extrema que, por cierto, vamos a explorar. Pero incluso sin irnos a ese límite, nadie se extrañará por el hecho de que el narcisismo, que muchas veces permea el acto altruista, los motivos de urgencia propia a la hora de querer hacer algo útil en el mundo, contaminen mucho esa supuesta ayuda.

Lo natural es que el altruismo esté “contaminado”

El vídeo previo a este en nuestra serie, cuyos capítulos, por cierto, son en general independientes, a pesar de que, por ejemplo, el de hoy lo vamos a conectar directamente con el próximo. Os invito a verlo por conjunto, pero no hay inconveniente en verlos de forma separada. Lo abrí haciendo énfasis precisamente en algo que es natural que florezca en nosotros y es que cuando no sabemos exactamente qué hacer con nuestra vida, siempre surge esa pequeña luz de decir: “Voy a ayudar a alguien, dentro de las posibilidades que tengo, porque eso siempre va a ser beneficioso”. Entonces, actúa como una suerte de comodín. Y no es necesariamente malo que así sea. Quizás eso haga del mundo algo en general mejor, al menos a nivel de los síntomas en el mundo. Pero en todo caso, hay que constatar la realidad obvia de que nuestro propio ego y nuestro propio egocentrismo contaminan nuestra distorsión con los demás y, por tanto, también la ayuda.

Y no estoy hablando necesariamente de algo extraordinariamente heroico, sino que en momentos de duda, de dubitación, puede ser una escapatoria natural. ¿Qué pasa? Que nuestra forma concreta de ver el mundo hace que naturalmente al otro lo veamos como eso, un otro. Y como otro que es incognoscible, proyectamos sobre su vida y sobre sus circunstancias toda una serie de, valga la redundancia, proyecciones nuestras. De manera que, naturalmente, no nos estamos relacionando realmente con lo que esa otra persona se supone que es —es complicado también hablar en estos términos, pero nos entendemos— sino con nuestra proyección, con nuestro avatar de esa persona. Entonces, ya en primera instancia, cualquier forma de relación humana va a ir mediada normalmente por este salto insoslayable de yo y el otro, con mayúscula si lo queréis, a la canina manera.

Y ahí juegan toda una serie de mecanismos que hacen que, además de que muchas veces cogemos al otro y lo reinterpretamos según nuestros esquemas, lo cual puede hacer que, por ejemplo, algo complicado en sus circunstancias, que tiene una gran complejidad, que requiere de una solución acorde a esa complejidad, nosotros, interpretándola desde nuestra perspectiva simplificada, con nuestro molde de lo que es el otro, simplificamos ese problema. Y muchas veces, cuando uno simplifica un problema, su solución puede ser peor que no hacer nada. Eso por el lado de la solución propuesta. Pero es que por el lado de la necesidad que percibimos, normalmente suele ser más una percepción nuestra de lo que la necesidad del otro es que lo que la persona en concreto realmente necesita o ella misma diría que necesita.

Esto evidentemente es muy claro en el caso de las religiones. Casi uno tiende a decir, cuando está dentro de la forma ideológica —y también creo muy particularmente, quizás, el socialismo y el comunismo—, que cree pensar lo que el pueblo necesita más que lo que el pueblo realmente parece necesitar, independientemente de los problemas de agregar esas necesidades del pueblo. Pero se ve más claro en la religión: que uno, por ejemplo, siendo budista, minimice ciertas necesidades de las otras personas que considera mundanas o frívolas o superficiales, las minimiza para colocar un problema que en su esquema interno tiene más peso, tiene más importancia. Escapar de Samsara, por ejemplo, en el caso del budismo o de la Advaita Vedanta, o lo mismo podríamos decir del cristianismo.

Entonces, ahí eso es un ejemplo concreto de forma muy extrema. O hoy en día también se puede ver de manera bastante clara, quizás en el mundo de la autoayuda, que en realidad más que autoayuda es decirle a los demás muchas veces cómo también tienen que vivir para que tú mismo justifiques tu forma de vivir, porque no estás muy seguro de si así es como tienes que vivir, y que tire la primera piedra el que no peque de esto en su particular ámbito. Independientemente de todos estos subcasos, es una forma normal, muy comprensible de actuar del ser humano en general: mutar la necesidad del otro por mi necesidad, pero proyectarla sobre el otro para, ya que en mí mismo muchas de las veces no estoy consiguiendo solucionarla, ya lo solucioné en el otro vía un proxy de algo que no parece ser el mismo problema, pero en realidad sí lo es.

En cambio, frente a este narcisismo del querer convencerse uno de cuál es la necesidad del otro y cómo remediarla, escuchar atentamente cuáles son esas necesidades, independientemente de que nos parezcan más o menos importantes, requiere una suspensión de ese narcisismo. Entonces, la escucha, como en un vídeo posterior vamos a proponer, es un eje fundamental de disolución de esa mezcla del falso altruismo —que también es altruismo— con narcisismo. Y digo falso porque aquí siempre es complicado: ¿simplemente porque las intenciones son diferentes, automáticamente no valen? ¿O son las intenciones lo que cuentan? La intención es lo que cuenta, pero el infierno está lleno de personas con buenas intenciones. Es muy complicado, y por eso también hay que jugar siempre con qué realmente estamos haciendo fuera: si lo que estamos haciendo, independientemente de la intención, está siendo útil o no está siendo útil.

Pero sea tanto en el caso de la intención como en el caso de si de verdad resulta ser útil o no útil, lo cierto es que hay esta mezcla entre altruismo y nuestra propia necesidad de sentir que somos altruistas, de mostrar a los demás que somos altruistas, todo lo que podríamos encapsular dentro de, generalmente, los motivos egocéntricos del altruismo.

Un falso altruismo que contamina, repito una vez más, tanto la intención como también el resultado, porque si estás distorsionado por tu propio filtro, es complicado. Puede coincidir que sí, ¿vale? Pero es más complicado que lo que hagas sea realmente lo que necesita la otra persona.

Y si os dais cuenta, en todo momento el problema viene de no saber exactamente qué quiere la otra persona, porque aquí nos estamos enfrentando al problema de: si una persona no nos ha pedido de forma extraordinariamente explícita qué necesita y si es posible que nosotros participemos en la ayuda a esa necesidad, cosa que es realmente habitual, que nosotros veamos, creemos ver la necesidad de una persona, pero no nos ha pedido eso explícitamente. Entonces, qué insolentes somos de meternos ahí. Pero a la vez puede decir uno: «Qué insolente es, pero si no lo haces, es la cobardía del que nunca hace nada porque le falta la empatía de ver la necesidad de los demás».

Entonces, como digo, es particularmente en este problema del ayudar cuando no nos han pedido explícitamente algo, cuando se mezcla esa forma nuestra de querer buscar las supuestas necesidades que tiene, las supuestas soluciones, en vez de escuchar, ese egocentrismo con el altruismo genuino.

Entonces, esa mezcla, casi como si fuera… hay una correlación, ¿no? Entonces, casi como si fuera, para los matemáticos, una matriz de covarianzas: si esto fueran fenómenos modelables normalmente, pues al diagonalizar encuentras una forma de hacer que, por un lado, tienes el altruismo puro y, por otro lado, tienes el egoísmo puro, y queremos encontrar cuál es esa expresión, que obviamente es un idealismo, pero vamos a poder acercarnos en un vector hacia ahí. Quizás, espero. Cuál sería el autovector del altruismo, cuál sería el autovector del egoísmo, sin esa mezcla, sin esa correlación.

Pero bueno, como vais a observar, como el vídeo de hoy precisamente va a tratar de explorar hasta qué punto están muy correlacionadas, desgraciadamente, va a ser un vídeo con una carga muy negativa, quizás, igual que en el vídeo anterior. Lo cual no significa que nos vayamos a quedar aquí, porque naturalmente, como ya dije, la intención es mejorar, no solamente saber.

Y tampoco tengo una visión particularmente oscura acerca de esto, porque en última instancia, si tienes una visión oscura, te estás limitando a ti mismo. Siempre se puede hacer algo, pero primero hay que integrar el desengaño. El desengaño no es el fin, pero el desengaño sí es el medio para no actuar de forma naíf, de forma, en fin, impráctica.

Entonces, vamos a situar primero este problema de la correlación entre altruismo y narcisismo en la ayuda a quien no nos lo ha

Fragmento de “En defensa del altruismo”

Todo esto me vino dada la idea por un texto, es un fragmento corto de Matthieu Ricard que inspira dos posibles soluciones, una de corte individual, que es la escucha, lo que llamo escucha, pero que en general es la cercanía a la necesidad del otro. Y en segundo lugar, a nivel colectivo, algo que aproximadamente es el principio de subsidiariedad, que es, por ejemplo, fundamental en la doctrina social de la Iglesia y en otras muchas instituciones, supuestamente en la Unión Europea, supuestamente, pero que a nivel individual también podemos tener en cuenta.

Entonces, voy a leer este fragmento. Está en la página cuarenta y cinco de esta edición, que dice así: «Estar atento y tener muy en cuenta las necesidades del otro. Según el filósofo Alexandre Jollien: “La primera cualidad del amor altruista es escuchar atentamente las necesidades del otro. El altruismo nace de las necesidades del otro y las hace suyas”. Y refiriéndose al sabio indio Swami Prajnanpad, Alexandre añade: El altruismo es un arte de la precisión. No consiste en darlo todo a granel y en desorden, sino en estar cerca del otro y de sus necesidades. Cuando el Swami Prajnanpad afirma que el amor es cálculo, se está refiriendo a un cálculo de precisión que permite adaptarse perfectamente a la realidad y a las necesidades del otro, casi como si estuviera buscando ese autovector. Muy a menudo nos hacemos una idea del bien y se la endilgamos al otro. Decimos: “Eso es tu bien”, e imponemos dicho bien al otro. Pero amar al otro no es amar a un alter ego. Tenemos que dejar que el otro sea otro y despojarnos de todo lo que podamos proyectar sobre él, despojarnos de nosotros mismos para ir al encuentro del otro, escuchándolo con benevolencia.

Y él comenta su caso particular con su relación con su padre, Jean-François Revel, que lo leo: A mi padre, Jean-François Revel, se le cayó el alma a los pies cuando le anuncié que iba a dejar mi carrera científica para irme a vivir al Himalaya, cerca de su maestro espiritual. Pero tuvo la bondad de respetar mi elección y permanecer en silencio. Después de la publicación del libro El monje y el filósofo, explicó que a los veintiséis años Matthew era un adulto y tenía pleno derecho a decidir qué hacer con su vida, naturalmente.

Esto hasta aquí diríamos a nivel personal. Y ahora, en el mundo de la ayuda humanitaria no es, sin embargo, raro que ciertas organizaciones bien intencionadas decidan sobre la manera de hacer el bien en algunas poblaciones sin escuchar verdaderamente los deseos y necesidades reales de los beneficiarios potenciales. La distancia entre los programas de ayuda y las aspiraciones de las poblaciones locales es a veces muy considerable.

Y esto, como digo, va a inducir en el próximo vídeo en la reflexión en torno al principio de subsidiariedad. Pero como digo, hoy vamos a ver esa correlación tan terrible y en el próximo vídeo intentaremos dar una idea de cómo descorrelacionarlas.

Don Quijote y el pasaje de Andrés

Como ejemplo desengañado de cómo muy habitualmente solemos relacionarnos con los otros, y en particular con esto de la ayuda, tenemos como gran maestro a Cervantes, Don Quijote. En concreto, me vino a la mente pensando en esto el pasaje famoso de Andrés, este chaval que tiene a su amo azotándole ahí en un árbol de forma terrorífica. Y pasa por ahí Don Quijote y los ve y quiere hacer justicia. Y entonces se va allí y él, en su ideal, que naturalmente es muy diferente, no tiene en cuenta las consecuencias a largo plazo, sino que prefiere colocar por encima su idea de «yo tengo que ejercer ahora mismo como un caballero andante», a lo Amadís de Gaula, pendiente a las consecuencias a largo plazo, porque yo quiero sentirme como un ser justo que sí, que hace justicia ahora. Pues va allí y para al amo, le dice que deje de pegarle, y en el momento la situación parece calmarse y Don Quijote sale muy contento de allí con su ideal.

Y naturalmente, en cuanto Don Quijote se va, pues el amo lo que hace es pegarle con más fuerza todavía y lo deja prácticamente muerto, hasta el punto de que después, muchos capítulos más tarde, creo que en la segunda parte, se encuentra Andrés con Don Quijote y le dice textualmente: «Por amor de Dios, señor caballero andante, que si otra vez me encontrare, aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi desgracia».

De manera que la justicia poética y el apoyo superficial que le dio Don Quijote en el momento, en lugar de escuchar las necesidades de Andrés, naturalmente tuvieron la consecuencia de que Andrés prefirió que no le ayuden si lo que van a hacer es ayudarle de un puro idealismo. De suerte que si vamos actuando por ahí afuera como este caballero andante que quiere autosatisfacer la visión que tiene de sí mismo con coreografías morales preestablecidas, lo más habitual es que nos den calabazas, los demás digan: «No, no, no, no lo quiero saber nada de tu ayuda».

Nuestras quijotadas según la evidencia

Y esto podemos traerlo a nuestro caso de forma transversal, por ejemplo, con el caso de dar una sugerencia, de sugerir algo que no se nos ha pedido. Oye, deberías hacer esto, deberías hacer lo otro, deberías hacer cuanto, no sé qué. Basado un principio de lo que es una buena vida, de lo que es una vida responsable, de lo que puede ser parecido a lo que para Don Quijote era el ideal de un caballero andante, lo que tiene que hacer el mundo, de cómo tiene que ser el mundo, porque lo leía en las novelas de caballería del siglo XIII o XIV. Nosotros hacemos lo mismo con la idea de eso es la responsabilidad en el trabajo, eso es la responsabilidad en los estudios, eso es el bien, eso es el no dejarse llevar por las adicciones. Sí, dile tú al adicto el consejo, simplemente el consejo de deja tu adicción. No pasa por ahí la ayuda, hay que utilizar un método bastante diferente que ese que es puramente idealista y es en el que siempre caemos una y otra vez.

Y esto tiene su evidencia empírica, como he comentado antes, de que el ser humano parece, los adultos en general, parece que actuamos así prácticamente siempre de forma unánime. Tenemos una tendencia, por ejemplo, a corregir el rumbo de una persona. Esto es lo que llaman el righting reflex, es como el reflejo de enderezar. Tenemos casi una necesidad imperiosa cuando una persona, a pesar de que nuestra vida no esté enderezada, cuando una persona nos está exponiendo algo que no está muy enderezado, decir: «No, no, no, así no, te estás desviando del camino correcto, hazlo así». Darle la solución a su problema, en lugar de lo que muchas veces esa persona quiere, que es simplemente ser escuchada. Imponemos nuestro mapa mental, nuestro esquema, en lugar de empatizar con la otra persona.

Y si esto funcionara, pues fantástico, no habría ningún problema, creo yo. Pero el caso es que normalmente suele generar una reactancia por parte del otro que hace que, en general, nunca, excepto personas con muchísima apertura, lo habitual es que si le sugieres algo a otra persona adulta, quizás diferente, bueno, adolescentes, no sé, pero depende de la edad. Pero a una persona adulta solemos ser tan cerrados de no tenerlo en cuenta, a pesar de que el consejo sea bueno, de manera que suele ser contraproducente. Y esto pues es bastante obvio, todos lo sabemos. Lo que no solemos tener tan en cuenta es el motivo por el cual hacemos esto.

Y aquí también, que se va a hablar mucho en el libro de Matthieu Ricard, de Tania Singer, Instituto Max Planck, que trabajó con Matthieu Ricard, en concreto, cosas muy interesantes que ya comentaremos, observó que nuestro problema a la hora de observar a los demás y empatizar con ellos es que solemos dejarnos arrastrar por la situación negativa. De manera que si vemos la realidad de otra persona que está tomando un rumbo que no nos resulta cómodo, que nos resulta desagradable escucharlo, que nos resulta desagradable tenerlo cerca, aunque no lo tengamos cerca, genera en nosotros una cierta empatía, y la empatía en sujetos no entrenados suele ir asociada a una forma de angustia.

De tal forma que, en lugar de en ese momento actuar cabalmente en base a lo que sabemos, que, por ejemplo, puede ser no responder de forma automática con el righting reflex, con el reflejo de enderezar. Eso lo podemos tener en la teoría, pero como en el momento nos dejamos llevar por la emocionalidad, por la angustia empática, que denomina Tania Singer, para anestesiar nuestro propio cerebro, nuestra propia angustia interna, hacemos algo que es desesperado. Y lo más desesperado y fácil, porque es fácil, cuando estamos desesperados hacemos lo primero que nos viene a la mente, es soltar palabras. Pa, pa, pa, pa, pa. Tienes que hacer esto, tienes que hacer lo otro, tienes que…

Y todo esto asumiendo que el sujeto es empático. Quiero decir, que no es que actuemos así en general porque nos olvidemos del otro, sino porque nos relacionamos de forma empática con el otro de un modo tóxico, en el sentido de que, en lugar de usar una distancia crítica, que por supuesto siempre tiene el obrar sabio, si es que tal cosa puede decirse así, pero parece necesitar una cierta distancia crítica para operar haciendo un cálculo, como decía Swami Prajnanpad, o como se llame, esa distancia para poder actuar de forma más cercana al otro. Porque si uno mismo está arrebatado por su propio malestar emocional al escuchar sus circunstancias y vivencias, no está lo suficientemente disponible y receptivo para encima tener que resolver el problema real. No, prefiere resolver el problema momentáneo. Y para resolver el problema momentáneo, lo que hace es soltar cuatro disparates acerca de lo que el otro debería hacer o dejar de hacer, para así contentarse, confundiendo de nuevo, como digo, el mapa de nuestra mente con la solución realmente.

Lo cual no significa, el hecho de reducir esta angustia empática, que rebusquemos la empatía, sino que, de nuevo, es una forma diferente de relacionarnos con esa empatía. Porque a menudo, por ejemplo, este distanciamiento permite que podamos escuchar más, que no tengamos que generar esa reacción. Y como he comentado antes, estos estudios de Bo Feng, los tengo aquí anotados, pondré algún enlace en la descripción, dicen algo que también resulta muy obvio, y es que la mayor parte de las veces el adulto, el adulto y cualquiera.

Pero bueno, por decir que son personas maduras, responsables y demás, que no estamos hablando de niños chicos. Cuando expone un problema a alguien, lo único que quiere es que se le escuche y poco más. Entonces, se genera esta disonancia perpetua de que no somos capaces a la hora de escuchar el problema del otro, de no responder, porque tenemos angustia empática. Entonces, no podemos generar el distanciamiento suficiente para escuchar. Entonces, no somos útiles a la otra persona porque no estamos escuchándole lo suficiente. Y si acaso ocurriera lo contrario, lo habitual es que sea por una reacción emocional diferente.

De manera que, por ejemplo, como dije antes, si uno está escuchando al otro en silencio, sin comentar nada, muchas veces es porque en su mente desprecia en cierto sentido el problema del otro. De manera que tenemos, o bien que nos importa mucho el problema del otro y solemos reaccionar a lo loco, o bien nos importa, pero consideramos, nos genera cierta indiferencia en el sentido de que no lo creemos un problema relevante. Entonces, sí, ahí escuchamos, pero la otra persona también se está dando cuenta de que no estamos escuchando con la intención de ayudar, sino con la intención de ser una pared.

Entonces, en los dos casos, el budismo siempre define que la forma de reacción no es solamente actuar agresivamente con respecto a algo, sino que también puede estar en el vector de la indiferencia, de la ignorancia, que es el 99,9% de las cosas que nos ocurren, pues no solemos tenerlas en cuenta, sino que directamente las despreciamos. Y eso también es una forma de reacción emocional también. Es diferente una reacción, que no sería reacción sino respuesta a esa necesidad, que escuche genuinamente y que en el foro interno vea si podría caer en suelo fértil una cierta ayuda o si no. Y si no, pues lo mejor es quedarse en el estadio de la escucha y mostrárselo a la otra persona y ya está.

Y como es lógico, estos tres principios que acabo de comentar se pueden aplicar a este mismo vídeo, por ejemplo. Entonces, yo puedo tener mucho interés en querer ayudar y en querer ser altruista, pero naturalmente está contaminado por este tipo de tendencias, está viciado por este tipo de tendencias. Entonces, yo estoy emprendiendo una labor quijotesca de querer simplificar problemas realmente específicos, necesidades realmente concretas de las personas, en un esquema general que en mi mente quepa y que sea transferible, casi como si los problemas pudieran resolverse de esta suerte. Entonces, mi propio Amadís, Amadís de Gaula, aquí, sería el hecho de creer que por dar el consejo de escuchar de forma empática a las personas y no reaccionar de forma automática a eso, les estoy haciendo un gran favor.

Nadie me lo ha pedido, en primer lugar, aunque ustedes están escuchando esto, de manera que es ligeramente diferente de otros casos. Y además, lo normal es que yo esté actuando así por mi propia angustia empática de observar en mí mismo y afuera, por ejemplo, estas tendencias que generan mucho sufrimiento de la incapacidad de la mayor parte de personas que tenemos para enfrentarnos a ayudar a las otras personas. Entonces, dada esa angustia empática que me genera el propio hecho de que haya angustia empática, pues intento, diciendo que hay que evitar la angustia empática, solucionar el problema.

Bueno, esto es que se muerde la cola, sino más bien un discurso autorreferencial, como en general lo es casi, casi todo discurso interesante. Pero bueno, ¿qué se le va a hacer? Yo sigo pensando que los consejos pueden llegar a ser útiles si uno los hace, si los encarna de manera adecuada. Pero hay quien piensa que no. Y ahora vamos a meternos también en eso. Hay quien piensa que en general hay que tener un cuidado extremo y llevarlo al límite con respecto a esto de ayudar dando consejos y demás, y en general intentar meternos en la vida de una persona que no nos lo ha pedido de forma muy explícita.

¿La ayuda es “imposible” si no parte del “ayudado”?

Y aquí, pues tenemos a varios campeones, como les llama Mathieu Ricard, en un capítulo posterior. Y entre estos campeones de no querer ayudar a la persona o de sentir que no es útil o no es posible ayudar a las personas que no nos lo han pedido, pues tenemos, por ejemplo, en general, con matices, al psicoanálisis y a Freud.

Entonces, Freud, llevando más al límite aún la idea de que el narcisismo está correlacionado con el altruismo, postulando naturalmente el impulso de muerte y demás, pues ve que realmente en forma muy habitual y general, la otra persona se va a convertir en un basurero de nuestro propio impulso de muerte, de Tánatos, ejerciendo la violencia. Él dice que el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo, asesinarlo.

Y por supuesto, podemos incluir que ciertas ayudas generan una dependencia que pueden dar lugar a este tipo de cosas, como por ejemplo ocurre en muchas sectas, muchas sectas religiosas. Supuestamente te están ayudando a nivel psicológico y a nivel espiritual y aprovechan para hacer todo esto.

Entonces, habida cuenta esta realidad, que haría que fuera imposible el trato humano en una sociedad tan amplia como la nuestra, pues nace la cultura y en ese nacimiento de la cultura se ve inscrito el nacimiento del superyó. Y en ese superyó, una de las consecuencias, uno de los corolarios, puede ser ese sentimiento, esa necesidad de ser un salvador propia de Don Quijote, ese altruismo patológico, esa necesidad de mostrarse bondadoso, que en realidad no ha hecho sino mutar esa necesidad de destruir al otro, interviniendo de una forma socialmente aceptada sobre su vida, de una forma que socialmente a menudo se pueda ver como ayuda, pero que a menudo lo que haga simplemente sea, ya digo, mutar unas mismas tendencias con dinámicas que puedan resultar muy tóxicas, haciendo que en la sociedad esas redes entre personas sean posibles sin que todo explote.

Entonces, en última instancia, estamos interviniendo en la vida del otro de forma masiva, casi como si quisiéramos ejercer un dominio total sobre esa persona. Pero lo metamorfoseamos de esta forma para que en la cultura quepa como esquema de relación. Un pacto neurótico entre el amo y el esclavo y a la vez el esclavo a veces es amo del esclavo.

Y ahí hay una cosa, esto de la parte, digamos, del ayudante, del que ayuda. Entonces, sus propias neurosis han metamorfoseado. Pero también de la parte del ayudado, en cierto sentido, parece que la ayuda no es posible. La otra persona tiene que llegar a sus propias conclusiones, a sus propias asociaciones internas para ir resquebrajando ciertos aspectos de sus propias neurosis y psicosis.

Pero tú desde fuera, creyéndote en la posibilidad de ayudar, de intervenir, por ejemplo, como psicoanalista, en eso, quizás a la hora de forzarle, para que un alcohólico, por ejemplo, beba menos o lo que sea, que son como soluciones obvias, que hoy en día, pues alguien que no sea psicoanalista, pues lo tendría en cuenta hacerlo de una cierta forma, pero el psicoanalista dice: «No, ahí simplemente no has llegado a ninguna conclusión profunda sobre ti mismo y simplemente eso va a mutar y tu pulsión se va a tornar en otra cosa diferente, que va a ser igualmente disfuncional, porque la raíz, el trauma, pues no ha sido resuelto». Y muchas veces esto se puede volver en contra del propio que ha ayudado a esa mutación del trauma hacia otra cosa.

En fin, tampoco vamos a pararnos mucho más en esto, pero es curioso, porque por un lado el psicoanálisis, Freud, ven al sujeto como una persona con bastante poca agencia en su vida, realmente, debido a todo el inconsciente, pero a la vez considera que el único que dentro de lo que hay puede poner algo de orden en su psique es uno mismo. De manera que si hay agencia, la poca agencia que hay la tiene la persona en sí, no tú desde fuera como terapeuta.

Y aunque la persona se esté dirigiendo al abismo y esté completamente loca y demás, tú como terapeuta no vas a decirle: «O tienes que hacer esto en tu matrimonio, o tienes que hacer esto con respecto al alcohol», lo que sea, sino que tú lo dejas ahí que haga sus asociaciones y que se libere de sus cosas, porque en última instancia, tu agencia sobre él, si ya es poca la suya, es nula. Solo puedes ser un proxy para su propio despertar, que no es una palabra adecuada aquí, pero bueno, despertar. Quizás sí sea adecuada, pero no la he visto usada, la verdad.

Y esto también puede tener un punto interesante y es: no le robes en ningún sentido la agencia a la otra persona. La otra persona tiene que ser consciente de que la agencia proviene única y exclusivamente de sí mismo. Que no hagas que se sienta intervenido, porque así puede construir un relato heroico, prácticamente épico, de su propia vida para salir de abajo, que es lo que hace que pueda hacer que esa crisis no se repita.

Y, por tanto, el rol de la persona que ayuda prácticamente debería ser dejar que las cosas funcionen para que la propia persona pueda proyectar su película en la cual él sea el protagonista y no tú desde fuera interviniendo.

Por ejemplo, también antes de que la persona caiga, si una persona tiene que caer para levantarse fuerte y que no se caiga de forma más potente aún en el futuro y sea una caída irreversible, pues siempre el énfasis debe estar puesto en la otra persona. Esto, por ejemplo, podría ser un enfoque quizás asociado a Jodorowsky, la psicomagia y demás, independientemente del interés y el valor que tenga. El caso es que tú le ayudas catalizando de forma muy potente, muy agresiva, con un acto virulento que le haga un shock de identidad. Todo esto en la teoría, que quizás funcione, no sé. Que haga que su identidad se agite y que, como reverberación de ese shock, y no como un anestesista que viene desde fuera interviniendo. No, sino como: ¡buaf! Te pongo con lo peor que puedas. Si tienes miedo a la muerte, te meten en un ataúd con un montón de animales muertos encima, una cosa terrible, pero a lo mejor te hace clic por ti mismo y desde entonces se induce un cortocircuito que pueda llevar a una iluminación interna de una bombilla ahí, algo que faltaba. Porque si simplemente uno se pone desde fuera a… Esto en la teoría, otra cosa es que funcione, pero asumiendo que pudiera funcionar: tú desde fuera, dándole consejos muy racionales a una persona que está objetivamente muy mal.

Por ejemplo, estamos aquí hablando a nivel verbal, por el tema de la terapia, que suele ser muy verbal, como su caso de ayuda, pero creo que es aplicable a muchos terrenos en la vida, porque muchas veces la ayuda es, si es un entorno cercano, pues es hablar. Y hablar en términos racionales para intentar convencer a una persona de algo cuando esa persona está en un pozo o en algún lugar extraño y oscuro para ti, pues no puedes hacer eso. La agencia tiene que partir de esa persona y tú, ese terreno, puedes hacer que sea fértil, por ejemplo, desde la perspectiva del psicoanálisis, haciendo esa asociación libre con los sueños y demás, o con la psicomagia, pues con este tipo de eventos terribles, pero siendo consciente en todo momento de que la otra persona es la que tiene que ir a la consulta de psicoanálisis y pagarte tus doscientos euros la hora para sentarse en el diván, o que tiene que humillarse ante ti, señor Jodorowsky, por ejemplo, tiene que humillarse ante ti haciendo uno de esos rituales, pedírtelo explícitamente, y tiene que ser la persona la que parta de la iniciativa, en todo momento.

Entonces, sería como una visión de que si no hay predisposición del otro, no hay nada que hacer. La predisposición del otro es condición sine qua non y tú lo que puedes es plantar una semilla. Y creo que eso, a pesar de que está llevado a un límite, desde mi modesta opinión, poco práctico, sí tiene algo de interesante, de cierto, que podemos rescatar. Y es básicamente que aun cuando la otra persona no nos esté pidiendo la ayuda, si acaso es útil aun así ayudar, y no lo es de cualquier forma, pero si lo fuera, habitualmente va a ser por el hecho de engendrar el terreno adecuado posible dentro de lo que a uno le es factible. Digo, engendrar ese terreno fértil para que la propia persona sea la que tome el rumbo de su vida y que no lo perciba tanto como una ayuda.

Y esto es precisamente de lo que vamos a hablar en el próximo vídeo, tanto de forma particular, que pasará por la escucha, como a nivel colectivo, que pasará por el principio de subsidiariedad. De manera que os emplazo a ese próximo vídeo. Espero que os haya resultado interesante y útil en la pequeña medida en que puede serlo. Y ya os digo, nos vemos en ese próximo vídeo. Hasta luego.

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