Cercanía y subsidiariedad | En defensa del altruismo, de Matthieu Ricard (3/?)

Cercanía al problema

En el vídeo previo a este, en nuestra serie, discutimos lo muy mezclado que está el altruismo con necesidades propias, egocéntricas, emocionales, nuestra carencia de empatía por la necesidad que realmente tiene otra persona, nuestra proyección de necesidades propias, el idealismo que a menudo anteponemos por sobre la ayuda verdaderamente necesitada en ese momento. Y dejamos para este vídeo dar vueltas en torno a cuál es ese arte que nos permite hacerlo lo mejor posible. Así que eso es de lo que hoy vamos a hablar.

La palabra clave, el fantasma que va a estar rodeándonos a lo largo de todo este vídeo es cercanía, cercanía al problema. Y todo lo que hemos dicho antes se puede resumir como una falta de cercanía al problema, a la necesidad de una persona o un conjunto de personas.

La cercanía, desde un punto de vista individual, es decir, de nosotros ayudar en nuestro entorno inmediato, se vertebra de una manera con pilares importantes como empatía en la recepción de ese problema. Por ejemplo, no construir un paraproblema, una proyección de nuestro problema sobre otra persona, sino realmente atender cuál es la necesidad exacta, entre comillas, dentro de lo posible, y también el arte de acercar lo máximo posible la solución a ese problema a la persona en concreto que tiene la necesidad en cuestión.

Y también se puede articular a nivel social. A nivel social es un tanto diferente, puesto que tanto el diagnóstico como la ejecución involucran a colectivos de personas, a jerarquías humanas, sistemas políticos, sistemas económicos, sistemas educativos, lo que sea, sanitarios. Y ahí, el principio que podría quizás, aunque vamos a ver después sus dificultades, que podría hacer las veces de este principio de cercanía, es el principio de subsidiariedad, que vamos a explorar después.

Y vamos a abordar todas estas facetas, tanto de diagnóstico como de proposición de una solución, tanto a nivel individual como a nivel social, pero más en particular a nivel individual, intentando dar respuesta, entre comillas, porque de nuevo no es respuesta, sino que va a ser un vector, un arte de ir mejorando poco a poco. Evidentemente, en nada de esto hay soluciones rígidas por un principio al que precisamente después vamos a apelar.

Digo, vamos a vertebrar toda esta discusión intentando responder a varias preguntas. La primera es: sabiendo que no basta solo con tener empatía, poner la atención en el otro, sino que hace falta exactitud, precisión, cierta frialdad, cierta cabeza fría, ¿cómo podemos orientar todo esto para que sea lo más de utilidad posible? En segundo lugar, para mejorar nuestra precisión empática en el diagnóstico, ¿cómo podemos de alguna forma minimizar nuestro narcisismo a la hora de querer intervenir por motivos egoístas? En tercer lugar, ¿cómo evitar también que la empatía, el sufrimiento por una situación determinada, nos coma y no nos permita actuar de la manera que requiere esa exactitud, esa cierta frialdad, pero a la vez conservando la empatía, es decir, la ternura interna, que nos permite tampoco descentrarnos completamente del otro y verlo de forma aséptica? Estas tres preguntas.

En cuarto lugar, que viene completamente motivado por lo que acabo de decir y que en realidad va a ser el principal interés que vamos a tener a lo largo de esta serie, que es hasta qué punto está entremezclado nuestro propio desarrollo interno con nuestra propia aplicación externa, esa precisión estructural externa, y si de verdad es significativa esa interrelación, cómo mejorar en ambos ámbitos paralelamente.

Este sería aproximadamente el diagnóstico del budismo, para el cual el altruismo es, por supuesto, algo externo, pero también posee una raíz interna muy fuerte, que hunde sus raíces en motivos que vamos a ir desarrollando en este y los próximos vídeos, que será, ya digo, el que vertebrará bastante nuestra serie, para ver si realmente posee validez o si acaso es más bien una excusa para no querer hacer cosas fuera.

Entornos capaces

Así que vamos con la primera de estas cuestiones, que sería qué caracteriza a esa exactitud a la hora de ayudar. Y vamos a irnos primero al caso individual, que es el que más nos va a interesar.

Como bien recordaréis del vídeo anterior, aunque no se puede decir de forma categórica, parece que sí es una formulación más razonable por dónde estamos en nuestro espectro de cómo ayudamos, con respecto a cómo realmente deberíamos ayudar: la ayuda a una persona mínimamente responsable, mínimamente adulta, debe intentar apelar lo máximo posible a la propia atracción, la propia voluntad, la propia actividad interna de esa persona y no la imposición externa. Tampoco allanar por completo el camino, evitar el dolor, como evidentemente también ocurre en edades más pequeñas ahora mismo con la sobreprotección.

Es debatible si es correcto o no es correcto, debido a que efectivamente los niños y los adolescentes no tienen esa madurez, pero en general estamos en un extremo en el cual intentamos evitar que la persona en cuestión desarrolle un camino en el cual puede encontrarse con atolladeros complicados. Se trata de aceptar eso y construir, en cambio, un entorno que permita que si la persona cae, esa propia persona pueda de alguna forma tener las herramientas para volver a salir. No es evitar la caída, sino construir la habilidad en la persona o facilitar un entorno en el cual esa persona, si cae, pueda volver a levantarse.

En este sentido, puede ser interesante retomar un concepto que viene más de un ámbito de personas que tienen dificultades intelectuales y demás, de entornos capaces, a un contexto más general, porque encaja bien con la evidencia que en bastantes estudios científicos existe y sería una forma de agruparla, de, ya digo, entornos capaces, crear entornos capaces. ¿Qué quiere decir esto? Pues básicamente que en lugar de intentar centrarte de forma directa en la mente de la otra persona, que es no solamente incognoscible, sino muy difícil de prever cómo puede reaccionar ante una cosa u otra, que además tiende a ser bastante reactiva, la ayuda verbal, el sermón, etcétera, como ya sabemos, no ayuda apenas. En lo que sí puede centrarse uno es en mejorar la situación ambiental, el entorno, de tal manera que si esa persona tiene ciertos estresores, ciertos gatillos en su entorno, ese entorno puede ser modificado de alguna forma, a ser posible, imperceptible dentro de lo posible para ese sujeto, que dispare menos esos estresores.

Entonces, uno mismo, en lugar de verse como un salvador moral, se ve más como un ingeniero de entornos que intenta facilitar que el entorno sea lo más positivo posible para que esa persona tenga la capacidad de que cuando se caiga no se quede allí. Lo cual es menos épico, es menos de tirano, es menos de forzar a la otra persona de una determinada manera, sino construir las condiciones que permitan que una determinada conducta tenga más probabilidades de desarrollarse. Esto es muy abstracto, está en un plano muy abstracto. Ahora vamos a ver en qué se concreta.

Consejos que perjudican

En primer lugar, tiene como consecuencia muy directa que es deseable minimizar, en la mayor parte de los casos, los consejos y las pautas, especialmente si no los ha solicitado. Puesto que a menudo estamos más dispuestos a asumir el coste de equivocarnos que a realmente sentir que no estamos teniendo la agencia propia, el control sobre nuestras decisiones, y que la estamos ejerciendo porque otra persona nos la ha dado masticadita.

Y aquí hay varios estudios: tengo aquí «Unhelpful workplace social support» y el «Helping may be harming», que básicamente puedes tener supervisores, colegas a nivel laboral, por ejemplo, y demás, que sientes que efectivamente te están intentando ayudar con sus consejos, que parece que es de buena fe. Y aun así, a pesar de que el sujeto en cuestión tiende a considerar positiva la intención de la otra persona, sin embargo, se siente más estresado y tiende a actuar de forma más disfuncional todavía y más intentando reafirmarse que si no se lo hubiera aconsejado. Y que de hecho, el apoyo social inútil que uno percibe como inútil puede ser mucho más perjudicial que una carencia de apoyo social de cualquier tipo.

Y esto puede parecer muy obvio y machacón repetirlo una y otra vez, pero hasta que no se interioriza realmente que lo único que genera recomendarle cosas a un sujeto que no las va a integrar es fricción, no vamos a dejar de hacerlo. Y precisamente por la importancia que, por ejemplo, una religión le puede dar a no malgastar recursos, fricción, energía, en centrarse en quien de verdad no le va a ser útil frente a quien sí, pues tenemos discursos como el de Cristo de si en una ciudad o en una casa no te escuchan, pues salid y sacudíos los pies al salir. Realmente para dejar muy claro que esos recursos pueden destinarse a otra cosa, porque además el propio hecho de sentir que estás promoviendo una ayuda que no está llegando es en sí mismo un motivo que después puede hacerle a uno no querer ayudar de otra forma más práctica como esta de los entornos capaces.

La ayuda invisible

Cómo lograr eso precisamente va en la dirección opuesta a lo que acabamos de decir. Y es por medio, dentro de lo posible, de un soporte invisible, que la otra persona no vea que deliberadamente estamos intentando sustraer cierta agencia de la persona en sí. Cómo preservar esa sensación de autoeficacia en la otra persona, pero a la vez intentando mejorar realmente esa autoeficacia y esa mejor tolerancia a la situación, pues puede ser desde cosas completamente logísticas que no te tienes que ver recompensado, no tienes que echarle en cara: «Ah, he hecho esto». Por ejemplo, la casa, las labores de la casa. Al final, cuántas discusiones de pareja hay, obviamente, de forma continua por este tipo de cosas. No hace falta anunciar cada gesto, cada actividad nueva que uno va a empezar a realizar para mejorar la situación de una persona.

O por ejemplo, en lugar de sugerir de forma directa, pues creo que te vendría bien, no sé, ir al gimnasio por tu salud, o creo que te vendría bien hacer tal actividad para tu salud mental o para lo que sea, pues realmente inducir el interés por ese tipo de cosas por medio de la propia conversación, de una forma lo más liviana posible, sembrar ese interés que orgánicamente le haga tener la iniciativa o hacer actividades. Hay que ponerse creativo, claro. Hacer actividades que permitan reconducir a esa persona para tener esos nuevos intereses sin que haya tenido por qué percibir necesariamente que ha habido ese encaminamiento, ¿no?

Esto, por ejemplo, pues entiendo que puede ser bastante útil en adolescentes, muy particularmente, o en personas a las que le falte voluntad para hacer algo que realmente parece esencial para que su situación mental o física mejore. Que, de nuevo, es una solución mucho menos épica que intentar creerse que decir: «No, debes hacer esto y entonces tu vida cambiará». Y no, más bien es que esa persona se acabe convenciendo de lo importante que es hacer tal cosa, cual cosa, etcétera.

Y como ya dije, de nuevo, ese no convertir en desvalido a la persona que tenemos delante, un colectivo de personas que existe en la sociedad, es muy importante también de cara a las soluciones que colectivamente se propongan.

El principio de subsidiariedad

Ahí entramos en un análogo a esto, que podríamos decir que es el principio de subsidiariedad: que si existe una instancia social, institucional, menor que otra dada en la jerarquía de la sociedad, es mejor que el problema sea resuelto lo más cerca posible del individuo o del colectivo, por capas más descentralizadas, más cercanas, que no una centralización de todas esas subsoluciones.

Que ahora, a diferencia de antes, que en cierto sentido iba aparejado a la necesidad de tiranizar al otro debido a nuestro egocentrismo, pues aquí son dinámicas que incluyen ya lógicas de poder, lógicas económicas, lógicas políticas, brutales, bélicas, elementos de estructuras sociales que tienden muy a menudo a la centralización, y que nunca está de más recordar que para un problema con un grado de complejidad… El grado de complejidad que puede entender que tiene en realidad ese problema una institución superior, de más alto nivel, puede no ser suficiente para acomodarse a la complejidad que realmente tiene.

Igual que existen lenguajes de programación de distinto nivel, para si es más cerca del hardware o de la modelización a alto nivel, pues de la misma manera, en la jerarquía social, problemas que tienen una complejidad a nivel hardware, por así decirlo, no deben ser resueltos en un lenguaje de programación destinado a la modelización matemática.

Entonces, ese altruismo a granel del que hablaba Matthieu Ricard en el vídeo anterior, como leímos, sería precisamente una forma de solucionar problemas que no está necesariamente acoplada correctamente a la complejidad que realmente tiene, puesto que es una forma de ayudar de baja resolución que puede incluso agravar el problema. Y es evidentemente más sencillo para una persona tener una idea de lo que es el bien y operar abstractamente en torno a eso, como desgraciadamente ya dijimos también en ese vídeo.

Es decir, tampoco se dice que no sea válida… No, no es que deje de ser válido hablar en términos abstractos y generales, pero en la aplicación no es eso lo que puede regir. Eso puede regir a nivel interno, pero a nivel externo no es más válido cuanto más de nuestro criterio de bien es aplicado, sino que el valor puede venir por la adaptación al problema concreto. Y en ese sentido, lo que podría ser valioso en sí mismo es mucha flexibilidad a la hora de aceptar paradigmas mentales, sociales, emocionales, muy diferentes del nuestro.

Entonces, análogamente a los entornos capaces a nivel individual de crear un entorno, una logística, una infraestructura que permita la agencia propia, el principio de subsidiariedad se basa estrictamente en eso: en que una entidad de alto nivel cree una infraestructura donde dentro, descentralizadamente, cada uno de los colectivos sociales pueda tener cierta agencia de autorresolución y no cortar de lleno esa organicidad de la resolución.

Lo cual es muy sencillo de decir, bastante difícil de implementar, igual que lo que hemos comentado de los entornos capaces, pero siempre puede ser un buen check mental a la hora de proponer una política o a la hora de proponer una solución al problema de una persona cercana: ver si pasa el filtro de este principio de subsidiariedad o este principio de los entornos capaces.

Porque aunque todas, por ejemplo a nivel político, todas las ideologías de alguna forma tienen esto —incluso una ideología muy centralista puede tener ciertos elementos de subsidiariedad, y realmente hay muy pocas ideologías que sean puramente centralistas—, lo cierto es que luego la implementación, incluso de las ideologías más descentralizadoras, suele traicionar bastante su propia causa original.

Límites y riesgos de la subsidiariedad

Y ya digo, es difícil porque la línea no está ni muchísimo menos clara entre cuándo estás fagocitando la instancia inferior —le estás restando autonomía para poder resolver su problema— y cuándo haces lo contrario: hacer dejación de funciones. Porque el principio de subsidiariedad, por supuesto, no es una dejación total: incluye que si esa instancia inferior necesita una ayuda, se inyecta lo posible, la ayuda posible para resolver ese momento de saturación, de desbordamiento temporal en el cual puede haberse encontrado, como naturalmente ocurre con una persona que temporalmente está en una situación mental muy delicada y naturalmente ahí es cuando uno tiene que estar muy abierto a poder participar lo máximo posible.

Entonces, básicamente sería un poco la idea, apelando a la propia etimología de subsidiariedad, de ayuda, de apoyo, subsidio desde atrás. Incluso creo que también están las subsidiarii, que eran las tropas de retaguardia. Básicamente, el principio sería: dejas que la batalla acontezca. Pero tú estás muy presto, estás muy atento, tienes lo que en el budismo se llamaría cuidado, tienes mucha atención puesta en la situación, no estás simplemente indiferente a si las cosas se van de madre, intervienes lo mínimo posible y en el momento en que sea mínimamente estabilizada la situación, vuelves atrás.

No es un criterio para saber cuándo es que la situación está tan mal como para tener que actuar y cuándo está lo suficientemente bien como para poder irte, porque puedes fallar, puedes entrar antes de cuenta y restar agencia o puedes salir antes de tiempo y que no hayas realmente aportado la ayuda que necesitaba. Pero sí ayuda, de todas formas, en este vector de ir mejorando nuestra relación con la ayuda, la idea de: situación base, no tenemos por qué estar necesitados de ayuda. No hay que ayudar siempre, pero si ocurre, tenemos que ser capaces de poder cambiar nuestro tiempo, nuestra energía vital, etcétera, para estar muy flexibles a poder ayudar.

En ese sentido, dejar la holgura necesaria en términos de tiempo, energía, para si sucede algo así, realmente poder actuar. Igual que si eres una institución de ayuda, pues no se trata de ayudar a cualquier cosa en todo momento, sino el coste de oportunidad es saber: solamente vamos a inyectar ayuda en los momentos en los que realmente es más esencial que nunca. Pero para eso, precisamente, hay que ahorrar recursos para ese momento.

Algo en lo que sí quizás puede ser delicado todo esto es no tanto en cuándo intervenir y cuándo no intervenir, si es un sujeto o un colectivo que se supone que tiene una autonomía o una agencia propias con cierta responsabilidad, digo, el problema mayor podría ser saber cuál es el grado de autonomía y de responsabilidad que realmente, en el mejor caso posible incluso, podría desarrollar esa persona o ese colectivo social. Básicamente, si es un individuo, pues cuánta agencia tiene siendo adolescente, siendo adicto. Claro, si es un drogadicto muy drogadicto, se puede pensar que está completamente desproveído de agencia y responsabilidad. Pero ¿dónde pones el límite? Una persona que sea ligeramente alcohólica también toma decisiones en base a eso. En fin, es muy difícil saber cuándo el principio de subsidiariedad aplica a nivel individual.

Y también es muy difícil ser capaz de hacerlo a nivel social, puesto que la instancia, por ejemplo, familiar, puede ser más perjudicial que otra cosa. Uno no puede asumir que siempre hay buenas intenciones y que la forma de resolver un problema orgánicamente es la mejor posible. Para nada. Eso podría, por ejemplo, a nivel internacional, convertirse en una cierta forma de relativismo cultural. Entonces, horrores como la mutilación genital femenina, la ablación del clítoris. Si no hay una respuesta internacional a algo que de forma tan evidente es un desastre absoluto para la persona, la chica en cuestión a la que se lo hacen, y hay más de doscientos millones de mujeres a las que se lo hacen ahora mismo en el mundo, claramente están fallando los mecanismos familiares, porque los mecanismos familiares son precisamente los que lo ponen a rolar.

Entonces, ahí la solución tampoco puede ser completamente internacional a nivel de altas instancias, porque entonces también sucede algo que se ha visto desgraciadamente, que es que buscan hacerlo de forma ilegal. Si un Estado, como Estado, lo prohíbe, pero el Estado no tiene ninguna, después, aplicabilidad de ver si se cumple la prohibición o no, y de facto lo hacen, pero de formas aún peores de como se habrían hecho alternativamente, pues claramente el principio de subsidiariedad quizás pudiera aplicarse, porque está fallando, de alguna forma que no fuera a nivel tan central y que pasara por colectivos que no son la familia, es decir, pasar una instancia a algo superior, pero que sí pudiera ser, pues no sé, el colegio de la zona o lo que fuera.

Es muy complicado poner el límite, de nuevo, entre qué instancias tienen autonomía y responsabilidad y cuáles no las tienen. Y como ya dije, el último aspecto también peligroso de la subsidiariedad es que naturalmente tiende a poder confundirse con, como ya dije, abandono, dejación. La idea de no darle el pescado, sino la caña de pescar, pero le das la caña de pescar y resulta que con la caña de pescar no puede pescar, porque hay grandes barcos enormes, mucho más rentables, estadounidenses, holandeses, noruegos o lo que sea, que son infinitamente más eficientes en la captura del pescado y tú con tu cañita de pescar no puedes vender al mercado la cantidad que te permitiría básicamente subsistir, de forma mínima, que no sea solamente comiendo pescado.

Hay situaciones sociales, particularmente en países extraordinariamente pobres, en las cuales es difícil decir que haya una posibilidad de agencia propia dadas las circunstancias tan difíciles que hay de subsistencia mínima.

Pero a pesar de toda esta nota agridulce final, que siempre exige la honestidad y que precisamente se acoge a esa ley de la complejidad, esa ley de Ashby de que los problemas complejos requieren soluciones complejas, naturalmente habría sido un delirio decir: «No, el principio de subsidiariedad es la solución».

Puede ser un vector en el cual dirigirnos mentalmente de cómo podemos proceder, pero naturalmente es muy complicado y donde realmente se juega todo es en la aplicación, en el arte de aplicarlo. Y a eso ayudan pautas intelectuales, pero quizás lo que más puede ayudar es no solamente aplicarlo de forma recurrente, sino también cómo nos relacionamos con las otras personas y con las situaciones sociales desde dentro, para poder actuar de forma más fría, sin acogernos tanto a nuestras propias necesidades de ayudar, o por motivos narcisistas o por motivos emocionales, de que no queremos seguir viendo eso, pero en realidad la otra persona nos importa menos que nosotros mismos.

Desaparecer de la ayuda

Así que vamos al segundo punto, que sería de forma práctica qué tipo de cosas caracterizan a la ayuda no tan narcisista, que a su vez ayudan a poder ayudar de forma menos narcisista. Y aquí uno de los principios está en plena resonancia con lo que ya hemos dicho antes de la ayuda inadvertida, que sería desaparecer de la ayuda, que nuestra participación en la ayuda no tenga por qué advertirse ni por parte de la propia persona ayudada, dentro de lo posible, como de las otras personas. Básicamente, como en el cristianismo, en el sermón de la montaña, Jesucristo diciendo que cuando ayudes, si ayudas con la izquierda, tu mano derecha no se entere. Pues básicamente eso. O también el principio de kenosis, de vaciamiento de uno mismo.

Cuando tú estás en la ayuda, lo más importante es el otro y tú te tienes que vaciar de tu propio, en el caso del budismo, sería de tu propio yo, de tu propio egocentrismo, para que realmente surja una relación equilibrada, ecuánime entre los dos. Y no se tenga una relación que efectivamente pueda llegar a ayudar, pero que está más supeditada a una intención egocéntrica, narcisista o de exposición que a la ayuda en sí.

De hecho, para el budismo hay una doble implicación, hay una simbiosis entre el hecho de, por un lado, practicar la generosidad nos va ayudando poco a poco a olvidarnos de nosotros mismos, en el sentido de que el propio acto altruista, por distorsionado que esté por el egocentrismo, ya contribuye a diluir, en cierto sentido, el yo, porque, en cierto sentido, a pesar de todo, estás poniendo el énfasis en el otro. Y también al revés: cuanto menos egocentrismo tienes, más proclive estás a ayudar, la generosidad.

Entonces, básicamente, la sabiduría de desprenderse de las neurosis, todas las distorsiones que nos afectan en nuestra vida diaria, iría muy de la mano de la generosidad, puesto que la generosidad es una forma de olvidarnos de nuestros propios proyectos, de darnos cuenta de que no somos tan diferentes de la otra persona y, en última instancia, de una disolución entre el sujeto y el otro sujeto, que en realidad es un objeto para nosotros, sujetos, otros sujetos y, en última instancia, sujeto, objetos. De manera que, en última instancia, se alcanza un estadio en el cual el sujeto está casi suspendido. Ese vaciamiento llevado al límite sería prácticamente la iluminación, en el caso del budismo.

Y, por tanto, esa es la importancia que tiene dentro del budismo lo que vendría a encuadrarse dentro de la generosidad, en el aspecto práctico de la generosidad, esa virtud, con las otras virtudes. La paciencia, la generosidad ayuda a cultivar la paciencia y viceversa. La generosidad, por ejemplo, ayuda a la paciencia porque estás dispuesto a desprenderte más a menudo de cosas. Entonces, estás más dispuesto a tolerar pacientemente la pérdida de tus propias posesiones o la pérdida de otras personas. Te aferras menos, en general. Y en última instancia, la paciencia de aceptar la verdad suprema, que sería un acto de soltar supremo.

Entonces, la generosidad suprema, que sería soltarlo todo, la paciencia suprema, que sería soltarlo todo y la sabiduría extrema, que sería soltarlo todo, en última instancia convergen. Y también al revés: si uno tiene paciencia, es decir, si uno tolera que la realidad no esté acorde a sus expectativas de forma satisfactoria, con una sonrisa interna, pues empieza a dar menos importancia a sus propias necesidades, por definición, puesto que si no, no podrías ir relajando esa brecha entre expectativa y realidad. Y cuando reduces tus propias necesidades, tiendes a ayudar más, porque tu energía se destina más al otro que a ti mismo.

Entonces, toda esa interrelación es muy interesante y de nuevo va en la misma dirección de reducir el narcisismo. Lo que a su vez, como ya hemos dicho, es fundamental para que la ayuda, encima de todos los problemas que intrínsecamente tiene en la propia aplicación, que ya hemos visto antes, no esté contaminada por nuestras proyecciones, etcétera, a la manera quijotesca o a la manera de un tirano que quiere imponer.

Y esta visión es bastante compatible con la que, por ejemplo, tiene Simone Weil, que da mucho protagonismo a la idea de atención, que para mí también es fundamental. La verdad es que es una idea clave, a la que no se le da suficiente importancia, me da la sensación, en la tradición occidental, por lo que sé. Simone Weil sí se la da. Esa idea de que la máxima ayuda no es la acción, sino la atención, porque la atención exige un vaciamiento de tu propio yo. Realmente te estás llenando del otro, te estás llenando del mundo. No se trata de llenar el vacío del otro con tus soluciones, sino que la ayuda es una disolución de mis necesidades de, por ejemplo, ayudar al otro. Y eso permite acostumbrarnos a atender con atención a la realidad del otro, a la realidad del mundo, sin toda esa carga. Pero como ya es habitual, todo esto es más abstracto.

El altruismo fariseo

De forma algo más práctica, ¿qué tipo de cosas no se deben hacer que van en contra de lo que significa eliminar narcisismo? ¿Cómo actúa una persona que ayuda de forma narcisista? Bueno, pues de nuevo, en la religión, en el caso del cristianismo, tenemos el ejemplo clásico del fariseo, que en realidad, por supuesto, actúa, supuestamente, por el escaparate, que además es parcial, ayuda a gente de su colectivo, pero no ayuda a todas las personas por igual. Entonces, genera falsas diferencias entre unos y otros, entre los puros y los que no son puros. Y si ayudas al que es impuro, en un determinado momento te puedes impurificar.

Entonces, esas exclusiones en realidad son la demostración de que no hay una comprensión, una empatía y un vaciamiento de uno mismo hacia el otro, sino que se generan fronteras, divisiones, igual que ocurre con la nación. Es un concepto excluyente por definición. Somos nosotros frente a los demás y entre nosotros nos redistribuimos la renta, hacemos las cosas y los demás son otra realidad diferente. No son prácticamente seres humanos.

Entonces, como es un falso altruismo, además, para lo único para lo que sirve es para ser mostrado de forma completamente hipócrita. Entonces, de nuevo, en ese sermón de la montaña, Jesucristo habla de cómo no hacer eso, que es básicamente no mostrar cuándo haces un acto supuestamente altruista.

Por supuesto que cuando tienes esa ceguera real, careces de esa precisión empática, tiendes a dar solución a falsos problemas en comparación con otros. Esa idea de: “cuelan el mosquito, pero se tragan el camello”. O como también dicen: “Lavas los platos y los vasos por fuera y no los lavas por dentro”. Porque en realidad todo lo que te interesa es la fachada, cuando en realidad si los lavas por dentro, ya los estás lavando por fuera. Aunque eso es una forma de hablar, pero básicamente te estás centrando en lo accesorio, en lo que no es importante.

Y ocurre de nuevo mucho ahora mismo y se puede ver de forma, supongo, extrema en las redes sociales. En fin, linchamientos por aspectos concretos a una determinada persona que ha hecho algo que no es correcto o políticamente correcto para un sector o todo lo contrario para el otro. Y, sin embargo, para cosas verdaderamente importantes, que no son discursivas, sino factuales y que ocurren constantemente a todo nivel, a nivel comercial, a nivel de relación entre países… Está claramente el elefante en la habitación y nadie pone el grito en el cielo. Es impresionante. Pero de esto ya hablamos en el primer vídeo bastante, de forma bastante tendida.

En la exclusión de unos frente a otros, que sería básicamente los fariseos que pasan al lado del hombre que está tirado en el camino, que no saben quién es, y el impuro, y cuando llega el samaritano sí ayuda, en contraposición. Bueno, pues fariseos tenemos de todos los colores, como ya vimos en ese vídeo, y todos tenemos algo de fariseos. Obviamente, es complicado no serlo en cierto sentido, pero se trata de ir transitando del antiideal del fariseo al ideal del samaritano. Y lo cierto es que el fariseísmo es, como hemos dicho, el claro paradigma, el claro ejemplo de la acción altruista que en realidad no se efectúa por el altruismo en sí, sino por una simulación del altruismo debido a las propias neurosis individuales.

Pero otra forma por la cual podríamos actuar de forma altruista de mala manera es porque, aunque a diferencia del fariseo sí sentimos empatía por el que está en el camino, lo hacemos mal. Hacemos un samaritano a la mala manera, porque vemos a esa persona ahí y nos ponemos a llorar, decimos: “Oh, espera, espera, espera”. Y lo llevamos a nuestra casa, lo acogemos y nos casamos con esa persona. En cambio, realmente la empatía y la precisión empática y el principio de subsidiariedad exigen una forma de actuar distinta, que no esté tan mediada por nuestra propia necesidad emocional de intervenir.

Reducir la angustia empática

Y ahí vamos con el tercer aspecto, la tercera pregunta, que sería básicamente reducir la angustia empática por medio de la paciencia con el sufrimiento adentro.

Aquí, en cierto sentido, viene una desmitificación de la ayuda a cualquier coste, dándonos cuenta de que a menudo viene por nuestras propias neurosis, que es el sentido en el que, por ejemplo, lo expresa esta persona que citábamos en el vídeo anterior, Swami Prajnanpad, que no ve tanto la ayuda como una urgencia moral absoluta, la ayuda práctica afuera, como una necesidad de cubrir nuestra incapacidad de tolerar el sufrimiento adentro. O la incapacidad de tolerar el error, lo que consideramos un error ajeno.

Una métrica que quizás ayude sería la fracción en cuyo denominador está la ansiedad que tenemos y que mostramos, porque la ansiedad es difícil de ocultar. Y eso va a tener efectos. La ansiedad por ayudar, la necesidad, la urgencia, pero de forma emocional, por angustia empática, porque: «¡Ah, no, no, no, por Dios, hay que actuar!» Y el numerador, la necesidad real que hay de ayuda. Básicamente, si la necesidad real de ayuda es muy baja, es cero coma uno, y nosotros estamos sobrereaccionando emocionalmente y tenemos altísima ansiedad por ayudar, pues la fracción tiende a cero y eso quiere decir que realmente en esa situación no deberíamos estar actuando. Lo estamos haciendo por un motivo propio, no altruista.

Y en contraposición, lo ideal sería que efectivamente actuemos cuando hay una necesidad elevada real, sea eso cuantificable, como sea cuantificable, necesidad real. Y abajo, en denominador, que nuestra ansiedad exteriorizada y nuestra ansiedad emocional, nuestra angustia empática, sea lo menor posible, para que podamos actuar de verdad acogiéndonos a la complejidad que exige el problema. Querríamos que esa fracción tuviera el valor lo más alto posible. Si la fracción en su lugar es cero, lo que estás haciendo es fricción, ruido, que no aporta nada, simplemente genera más caos y no ayuda realmente.

Si logras que el denominador tienda a cero, independientemente de lo que haya arriba, estás realmente cultivando la paciencia de dejar hacer. Ahí afuera hay cosas que no controlamos y de las que, sin embargo, no interiorizamos todo lo posible que no controlamos, y generamos más daño y sufrimiento por eso que si no hiciéramos nada. Aunque la indiferencia podría ser incluso peor. Pero desde luego que la solución a la indiferencia no es solo la reacción emocional, sino que primero puede ser la indiferencia, mejor podría llegar a ser cierta empatía, aunque sea a nivel emocional, pero luego hay que superarla para que pueda ser una empatía que afuera se exprese de forma práctica y que adentro conserve una cierta ternura.

Aquí de nuevo me estoy amparando en la visión budista de que siempre suelen ir desequilibrados estos paramitas, estas virtudes de las que hablaba antes, que pueden ser paciencia, generosidad, sabiduría y demás. Puede haber una descompensación dentro nuestra, con nuestra personalidad o lo que sea, que nos haga ser muy compasivos, pero poco pacientes, poco sabios en ese sentido, o muy pacientes, pero poco compasivos. Y nada de eso en sí mismo es una buena solución. Si somos muy compasivos, pero muy poco pacientes, va a haber una descompensación que nos va a tender a hacer muy sensibles, pero en el sentido emocional. Y no vamos a saber actuar, vamos a aumentar mucho el denominador y, sin embargo, lo que haya arriba, la fracción siempre va a ser baja.

Pero también puede ocurrir que tengas mucha paciencia y baja compasión, y que en ese caso puedas tener muy bajito el denominador, pero que arriba, incluso teniendo realmente afuera una necesidad muy grande, tú no actúes. Ese acompasamiento es una tarea muy interna y su impacto en si la ayuda es al final útil o no puede ser muy grande. Porque ¿cómo vas a buscar el equilibrio mental, el equilibrio físico, el equilibrio situacional, lo que sea, de otra persona o de un colectivo de personas, vamos a buscar la homeostasis fuera de otra persona, si tú mismo dentro estás completamente desequilibrado y tienes completamente roto el equilibrio de cualidades?

Entonces, en ese sentido, aunque no significa que uno solo deba centrarse en uno mismo, sí que parece muy razonable, primero centrarse algo más, en el margen, en el propio equilibrio entre estas virtudes y solamente después realmente sentirse uno más capacitado para poder ayudar fuera. Pero como ya digo, puesto que esto podría derivar en que desarrollas mucha paciencia dentro, poca compasión y en el fondo no piensas demasiado en el otro, por eso es tan importante la disposición interna y cultivar una forma de urgencia que vaya sustituyendo poco a poco a la urgencia emocional.

Y esto es lo que en el budismo se llama amor bondadoso, en el caso de personas que están en una situación no muy mala, como nosotros. Compasión, en el caso de personas que están claramente mal, peor que nosotros, o regocijo por las personas que están mejor que nosotros, que también es importante, porque si solo te centras en las personas que están peor, puede convertirse en un fenómeno de compensación. Y también puede tender a convertirte en una persona excesivamente triste, depresiva, que no contempla que realmente existen las tres cosas.

Fundamentalmente, no estamos diciendo que no haya de haber empatía, sino que no ha de haber angustia empática. En esto profundizaremos mucho en vídeos posteriores, puesto que hay estudios científicos muy interesantes de Tania Singer con el propio Matthieu Ricard, que hablan al respecto.

Sustituir angustia empática por una empatía que, en cambio, tenga un carácter más espiritual, más premeditado, más desde la paciencia, más desde la sabiduría que desde la emoción. Y aunque parezca un idealismo, esto se puede cultivar de una forma muy concreta, con unos pasos, unas instrucciones muy precisas, aunque hoy no va a ser cuando las demos.

Y eso te permite, por dentro, cultivar ese calor interno, mientras que afuera ya no tienes la necesidad de actuar de cualquier forma, sino que puedes actuar de forma quirúrgica, precisa, más logística, más fría, como dijimos al principio, aceptando lo que es, sin intentar imponer a toda costa, aceptando el derecho del otro a equivocarse, si es un adulto y si quiere seguir equivocándose y disiparse, tener la disposición interna, estar en la retaguardia, buscando actuar si la otra persona de verdad necesita una asistencia, pero si no, simplemente desde el deseo de que eso cambie, pero sin implementar nada afuera para hacerlo, si la persona no está abierta a ello. Para no disipar la energía de forma infructuosa, mejor limpiarte los pies al salir de ese templo en el que no eres bien acogido.

Una cosa es decirlo y otra cosa es aplicarlo cuando tienes un familiar, cuando tienes un amigo o lo que sea, que está tomando decisiones muy malas en salud, en dependencia a nivel de personas, a nivel de sustancias químicas, a nivel económico, pereza extrema. Pero impedirlo de cualquier forma afuera no maximiza ese cociente que estábamos diciendo antes, desde esta perspectiva un poco ridícula, realmente, de una optimización de un número, pero bueno, por simplificarlo, porque no está cultivando la capacidad de ser paciente con esa agencia propia de la otra persona.

Ahora, como hemos dicho, eso no significa no actuar en ningún caso, evidentemente.

Cuándo intervenir

No es que solamente cultives una cualidad interna de «quiero que a la otra persona le vaya bien», pero luego no hagas nada, sino que actúas como el buen samaritano. ¿Y cómo actúa el buen samaritano? Pues vamos a ver, el buen samaritano, si ve al hombre que está en el camino herido y desangrándose y está fatal, ayuda. Ahí no hay cuestión, no hay dilucidación acerca de si es de los nuestros, si no es de los nuestros, como el caso del fariseo. No hay nada, es acción directamente, porque ya estabas predispuesto a la ayuda en caso de que ocurriera con ese principio de subsidiariedad que siempre está en la retaguardia, ese soldado de retaguardia que está a punto de saltar si hay algo que lo necesita.

Ídem, si hay una persona que va a hacer daño físico a otra y parece impedible, no a toda costa, pero si es impedible, hay que actuar. Y evidentemente, si hay un episodio psicótico, de depresión grave, de un problema de deterioro emocional, cognitivo, etcétera, evidentemente también, si en general se pierde la capacidad o responsabilidad de la otra persona.

Aquí siempre hay un debate muy complicado en torno a hasta qué punto se le dota a la persona de capacidad de agencia para decisiones brutales, como pueda ser suicidio, si parece tener responsabilidad. Pues como planteaba John Stuart Mill, si una persona adulta quisiera autoesclavizarse a sí misma, ¿deberíamos permitirlo o no permitirlo? Quizás ahí en ese caso lo más sensato fuera la solución que él mismo propone de si está eliminándose la posibilidad de libertad hacia futuro, de poder reencaminarse, ¿podrá hacerlo? Es decir, ¿se la está eliminando esa posibilidad? Y si la respuesta es sí, entonces sí hay que actuar. Entonces, no se le debería permitir autoesclavizarse o no se le debería permitir suicidarse.

Pero de nuevo, esto tiene muchos colores, muchos grados en el color. Una persona que está empezando a drogarse y parece bastante difícil de controlar entra en esto, pues claramente va a perder agencia, claramente va a perder responsabilidad. Entonces, de nuevo, todo tiene matices y no es fácil para nada saber dónde poner el límite.

Pero en todos los casos, lo que sí depende de nosotros es, uno, nuestra disposición interna frente a eso y garantizar que no venga de una respuesta exclusivamente emocional, sino realmente meditada. Y en segundo lugar, que si finalmente nos disponemos a actuar, que sea por un buen motivo y que sea de la manera correcta.

Ayudar y retirarse

Y de manera correcta, de nuevo, a la manera del samaritano, desapareciendo de la ayuda: lo deja en la posada y dice: «Te lo pagaré cuando vuelva», sin llevártelo a tu casa, sin comprometerte de más, sino que te comprometes lo necesario para que esa persona recupere su, en este caso, su salud, su consciencia, etcétera. De nuevo, el samaritano confiaba en el posadero local, en que iba a hacerlo bien. Es decir, de nuevo, principio de subsidiaridad: lo resuelve de forma local, lo hace de forma que pase inadvertido para el propio ayudado y tampoco canta a los cuatro vientos lo que acaba de hacer y demás. Ese tipo de principios, al final, son los que podemos aplicar porque dependen exclusivamente de nosotros. Y todo lo que no depende exclusivamente de nosotros, naturalmente, como está fuera de nuestro control, debe ser como tal desechado de nuestra posibilidad de actuar.

Ternura dentro, precisión fuera

Y con la composición de estas tres preguntas, en última instancia, acabo de dar la pista de que su resolución —entre comillas— es un arte. Es decir, que no hay algo blanco o negro, sino que se trata de ir oscilando para particularizar al caso concreto y desde adentro. Sin embargo, tener una posición sólida desde la que actuar sí es precisamente la base sobre la que vamos a intentar construir y a ver si de verdad podemos llegar a buen puerto a lo largo de esta serie, que es naturalmente una visión muy cercana a la que Matthieu Ricard quiere transmitirnos como monje budista, pero también como persona muy interesada en la evidencia científica más reciente en torno a esta cuestión.

Entonces, como marco mental temporal que podemos tener, básicamente se trataría de adentro intentar equilibrarnos lo máximo posible y favorecer lo máximo posible la paciencia con respecto a lo que ocurra afuera. Hay muchas cosas que están fuera de nuestro control y todo eso debe ser asimilado por nosotros de forma paciente. Y esto, de nuevo, decirlo es una cosa, integrarlo es otra que requiere herramientas muy concretas.

Y también máxima amplitud, no parcialidad, no unos sí y otros no. Realmente poner el foco en la ayuda a las otras personas. Máxima ternura también ahí dentro. No solamente pensamos en términos abstractos de la humanidad, sino que intentamos sentir la ternura por cada uno de los seres humanos que tenemos delante a la hora de relacionarnos con ellos, sin que eso tenga que materializarse en una necesidad de ayuda por compensar algo dentro nuestro, porque ya estamos desde el equilibrio.

Y en cambio, afuera, la particularización, es decir, la cercanía al problema, tanto a nivel individual como a nivel social y de formar jerarquías y verlo más desde un punto de vista racional, con un cálculo de energía empleada, fricción generada, etcétera, para el objetivo logrado.

Entonces, mucha intensidad adentro, ciertos ideales dentro de querer, desear que todos los seres humanos y todos los seres, quizás también, puedan estar en la mejor situación posible, pero fuera la máxima practicidad. No significa que puedas hacerlo todo por todos en todo momento, porque eso no es posible.

Pero precisamente de esto, de intentar extraer valor de los dos extremos del eje, saliéndonos afuera para encontrar el punto medio, que en realidad es salir de esa falsa dicotomía, es de lo que va a ir todo esto y vamos a ir explorando diversos temas y nos vemos en el próximo vídeo.

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