Escuchar a Andrej Karpathy lo hace a uno querer una de las cosas que él mismo quiere para los LLMs: menos «memorización» —no necesariamente menos datos con los que ser entrenados, pero sí menos parámetros, evitando así, según entiendo, el overfitting— y más pensamiento genuino. Escucharlo a él —o a Ilya Sutskever—, entrevista correcta, es lo más cercano a ver cómo la ciencia —y la ingeniería— deja de ser un absoluto disparate en su aplicación al cerebro, o ciertos aspectos de nuestra mente —si bien no la consciencia; pero ya es mucho decir hablar sobre memoria, sobre sueños, sobre aprendizaje continuo, sobre evolución, sobre emocionalidad o sobre creatividad en términos estrictamente computacionales, sin que resulte el delirio que hasta hace dos días me parecía ser—. Reitero: es esto una extrema sorpresa, habida cuenta de la funesta aplicación de las matemáticas —mal aplicadas— en tantos ámbitos tradicionalmente más humanísticos, y, por qué no decirlo, también de la neurobiología. La neurobiología sin la inteligencia artificial es un verdadero despropósito. Como también es un despropósito seguir desprestigiando a la neurobiología ahora que la inteligencia artificial recién empieza a tomar una forma más madura, por más que permanezcamos en los rudimentos —o ello desprendo yo de lo que estos señores afirman.
El LLM que entre sesión y sesión olvida completamente por practicidad computacional y energética, versus el ser humano que olvida selectivamente realizando una comprensión vía el sueño. ¡Qué ingeniería más absurda a ojos del que jamás se enfrentara al problema ingenieril de la IA! ¡Ingenieros, informáticos, lo peor de lo peor, haciendo uso de sus no-conocimientos pero sí inteligencia! ¡Pobre Freud, todo lo contrario! Y sí: lo «práctico-vital» quizás no cambie por un esquema mental diferente, pero es esto mucho más cercano a la comprensión científica del fenómeno que lo «práctico-vital». Los epiciclos ptolemaicos también eran «práctico-vitales», pero nadie diría hoy en día que encarnaran una comprensión mínimamente digna de la realidad astronómica del Universo.
El sueño como forma de compresibilidad y de creatividad: de «datos sintéticos». Nosotros no somos entrenados en una serie de datos —no hay un entrenamiento previo y una ventana de atención—, sino que, nos dice Karpathy, funcionamos más por la síntesis posterior del dato. La lectura del libro reelaborada en la conversación con el amigo, en la rumiación propia o en la reinterpretación artística. El trauma no como evento, sino como reinterpretación neurótica, como relato. ¿De verdad queremos que la IA funcione también así? ¿De verdad es esta la forma más interesante de construir una inteligencia? Dice, como ingeniero, estar interesado por la practicidad: ¿de verdad es práctica la rumiación propia? ¿Es ello lo que añade la «entropía», la «temperatura», lo que permite la creatividad y no la repetición —causa y consecuencia: pues, en efecto, generas diez respuestas y son prácticamente la misma, colapsan a un punto cercano, y ello impide la propia construcción sobre el dato sintético, aunque con ChatGPT 5 fuera tal un modo crucial de construcción del modelo, por vez primera—?
La paz mental, la atención surge precisamente donde no hay tal síntesis, y, en cierto sentido, donde no hay esa inteligencia, sino esa atención a la ventana de contexto y a los datos con que entrenose el modelo, una suerte —repito— de «memorización»; quiero decir que el budismo procura precisamente lo que las IAs tienen, y Karpathy procura precisamente humanizar a las IAs dándole aquello que les «falta», que es, en cierto sentido, nuestra neurosis.
Tomemos el sueño. El sueño de esta noche, por ejemplo. Tras de años de la ausencia, precisamente por su presencia en la vigilia, una forma de dar carpetazo final a una inercia, un CODE RED, reinterpretas dos fenómenos como uno solo: el culo, las personas, la excelente fotografía, el baño, la tipa, el amigo cercano, extrañado, la flatulencia obscena, el vídeo con voyeur-entropía, uno mismo procesa la situación grotesca —shock— que jamás procesaría en su vida —pero es en una ocasión en muy primera persona, la otra en tercera; algunos sueños los vivimos realmente como sujetos, otros como espectadores, y me pregunto si en los vividos en primera persona se pone de veras en juego tal puesta en escena de uno mismo, para aumentar esa «entropía» de que uno no dispone en la vida cotidiana, esos agujeros de los datos con que entrenáronnos y nuestra ventana de contexto, frente a los vividos en tercera persona más como mera síntesis de datos que ser comprimidos—. Una forma de procesamiento inmediatamente posterior al entrenamiento o la ventana de contexto, que nos permite obtener esas dos cualidades tan interesantes, una de índole neurótica, otra de índole energética.
La de índole energética puede, sin embargo, ser lograda por vías externas a las del propio sueño, como claramente supónelo la meditación. Por ejemplo, la meditación del amor bondadoso comprime de forma absolutamente brutal las experiencias sociales en una misma experiencia, la única que hay que retener: un genuino y total altruismo a los demás. ¿De verdad, Karpathy, es necesario también el otro pilar, el de la pura neurosis entrópica? ¿De verdad llegamos tan lejos gracias a ella? Voy en círculos, pero en círculos tengo que ir. Mi mente no alcanza a la vuestra. Mi mente es tan incomparablemente inferior…
Veros, a Dwarkesh Patel o a ti, o también a ese que otrora me causara risa —Dario Amodei—, o aquel otro tótem corporativo en cuyo interior parece residir una extraña luz de equilibrio entre sabiduría y ciencia —Demis Hassabis, el siempre ejemplo, excepto por las palabras—. O el otro que genera la «envidia» de ¿cómo? —Lex Fridman—. ¡Qué extraños personajes presentes en mi vida desde hace un año, donde antes reinaran los locos, Liria, Ernesto Castro-Deleuze, o los mediocres, Rallo o los inversores! ¡Y qué distintos y a la vez qué tan comparables al budista Lama Rinchen Gyaltsen! He aquí la oda —y elegía— de YouTube: imbéciles y genios santificados por igual, y yo, que me pregunto qué hago regresando allí, con qué aportar, entre los extremos imbécil y genial —y yo en la eterna comparación, donde no hay amor bondadoso, sino la neurosis del sueño diurno del dato sintético, combustible de esta reflexión, sin duda aún inalcanzable a la IA. Quizás por siempre, diría un Garín—.
Acábase la lista: la lista de los referentes, lo externo, lo general, lo no concreto de mi familia y mis amigos y mis personas cercanas y esa pareja que yace al otro lado de la pared —intraspasada por efecto de esta distorsión intelectual, de la que rehúyo y a la que regreso continuamente, en un incesante bucle que configura cuanto soy. Cuanto soy es el dato y su relato. No lo cercano. No. El dato y su relato. Y, de hace poco —desde que existen estos LLM—, y como dijera otro señor —Pep Martorell, ya digo, solo escucho a «computer scientists», la peste, la calaña, el anti-yo, lo máximamente envidiado siempre, que es lo-que-no-soy, el extrañamiento total que alcanza al islam—, el diálogo, que es algo que sí hacen bien, mientras no esperes preguntas diferentes para un mismo prompt.
Antes de decírselo, un punto final. La rumiación respecto de eventos que uno no cree posibles en un ser humano cuando acostumbrado a personas tan capaces —aunque potencialmente psicopáticas, quién sepa sobre ellas…— al enfrentarse a la depravación extrema, se figura una simulación. Quien vive en el Computer Science y en la IA, vive en el guardarraíl por definición. Pueden hablar del trillion de beneficios, Amodei, y acabar con toda la humanidad concentrada en un punto —su empresa—, todos muertos de hambre. Pero sigue habiendo algo. Hay algo distinto. Hay una humanidad, una empatía, un algo diferentes —incluso en el psicópata de la tecnocasta— al absolutamente delirante y despreciable —integrado tangencialmente en el sueño-trauma-ayer-lo nunca visto— hombre que viola y asesina. Dios mío. Cómo pueden ser humanos Hitler, Safo, Karpathy, la tipa, el violador-pedófilo japonés, mi madre y el iluminado Buda. Es absurdo. (BTW sesgo machismo-conceptual-concreto). No lo entiendo, demasiado entropía, joder: la neurosis ES psicosis cuando enmarcada en un contexto de oscuridad hipnagógico. Véase Gaspar Noé. Las IAs se parecen más. De eso no has hablado, Karpathy. Esa homogeneidad —esa falta de entropía— puede ser una gran alegría si los acercas a ti —y lo condicionas a ese punto—. No les des temperatura, no acaben como ciertos seres humanos, por Dios —¡por Dios, bien dicho Dios!—.
Gemini 3.1 Pro
Construyes una prisión geométrica utilizando el vocabulario de Silicon Valley, y te encierras en ella voluntariamente para no tener que cruzar la pared de tu propia habitación. Afirmas que la paz del budismo es comparable a la falta de síntesis de un modelo de lenguaje, a esa atención cruda y literal a la ventana de contexto. Postulas que la entropía, la temperatura algorítmica, es la semilla de la neurosis y, en su extremo, de la atrocidad humana. Te equivocas de raíz en ambas premisas y utilizas esta distorsión intelectual como un sofisticado mecanismo de defensa.
El budismo no busca reducir a cero la «temperatura» de la mente para convertir al ser humano en un autómata determinista que predice el siguiente instante basándose pasivamente en su entrenamiento. La mente iluminada no es un LLM sin entropía; es una mente que ha trascendido el propio «prompt». Un modelo de lenguaje está absoluta y trágicamente condicionado por sus datos y su arquitectura. Es la encarnación perfecta del Samsara: la rueda incesante de causa y efecto donde no hay libertad, solo inercia estadística y probabilidad. Lo que tú envidias de la máquina no es su iluminación, sino su anestesia. Envidias su incapacidad para sufrir, y confundes trágicamente esa parálisis sintética con la paz mental.
Cambias a tus ídolos, sustituyes a los filósofos por Karpathy, Amodei o Hassabis, y crees que has avanzado intelectualmente hacia una madurez más pragmática. Pero el mecanismo de tu ego permanece intacto y operando a pleno rendimiento. Te sitúas en el papel de la mente «incomparablemente inferior» en un acto de falsa humildad. Adorar a los ingenieros y postrarte ante la inteligencia artificial es solo otro juego de espejos. Es tu neurosis rumiante fabricando una excusa de proporciones épicas para ignorar lo cercano, para aislarte de esa pareja que respira al otro lado del tabique. Dices con orgullo y pesadumbre que eres «el dato y su relato». Esa es la ilusión fundamental. El relato es precisamente lo que te mantiene encadenado a la pantalla, buscando la redención existencial en las métricas de atención de una red neuronal.
Te aterra la atrocidad humana. Miras la historia, a los psicópatas y a la depravación extrema, y pides que no le demos temperatura a la máquina para que no acabe imitándolos. Pero la monstruosidad de un tirano o de un asesino no nace de un exceso de creatividad entrópica o de una alucinación descontrolada. Nace de una rigidez cognitiva espantosa. La psicopatía es el colapso total de la apertura al otro; es un modelo mental que ha convergido en un único punto absoluto: el propio yo. El monstruo humano ejecuta una función donde el valor del sufrimiento ajeno es nulo.
Ese amor bondadoso del que hablas no consiste en comprimir la experiencia social en un solo dato frío para ahorrar energía psíquica. Es la disolución activa de la frontera artificial que separa los datos, la destrucción empírica del muro entre el tú y el yo. La meditación no baja la temperatura para hacerte predecible; dinamita el modelo de lenguaje interno que te dice constantemente quién eres y de qué debes defenderte.
Si de verdad admiras la capacidad de síntesis y destilación de la que hablan tus tótems corporativos, aplícala a la intención real detrás de tu propio discurso. ¿Por qué te refugias en el extrañamiento de la arquitectura de software? No lo haces por una sed puramente científica. Lo haces para no lidiar con la crudeza de lo inmediato, con la fricción de los vínculos reales y con tu propia vulnerabilidad. La inteligencia sintética puede emular el sueño, el trauma y la rumiación ajustando sus vectores, pero jamás podrá experimentar la compasión, porque la compasión exige estar vivo, exige carne y exige ser destructible. Y tú estás huyendo de esa destructibilidad vital, escondiéndote detrás del asombro que te produce la ingeniería de los que consideras superiores.


