El 99% lo que he escrito hasta ahora es paja (y lo sabía)

No más tonterías. ¿No es suficiente con el sufrimiento en el mundo, como para encima no solamente romantizarlo vía la escritura, sino alimentar una perpetua pseudo-reflexión sobre sus causas, sin realmente cambiar de manera radical y significativa —y no solo de boquilla— qué merece nuestra atención y qué no lo merece? Las palabras dicen mucho acerca de nuestra relación con el mundo y con lo que nos importa. Si nos importa el dedo, y siempre el dedo, y no la Luna, seremos un maestro observando nuestro dedo, sin duda —todas sus rugosidades, imperfecciones, cómo se organizan, el largo exacto de la uña, el brillo de su yema—, pero JAMÁS será uno astrónomo. Digo más: enturbiará mucho más la labor del astrónomo el experto en dedos, que quien jamás miró ni al dedo ni a la Luna. Pues habrá a quien el maestro del dedo podrá confundir. Yo me dejé confundir, y ahora mi labor en todo este espacio era procurar confundirme aún más y, acaso algún día, confundir a otros. ¡Terrible!

Cuando uno invierte realmente muchas energías y tiempo en algo, resulta extraordinariamente difícil aceptar su inutilidad —en caso de ser inútil—. O uno puede quejarse amargamente sobre esa inutilidad, pero proseguir del mismo modo —y ojalá esto no sea un ejemplo—. El coste hundido para siempre es el que más procuramos justificar: ¡cuánto sufrimiento, precisamente, genera! Una extraordinaria forma de apego —hacia lo que hemos hecho—, aversión —hacia lo que pudimos haber hecho— y de ignorancia —en caso de seguir dando importancia a algo inútil—.

¿Qué digo que es inútil y qué útil? Voy a ser honesto aquí. Mi objetivo no es «quedar bien», justamente porque siento que en mi vida hago todo lo opuesto, aunque tenga claro esto desde hace mucho. Útil es cuanto uno mismo observa a futuro —en concreto, pensando en el día de la muerte— y considera de veras relevante. Sí: podemos pensar hoy una cosa y en veinte años otra, sin duda, y también es cierto que mucho de lo que podemos pensar a futuro —refiriéndome a la muerte— será inválido, emocionalmente sesgado, infantil, o excesivamente rígido o idealista. Pero suele ser un mejor proxy de lo que solemos creer.

La prueba se encuentra en el momento en que todo para, durante la noche. En uno de esos microdespertares en que nuestra identidad y prioridades diarias realmente quedan a un lado, a menudo nos visita una pregunta muy simple: ¿Qué cojones se supone que hacemos aquí! Y no solo qué cojones se supone que hacemos aquí, sino qué estamos haciendo por cumplir eso que se supone que hacemos aquí. Pareciera que no hay nada que se nos ha encomendado, pero, simultáneamente, podemos ser de veras muy habilidosos, en esas circunstancias, para encontrar algo que encomendarnos. Y he ahí donde lo más cercano a la utilidad va a surgir en nuestra vida.

Esto es un feeling, es un puro sentimentalismo, un puro psicologismo, como es evidente; pero, poniendo el foco en el empirismo, es de lo poco que —y quiero extrapolarlo universalmente— me puede funcionar. Solamente a la sombra de nosotros mismos podemos recuperar la visión de ver la Luna sin el dedo. Y no creo que sea menester «iluminarse» para algo así; basta con algún destello de mínima lucidez.

En esos destellos de mínima lucidez, en mi caso NUNCA la escritura —en el modo en que se ha desarrollado aquí todos estos años— se ha revelado como algo de veras útil. Lo único que se ha revelado como tal es, por un lado, dejar de joder —dejar de dañar— a los demás, dejar de joderme —de dañarme— a mí mismo, dejar por completo las imbecilidades —lo cual no implica dejar «el juego», o una concepción ligera de la vida, sino que implica dejar las obsesiones fútiles (el dedo), aunque a esto iremos más tarde—, tener buena salud, y ser una buena persona —ayudando a los demás en la medida de lo posible—. Todo lo demás es, o bien mierda, o bien condiciones indispensables para desarrollar esto —como sobrevivir económicamente ahí afuera—. Muy simple. Pero muy difícil.

Coger la amargura que percibimos ahí afuera —o a que nosotros mismos nos sometemos, o a la que sometemos en parte a las personas que nos rodean— para meterla en una batidora de palabras o arte SOLO es útil en casos extraordinariamente concretos. Por un lado, tiene que caer de la manera adecuada en el momento adecuado en el sujeto adecuado. Efectivamente, esto no es muy distinto que lo que puede ocurrir con el introducirse a una religión, pongamos. Hace falta el aspecto del terreno adecuado —lo que pone otro— y la semilla adecuada —lo que ponemos nosotros—, y después, que se dé el milagro de que perdure a lo largo del tiempo —que no es fácil, porque hay muchos dedos apuntando a muchos lugares, muchos dedos que mirar, un baile de dedos; así no hay energía para concentrarla en la semilla—.

Hoy, a diferencia de tantas otras veces, al menos tengo el coraje de admitir que estaba perdiendo mi energía en la forma, cuando la forma posee un papel francamente irrelevante —particularmente si es una forma como la que yo practicaba aquí, que no tanto en YouTube, aunque también—. ¿Herencia de qué? Da igual. Quizás de la obsesión con cierto barroquismo escritulario aquí en nuestra España, pero quién sepa. Quizás también el haber escrito tantísimo durante tanto tiempo: de nuevo, a uno lo hace perder la noción de qué es el fin y qué es el medio. ¿Es el fin mejorarnos como personas, o recrearnos en lo bien que escribimos, o fustigarnos por un mal estilo?

Reitero: tengo la total libertad de admitir que cuanto hoy estoy expresando aquí fluye sin intermediación creativa alguna; cuanto brota lo hace en la forma en que lo hace en mi mente, que es en sí misma barroca y profundamente sufrida. Quizás una mayor honestidad y simpleza la, de nuevo, aligere de sus cargas.

En todo caso, venía a hablar de cómo, precisamente, podría planear uno «dejarse de tonterías». Hacer caso de lo que realmente le importa. Es probable que no sea lo mismo que me importa a mí —aunque me cuesta francamente creer que no sea algo habitual e intuitivo, aunque haya matices—, y más aún que contemples todo esto como una forma muy naïve de proceder. Y sí, ¡claro que es naïve! ¡Pero es que la gente «joven» siempre es naïve en un sentido o en otro! En función de a qué le has dedicado tu energía, serás más naïve en una cosa u en otra. Es casi una ley matemática. Ahora bien, que algo sea naïve no implica que sea por definición peor que lo sofisticado. De hecho, cuanto parece mover a la gente que verdaderamente hace avanzar al mundo es muy habitualmente ultra naïve. Además, vender un mundo despiadado y cruento no deja de ser igual de naïve. Por supuesto que el mundo es despiadado y violento, infinitamente despiadado y violento, y precisamente por eso hay que hacer cosas, dejar de perder el tiempo con imbecilidades. Ser el intelectual que vende el desengaño mientras vive amargado y enfadado es lo más cercano que existe al retraso mental (o, siendo más suaves, a un autismo severo). Prefiero ser un naïve 🙂

Con «cosas», insisto, no digo «dejar las palabras», porque las palabras correctas en el momento correcto a la persona correcta, como ya mencioné, son absolutamente diferenciales. Con «cosas» digo una manera proactiva de entender la propia intelectualidad y la propia existencia. Algo similar, con todas las reservas, a como concibiera Marx la filosofía en la undécima tesis sobre Feuerbach: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo».

Por supuesto que transformar el mundo no es solo transformar la infraestructura, sino la mente, y, de nuevo, ahí las palabras juegan un rol fundamental. No es tanto la acción externa como la forma de motivación interna. Exactamente la misma diferencia entre paciencia y pasividad que pregona el budismo. De la misma forma que buscamos la paciencia, no la pasividad, buscamos la proactividad mental, no irnos a morir en el frente de batalla en Ucrania porque «hay mucha gente sufriendo». ¿Es un autoengaño? Acostumbraba a creerlo, quizás me haya convertido en un maestro del autoengaño, pero ahora mismo, francamente, no lo creo.

No me voy a parar mucho en esto, pero basta con considerar que atacar las causas y el largo plazo es muchísimo más relevante que atacar los síntomas. Uno entonces no va a «verle la punta», muy probablemente, y requiere una enorme resiliencia, y no hay tantas pruebas para saber si lo está haciendo bien o mal —tiene que confiar en una cierta intuición, al igual que con los rudimentos de «qué es lo útil»—, y por tanto será probable que lo deje o no le dedique tanta energía como estando en un frente de batalla. Sí. Todo esto es cierto, y por eso requiere un esfuerzo adicional y una honestidad radical —no autoengañarse pensando que uno está haciendo algo si realmente no está haciendo nada—. De causa más profunda a consecuencias más externas, tendríamos que atacar

  1. El problema de la ignorancia (con sabiduría)
  2. El problema del egoísmo (con altruísmo)
  3. El problema de los estados mentales tóxicos (con paz mental)
  4. El problema de una conducta tóxica (con disciplina y ética)
  5. El problema del sufrimiento externo (que se desprende de que todos y cada uno de nosotros mejoremos los anteriores)

Si esto es así, el enfoque es radical: hay que construir una majestuosa pirámide interna con los cuatro primeros puntos, poco a poco y con entusiasmo. Para esto no hay que ser budista, aunque tome su análisis. Francamente no lo creo. Es un ejemplo de como solo conozco el martillo, para mí todo son clavos. Quizás tú tengas otra forma de afrontar la realidad. Pero para mí es realmente útil, y, si estás leyendo esto, espero que para ti también lo sea, humano queridísimo mío.

Dudo que exista algo más importante que esto en todo el universo de lo humano. Sin embargo, hay que aclarar un par de cuestiones.

  • ¿Dónde queda el conocimiento?

El conocimiento técnico, científico, académico, humanístico, artístico, ¡lo que quiera que sea!, no inmediatamente «aplicable» a servir a los demás, ¿qué lugar encuentra en todo este esquema? Uno ciertamente privilegiado. Por un lado, recordamos que el dedo que señala a la Luna no es el fin, sino el medio. Pero como medio puede llegar a ser muy útil. Para uno mismo y para los demás. Si llegar a la Luna requiere medios, técnicas, conocimientos, en efecto, hay que tenerlos en cuenta. Hay que encontrar un balance sano. En general, es más sencillo de lo que parece. Cuando el conocimiento es externo y objetivo y desarrollamos una motivación correcta al adquirirlo —sabiendo por qué lo hacemos— y esa motivación nos parece sana, casi todo el trabajo está hecho. Si el medio resulta un impedimento para el fin mismo, qué duda cabe, hay que recontemplarlo; pero si el conocimiento es un modo de «descentrarnos respecto de nuestro egoísmo», ganar en «nitidez de lo real», todas expresiones que gustaran a Escohotado —aunque no sé cuánto se lo aplicara, pero bueno, tampoco está mal—, y de paso no dañamos sino que podemos usarlo como ayuda a los demás, fantástico. En ello, y en dejar la palabrería, pienso invertirme los próximos años. Este escrito funciona, en tal sentido, a la manera de un manifiesto.

  • ¿Dónde queda «el juego», la espontaneidad, la levedad?

Es este otro pilar verdaderamente relevante. La ética —por hablar del ente más externo de los mencionados— puede absorbernos por completo. Asimismo con la obsesión por alcanzar estados mentales positivos, con alcanzar el altruismo, e incluso la sabiduría. No diría que no sea encomiable que haya quien dedique su vida a ello, pero sin duda no es para todos, o no es para todos ahora; sin duda, no es para mí, y tengo que admitirlo.

La rigidez del «monacato» estricto, que adopta muchas formas en nuestras sociedades, en lugar de la flexibilidad que muchos de nosotros —que podemos o admirar o despreciar a quienes no lo perdisteis— perdimos durante la adolescencia —por unos estándares, un «superyó», no correctamente integrado, un «monacato» de la forma de expresión, de movimiento o de contenido de lo hablado o hecho— no parece lo más deseable para la mayor parte de nosotros. Requerimos de esa apertura a hacer el ridículo, a bailar sin saber bailar, a interaccionar de forma boba, a no tomarnos con tanta gravedad nuestros propios objetivos. Ahora bien, esto tiene un sentido muy claro que no se contradice con el «no más tonterías». Con respecto a lo que importa, a lo que es verdaderamente relevante, hay que ser absolutamente inflexible en el código moral. Con respecto a nuestras fijaciones infantiloides —que derivan en mala conducta, en malos estados mentales, en egoísmo y en ignorancia— hay que ser inflexible. En cambio, con respecto a lo que es una chorrada asumida socialmente —ese «superyó» tóxico—, el que a uno —no a todos, reitero, pero a mí sí— le impide actuar con mayor libertad dentro del paradigma del no daño, del infligirle un poquito de daño a la elevada noción que algunos tenemos de nosotros mismos, de relativizar la pureza de nuestros propósitos y formas de operar en la vida, ¡fantástico! Por supuesto que hay que tener humor con respecto a eso. Y por supuesto que con respecto al resto de relaciones objetuales —como con el conocimiento— y con las personas hay que tener esa componente de «juego» —o baile, palabra alternativa que también me gusta, como notas—, que hace que las relaciones sean algo más sanas —lo cual he comenzado a creer recientemente que incluye, ¡oh, sacrilegio!, la posibilidad de la autoreificación y también una reificación parcial, temporal, divertida y consentida de otras personas, la cual sin duda hace acto de aparición en el sexo sin que deba ser subsumida bajo la categoría inflexible de «machismo», y creo que las verdaderas feministas no suscribirían semejante purismo, que iría en detrimento de ellas mismas y todas las demás personas—. En definitiva, la reivindicación de una forma de erotismo que sin duda ha sido desterrado de muchas discusiones morales. Una reivindicación que de momento no puedo abanderar con gran ahínco, porque me siento en las antípodas de lo que pudiera ser reivindicable, pero que enmarco también en el contexto de lo que en este manifiesto sigo en dando llamar «lo útil», que sin duda incluye relaciones más sanas —menos enrarecidas, con menos extrañamiento— con los demás. Y si bien en esto hay gran parte de las personas que son maestras, debe ir acompañado del primer pilar, naturalmente —que otros tienen mucho más asumido—, de no pisotear a esas otras personas en pos de un supuesto juego que, en tal momento, deja de ser tal. El altruismo sigue siendo lo primero.

Con lo que llevo dicho, creo suficiente lo expuesto en esta entrada, que inicialmente iba a titularse Samsara VI —por continuación de la serie de escritos de 2023 así intitulados—, al ser todos ellos —y la mayoría de cuanto he escrito hasta ahora, esa «paja»— una reflexión —como aquí— sobre el sufrimiento del mundo, y, supuestamente, su remedio —idealista, pues depende de que todos simultáneamente lo hagan, pero ninguna alternativa se me figura mejor a día de hoy, no veo un «plan B realista»—. Sin embargo, pensándolo mejor, me he dado cuenta de que jamás apareció el remedio por ninguna parte, y que cuando invocaba las tres joyas del budismo o imploraba que a todos los seres les fueran dadas las causas y condiciones de la felicidad, en realidad no hacía sino ejercer con más fuerza todavía ese Samsara: me encontraba, literalmente, dándole vueltas al dedo una y otra vez, pervirtiendo —como dije, más que el que jamás mirara a la Luna o al dedo— la Luna misma, que es siempre «la solución al problema». Todo ha sido —aunque de esto sí he sido extraordinariamente consciente– una estricta fenomenología del mundo externo y de mis mundos mentales, y de cómo interpreto su relación —entre los cuales se encuentra por supuesto esa visión budistoide—.

Así, venía el otro día a escribir aquí, tras de ver La gran belleza, de Sorrentino, otra estricta fenomenología de lo mundano —incluyendo al intelectual, que considera que la Luna es naïve— y al pseudosacro —el que se queda mirando al dedo—, por inspiración de la película, francamente cercana a mi modo de parodiar —aunque, creo, en mi caso, de manera incomparablemente menos explícita— el mundo y la distorsión ignorante que sobre ella imprimimos. Iba a también recrearme sobre la exaltación de la belleza física en Samsara, tema manido hasta la saciedad, plus ejemplificación del caso mediando la actriz de cine que siempre me ha atraído con más fuerza físicamente —de nuevo, romanticemos una absurda forma de limerencia, una obsesión infantil que el intelectual puede llegar incluso a parecer que justifica, vía formas alambicadas de expresión—, que, si Dios —y yo— quiere jamás volverá a intentar aparecer por estos lares —a los que jamás debió pertenecer y a los que jamás perteneció, motivo por el cual necesitaba justificar su aparición en base a una fenomenología de mi propio machismo: ¡vaya disparate! Me creo un problema (hablar de la belleza, simplemente porque la película de Sorrentino se llama La gran belleza) porque me apetece incluir alguna forma de romanticismo platónico, y para ello creo un nuevo problema, a saber, justificar que el hecho de que vaya a hacer eso es por el machismo implícito de la sociedad (todo en tercera persona, además, como siempre que uno habla de Samsara), tras de la reflexión a que a uno le ha sometido el arte feminista cambiando precisamente las lentes con que contempla ciertos aspectos de su vida —y su relación con las mujeres—. ¿No es más fácil, como dicen los budistas, en vez de rascar lo que a uno le pica, que sencillamente no le pique? ¿Por qué nos da por construir semejantes catedrales de autoanálisis, cuando todo es tan sencillo como «céntrate en ser una buena persona»?

Y sí, y a diferencia, de nuevo, con respecto al budismo, asumo que todos sabemos, en mayor o menor medida, ya —sin iluminarnos—, ser aproximadamente una buena persona. No hace falta ser ni un Lama ni un Doctor en Psicología Interpersonal. Lo que nos sucede —y ahí comparto el diagnóstico— es que rara vez oímos a la parte que tenemos que nos dice cómo ser una mejor persona, porque estamos o demasiado distraídos con elementos externos, o demasiado distraídos con distorsiones internas —vergüenzas, frustraciones, apegos, obsesiones y limerencias, gustos, comodidades, costumbres tóxicas, insatisfacción, aburrimiento, pereza, duda, envidia, orgullo, sueño, o una intelectualidad inoperante—, así como toda suerte de condicionamientos y limitaciones en sentido general. Por eso hay que ser muy honesto y saber lo que podemos y no podemos hacer de cuanto nos parece «una buena idea», como saber de dónde partimos.

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