El paso del tiempo en la era digital

Hay todo tipo de gestos muy simples que transforman, sin embargo, de manera radical la manera en que nos relacionamos con el mundo. Hoy usted, en la interfaz en la que está viendo este vídeo, ha viajado en el tiempo varias veces, probablemente. Ha colocado su dedo sobre la barra de progreso y a conveniencia ha podido retroceder si no se ha enterado de algo porque estaba despistado, se ha saltado la parte de la canción que no le gusta para repetir la parte del estribillo que le encanta, ha puesto un vídeo a velocidad por dos, como seguramente esté haciendo con este, o habrá podido escuchar una canción en bucle con naturalidad.

Y cuanto más hacemos ese gesto, más tendemos a querer hacerlo fuera de la pantalla. Rebobinar una conversación, un momento pasado con una determinada persona, darle a deshacer tras un evento irreversible y dramático, o quizás no tan dramático, y obviamente, no poder hacerlo. De esa disonancia cognitiva en lo digital, en nuestra experiencia de la irreversibilidad del tiempo, de la muerte, de nuestra propia vida, de las relaciones, etcétera, es de lo que va a ir este vídeo.

Husserl en 1905, dando un curso sobre la conciencia del tiempo, utilizó el ejemplo de la melodía. Una melodía es un objeto eminentemente temporal. No existe de golpe, puntualmente, sino que su característica principal es el fluir. Cómo una nota está puesta en relación a la inmediatamente anterior, la inmediatamente posterior, y no solamente la inmediatamente, sino todo lo anterior, todo lo posterior. La suspensión temporal que permite el clímax o la resolución de ese clímax. Pero más interesante aún: esta condición de objeto hecho de tiempo, de la melodía, en cada momento en que se interpretaba una obra o que una persona cualquiera se ponía a cantar, era un hecho irremediablemente encapsulado en un momento concreto. Y la próxima vez en que se reinterpreta una obra o en que se vuelve a cantar esa cancioncilla, es diferente, por necesidad, de la anterior.

De manera que la forma de relacionarnos, por ejemplo, con la obra que está siendo interpretada, que no vamos a escuchar hasta dentro de un año, es muy diferente de la que ahora tenemos, debido a la reproducibilidad técnica de la música, cuando puedes escuchar exactamente la misma melodía dos veces.

Y sin embargo, tampoco se pierde completamente la dimensión temporal, simplemente se distorsiona. La primera vez que lo escuchamos no es para nada igual que la quinta, la vigésima o la número quinientos mil, puesto que las anteriores, y esto ocurre mucho con la música, van fijadas a una memoria que filtra a la siguiente. Incluso en el paradigma máximo de la repetibilidad, de la reversibilidad, de lo digital y de lo no digital, previamente también, con la música, incluso en ese caso, el replay, por supuesto, no consigue repetir simplemente sin más una experiencia. El propio replay, de hecho, se puede utilizar como una reflexión precisamente acerca de nuestra temporalidad, de lo que no cambia en el sustrato digital, de lo que estamos escuchando frente a lo que se ha cambiado en nosotros. Y por supuesto hacemos eso, pero siempre queda un poso de esperanza de que la reversibilidad de, en este caso, lo digital en la música, permite, en cierto sentido, una vuelta atrás.

Hoy ocurre en un vídeo: pausar o acelerar. Como hemos dicho antes, ya ni siquiera es necesario hablar acerca de los impulsos dopamínicos de vídeos de TikTok de dos segundos, sino incluso de una clase de cuatro horas, un curso de cuarenta horas: el hecho de poder acelerarlo, pausarlo y, sin embargo, no poder hacer eso mismo en el mismo curso presencial. Saltar a lo importante, cortar los silencios, eliminar los tiempos muertos, también entre los vídeos. Todo esto nos descompasa de una forma radical, más cuanto más tiempo se pase frente a una pantalla, con respecto a los ritmos de la vida.

Adquirimos un metrónomo interior diferente, acostumbrado a un ritmo muy distinto. La tolerancia a la espera se evapora. La necesidad de cierta eficiencia se dispara. El mundo físico con sus semáforos, con sus colas, con sus silencios. Una conversación sin poder editarla, sin poder rememorarla, sin poder grabarla y tenerla fija para volver a ella. Todo esto genera un condicionamiento que va mucho más allá del problema mismo de no tener paciencia ante la realidad o de la falta de atención, sino que en sí mismo comporta una falta de integración de uno de los pilares fundamentales que vertebran la adquisición de la sabiduría y de la felicidad, que es una aceptación radical de la impermanencia. Y no solo intelectualmente, que es una cosa, sino de forma profundamente integrada. Nuestra integración rema en una dirección completamente opuesta a la de una vida que pueda ser plena, puesto que se generan esperanza y miedo brutales con respecto a cómo la realidad debe de funcionar con respecto a cómo en realidad funciona.

Volvamos a nuestro ejemplo musical. Vamos a hablar acerca de un concierto. Los conciertos siempre han generado una sensación extraña con respecto al tiempo, tanto antes como ahora. Antes ibas a escuchar una composición que no habías oído jamás en tu vida y que posiblemente jamás volverás a escuchar. Me refiero al siglo XVIII, al siglo XIX y, por supuesto, cualquier anterior. Ahora, en cambio, vamos, en la mayoría de los casos, sabiendo exactamente lo que vamos a escuchar. Desde luego, tenemos la posibilidad de escucharlo antes previamente, si queremos, un millón de veces.

Sin embargo, ¿acaso un concierto se siente más efímero que nunca? Puesto que constata esa irreversibilidad en un entorno que estamos tan habituados a que sea reversible. Inducir lo heraclíteo en lo que hemos convertido en lo más parmenídeo de todo. Y naturalmente, en ese desacompasamiento, la forma que tenemos de salvar esa distancia es poniéndonos a grabar, convirtiéndolo en algo naturalmente repetible. Intentar hacer reversible lo único que no podía serlo dentro de ese ecosistema de la música. Grabar para rebobinar: un estadio entero lleno de pantallas levantadas.

Esta relación con el concierto quizás puede ilustrar bien qué ocurre cuando en la realidad hay cosas que no se pueden grabar. Y para ello vamos a pasar del botón del replay al feed de las redes sociales, que es un botón hecho sociedad. El scroll del feed, la interfaz, por cómo está construida, nunca te quiere llevar al final, sino a una continuación que se autoperpetúa. Todo opera con la lógica del siguiente estado. Siempre tiene que haber un siguiente estado, nunca un final. No hay última página, siempre hay el siguiente.

Y en ese fluir, el repost es una forma de cristalizar nuestra relación con una figura que parece estable. Es ese vínculo parasocial de cualquier red social en la cual no es tan importante la información como el ritmo, una regularidad en la aparición de esa persona que a uno le deja acostumbrado a que eso es la configuración natural de las cosas, particularmente cuanto más visible sea esa persona. Entonces, el ritmo tiene que ser perfecto. El personaje tiene que aprender a ser una marca. Para eso tiene que aparentar una cierta invariancia. Una marca no puede envejecer, se tiene que actualizar.

Y aquí, cuando la persona se convierte en marca, que más que por lo que aporta se define por el ritmo de exposición, la juventud parece perpetuarse. La promesa implícita del feed es que nada se muere. Todo sigue como si nada. Siempre se puede volver a mostrar. Siempre hay un reel de ayer que demuestra que todo sigue como estaba, con altibajos, pero que eso sigue ahí y se va a seguir mostrando. Y esa disponibilidad induce en nosotros una sensación de que no hay fin, sino de que siempre hay el siguiente. Pero naturalmente, la disponibilidad no significa inmortalidad, es más bien una amnesia por sobreescritura. El archivo se comporta como si el tiempo fuera una serie de sustitución de reemplazos perfectamente limpios frente a la acumulación, el agotamiento, el cambio continuo del cuerpo, etcétera.

Es cierto que las rutinas humanas siempre han tendido a cristalizar ese tiempo haciendo como si no pasara nada, generando rutinas del desayuno de siempre, la rutina absurda de leer el periódico a la misma hora, la misma forma, el mismo lugar. Una sensación de permanencia, de todo tipo de historietas que nos montamos en nuestra cabeza. Entonces pudiéramos decir que lo digital realmente no cambia tantas cosas. Sin embargo, todos esos rituales, laicos o religiosos, dan forma explícita al tiempo. La vida se estructura gracias a ellos y tienen que hacerse compatibles con la temporalidad real del sujeto.

Lo digital, en cambio, lo exacerba sin darle forma y, por supuesto, ofrece oportunidades de negación de la impermanencia aún más poderosas. El ritual matinal o el ritual dominical, o lo que sea, conserva una cierta granularidad, conserva una cierta observación del cambio propio de la vida, mientras que la interfaz digital busca lo máximamente liso, lo que únicamente se actualiza, donde la propia forma de la interfaz no se amolda a lo que está reflejando su contenido. Porque a lo mejor se está representando el nacimiento, la muerte, la enfermedad, el sufrimiento, la alegría en cada uno de esos posts. Y sin embargo, sea lo que sea, todo aparece enmarcado en una misma interfaz que jamás ofrece en sí misma el más mínimo ápice de irreversibilidad, a pesar de que finalmente acaba teniendo que ocurrir, como después veremos.

Antes vamos a hacer un pequeño rodeo para meternos en un cierto replay que la vida nos permite hacer, que vive dentro del mundo de los sueños. Hay dos formas de vivir un sueño que se tuerce. Una, si uno tiene suficiente capacidad para hacerlo, es seguir dentro, pero dándose cuenta de que es un sueño y cambiando el giro, cambiando el guion. La otra es no saber hacerlo y, eventualmente, si de verdad está yendo muy mal el sueño, te despiertas. En ambos casos, biológicamente obtenemos algo similar a lo que nos ofrece la experiencia digital. Un deshacer, un esto no ha pasado, esto no ha tenido consecuencias operativas.

Pues bien, no sé si os ocurre, pero al menos en mi caso, si ocurre algo irreversible en mi vida, de lo cual soy consciente de repente, de una manera que me puede chocar, que me puede sacudir, que me puede zarandear como dentro de una pesadilla o de un fantástico sueño, pero del que de repente te despiertas, muchas veces la sensación es: esto no es la versión final. Aquí este zarandeo va a hacer que de repente, ¡pa!, si me echan agua lo suficientemente fría, si me doy una hostia lo suficientemente fuerte, despierto.

Es decir, la forma en que sueño con esos despertares, puesto que yo no soy capaz de controlar un sueño para darle ese giro, me ha hecho que mi misma vida opere de alguna forma como me ocurre en los sueños. A un amigo, por ejemplo, le ocurre lo contrario. En lugar de esta sensación de me voy a despertar ya, lo que hace es resituarse en la vida pasada, rebobinar y reconstruir a partir de ahí lo que hubiera pasado, así como si él pudiera modelar un sueño lúcido en su vida. Pues bien, en ambos casos esto se parece mucho a coger la barra de progreso de un vídeo y echarla para atrás, querer que realmente el final sea otro, de dos maneras distintas que ya están impresas en nuestra propia biología. No digamos ya lo mucho más que pueda agravar el problema la propia existencia de la barra de progreso desde que tenemos dos años, que nos acostumbramos a que todo lo que queremos deshacer lo hacemos. Mucho más que en el sueño.

Pues naturalmente, si estamos acostumbrados a ese modo de operar, el shock ante algo completamente irreversible como la muerte de un ser cercano puede ser muchísimo, muchísimo más dramático de lo que sería si no estuviéramos tan acostumbrados a una forma de operar tan poco compatible con la realidad. Como hemos dicho antes, el feed de la red social que premia la repetición da por hecho que en esa construcción de la marca del sujeto debe existir una variación pequeña dentro de la vida, como si acaso en la vida no pudiera haber eventos que lo cambian absolutamente todo. Una variación mínima, una esperanza de que todo siga aproximadamente igual.

No hay cabida para esos eventos que realmente transforman a una persona, que hacen que irreversiblemente todas esas historias que se habían ido construyendo en el archivo parezcan ser de una persona completamente diferente a la que aparece tras un evento determinado. Pues bien, en esa gramática de la suavidad, de la estabilidad de la red social, naturalmente no cabe la vida. Y cuando eso que contraviene por completo la forma en que están construidas estas redes se filtra de alguna manera ahí, por ejemplo porque la persona que tiene una red ha muerto y es muy famosa, te genera una sensación de inhóspito dentro de esa interfaz, con la magia que la edición y la repetición tienen para borrar. No nos damos cuenta de que esta vida paralela que existe dentro de Internet no tiene herramientas para ser capaz de integrar estos eventos de una manera que no genere esa disonancia tan chocante con respecto a cómo están construidas.

Ni siquiera es necesario irnos a la muerte física de una persona, sino la muerte de una relación. Una relación cualquiera, una amistad que se extingue, una relación de pareja que se extingue, una relación familiar que se deteriora. Si queremos traer a nuestro presente a esa persona que ha desaparecido, que ha muerto en cierto sentido para nosotros en nuestra vida, únicamente a partir de la memoria vamos a emprender un proceso de reconstrucción, de elaboración.

La forma, en cambio, en que lo digital enmarca este corte de las relaciones es completamente diferente. Puedes seguir siguiendo a una persona después de años de no haber hablado con esa persona y traértela al presente de forma momentánea, instantánea: lo decides y la traes al presente, con además un matiz muy interesante, y es que en ese archivo construido aparecen imágenes simultáneas que no son simultáneas, a lo mejor cinco años de diferencia entre una y otra. Tú asocias a esa persona con lo de hace veinte años y ves todo un historial de fotos desde hace veinte años hasta ahora que, en lugar de sesgar vía nuestra memoria —que tampoco digo que sea algo necesariamente mejor, positivo; simplemente interviene de una manera distinta—, cristaliza momentos muy distintos de la persona, captando una variedad de matices impresionantes con la crudeza que a veces eso comporta.

Por ejemplo, una persona muy famosa, como puede ser un actor, una actriz, muy famoso en su juventud y también famosa en su vejez. Una simple búsqueda de Google coloca en el mismo nivel su imagen en 1970 y su imagen en el año 2026. Estamos hablando de casi seis décadas de transformación mental y física de esa persona. Esto genera de nuevo una sensación de disonancia muy potente, puesto que esa búsqueda de Google se convierte en una especie de díptico, díptico de dos imágenes que están coconstruidas para ser vistas en composición, de manera que a partir de ambas se extraiga un sentido conjunto que no estaba en ninguna de las dos, que emerge igual que el montaje. Imagen A, imagen B conectadas dan una imagen C mental distinta de si pusieras A y la imagen D.

En este caso la disonancia es muy interesante, porque es una de las formas que sí tienen Internet o las redes de mostrarnos la irreversibilidad de una manera especialmente cruda, dada la interfaz que minimiza precisamente eso. Esto siempre puede haber existido, por ejemplo, hace décadas, en un álbum de fotografías. Pero el hecho de pasar las páginas introduce una fricción que no permite que ese montaje sea tan obvio en la configuración de las dos imágenes. La reflexión en torno al paso del tiempo queda diluida en esa historia. Mientras que en Internet es muy abrupto. Curiosamente, aquí la unificación bajo un mismo dominio, Wikipedia, de la misma persona con veinte años y con setenta años, o en un scroll, permite una reflexión más potente acerca del paso del tiempo de la que permitían soportes anteriores. De manera que sí, si uno lo aprovecha y no se queda solamente con esa sensación de inhóspito, la irreversibilidad puede ser integrada incluso de una manera más potente que en circunstancias físicas, no digitales.

Esa violencia temporal exacerba cosas que, por supuesto, se dan particularmente desde la existencia de la fotografía. Clásicamente, por ejemplo, Roland Barthes —aunque no hace falta ser Roland Barthes para esto—: ver a una persona que está a punto de morir, un reo que está a punto de morir, y, por ejemplo, una foto que tenía cien años, y esa sensación de que por supuesto lleva muerto cien años y simultáneamente lo vas a ver a punto de morir. O la sensación de ver una película de los años veinte, de los años cuarenta, que todas esas personas están muertas y sin embargo el soporte cinematográfico permite una naturalización de la permanencia en lugar de la impermanencia. Pero esto se hace incluso más obvio ahora con esa superposición en forma de montaje de, en una misma persona, momentos tan distantes a lo largo de su vida en una misma interfaz.

O también, por continuar con esto de que en realidad lo digital es una profundización de la fotografía, la fotografía se puede entender a su vez como la profundización de las artes plásticas, de momificar, de cristalizar una persona, un momento determinado, el anhelo de salvar el cuerpo de la muerte, de captar, por medio del instante captado para siempre, esa momia perfecta en la que se convierte esa imagen, ese embalsamar el tiempo en contra de su propia corrupción. Si todo esto es en cierto sentido así, lo digital es su llevada al límite de nuevo. La yuxtaposición instantánea entre momentos tan diferentes, un álbum larguísimo, infinito, de fotografías, la accesibilidad directa de poder acceder a lo que quieras cuando quieras.

No tienes que ir a un archivo extraño, no tienes que hacer primero un revelado y después la fotografía física se va deteriorando, sino que queda perfectamente permanente y constante a lo largo de los años, de las décadas. Esa aparente inmunidad que congela los rostros, las voces, el texto, las conversaciones por texto, en caso de WhatsApp o de Instagram. Y el hecho también de la minimización del recuerdo, puesto que siempre puedes acudir directamente a la fuente donde se da, por ejemplo, esa conversación de forma directa.

Y, de nuevo, al igual que con la música: escuchas la misma música cinco años después, exactamente la misma grabación, y naturalmente todo ha cambiado. Ves ese chat hace cinco años y naturalmente todo ha cambiado, pero el sustrato es muy curiosamente el mismo. Esa momificación de lo que realmente pasó, para la que no estamos preparados de forma innata y que es tan atractiva por ese reclamo directo de la objetividad supuesta, relega a un segundo plano la construcción de su propia biografía internamente o de las otras personas, con todos los oscuros que hay entre medias que uno va rellenando por medio de su recuerdo de forma distorsionada. Eso permite una cierta romantización del pasado a la cual estamos acostumbrados.

Frente a esto, que por un lado no permite el envejecimiento, la interfaz, la propia permanencia y momificación de los textos, por ejemplo, de las imágenes, simultáneamente se convierte en más violenta aún la coetaneidad de ese registro con nuestra realidad del presente, o de dos registros, como esas dos fotografías de épocas tan distintas. Y sin embargo, la explosión momentánea de ¡buah! La sensación de que aquí nadie envejece, seguida de un shock que antes ni siquiera era posible mostrar de esa forma tan explícita de que efectivamente el tiempo jamás se congeló.

Y como caso paradigmático de esto, lo que ya hemos dicho, la presencia de cementerios digitales de personas, puesto que, como digo, desaparece en cierto sentido el recuerdo en pro del soporte donde queda todo registrado, al cual acudimos de forma instantánea; ya no se genera un relato, no se genera una narrativa a la cual volvemos de distintas formas: visitando un lugar, porque nos aparece en un sueño, un olor nos recuerda a esa persona, lo que sea, a algo que es próximo y extraño a todo esto, que es que te lo encuentras en Facebook, te lo encuentras en Instagram, te lo encuentras donde sea de Internet.

Y allí quedan textos, bromas, la música que le gustaba, lo que fuera. Una forma de presencia realmente inhóspita, carente de reciprocidad. Y aunque pueda parecer un motivo lúgubre el que estoy invocando, tenemos que ser conscientes de que dentro de unos treinta o cuarenta años, más o menos, la mayor parte de perfiles que existirán, si no son borrados —que muchos no son borrados—, en Facebook serán de muertos. Es decir, habrá más muertos, más perfiles de personas muertas que perfiles de personas vivas. Con, de nuevo, debido a cómo está construida la interfaz, una invitación a que todo continúe. Entonces se profundiza aún más en esa sensación de inhóspito, porque pareciera que en cualquier momento la persona puede volver a escribir su post tan tranquilamente.

Durante años en Facebook, por ejemplo, hasta 2019, aun cuando se registrara que la persona había fallecido y se pasaba a una cuenta llamada conmemorativa, el algoritmo seguía recordando el cumpleaños y te invitaba a enviarle una foto. En ese momento lo cambiaron. La inteligencia artificial intenta detectar las cuentas de personas que están muertas, pero por defecto están naturalmente vivas. Y aquí una imagen poderosa, como digo, del cementerio en línea, donde todo está expuesto, todo está iluminado, todo está muy limpio, todo está muy sobrio. Un verdadero cementerio de un país occidental contemporáneo, pero incluso todavía con esa interfaz más pulida aún, que además ni siquiera tiene el coste físico de ir al cementerio, el coste mental de ir al cementerio, sino que está accesible permanentemente a todas las personas. Además, el paseante puede llegar allí y no mostrarse, mirar y cerrar la pestaña, irse. Y además se va dando esa estratificación que también se da en el cementerio a lo largo de las décadas.

Y como dijimos antes, ni siquiera hay que aplicarlo al caso en que una persona muere de verdad, sino también a una persona que ha muerto para nosotros, que de nuevo sigue exponiendo lo que para nosotros es un cementerio, puesto que esa persona jamás va a regresar a nuestra vida. Y sin embargo, está iluminada a toda luz. El paseante puede aparecer y desaparecer a gusto, a placer, sin ningún tipo de fricción intermedia. Se mantiene la relación en modo latente, como un proyecto pausado, cuando en realidad eso ha desaparecido para siempre.

Con, de nuevo, la profundización que todo esto implica en la tendencia tan clásica ya del país avanzado occidental de hacer todo lo más disponible, lo más antifriccional posible, siendo naturalmente tanto el muerto como la persona que ha desaparecido en nuestra vida lo que más se podía oponer todavía a eso, puesto que no existía disponibilidad de ningún tipo. Y ahora se da esa falsa sensación de disponibilidad. La interfaz alimenta esa ilusión, porque además los seres humanos tendemos mucho a intentar poseer la sensación de que la persona que jamás va a volver sí lo va a hacer. El cuerpo, casi gestualmente, aprende que lo de ayer ajeno se puede hacer perfectamente presente para nosotros ahora, cuando todo queda en un monólogo grotesco, en una obra de teatro terrible de abrir, mirar, cerrar, sin reciprocidad ninguna. Lo cual, naturalmente, según todos los estudios y según todas las personas que lo viven, genera mucho, mucho, mucho sufrimiento.

Frente a todo esto, tenemos maneras más positivas de abordar el pasado, de abordar lo que está perdido para siempre y que somos conscientes de que está perdido para siempre, como lo es la labor de la historia, la reconstrucción histórica. Es muy fuerte la cantidad de cosas perdidas para siempre. A diferencia de la historia, la ciencia, si avanza, eventualmente tiene la expectativa de poder lograr entenderlo todo a nivel físico, a nivel químico, a nivel biológico, a nivel informacional, etcétera. Mientras que la historia tiene que asumir desde ya que hay cosas que se han perdido absolutamente para siempre y solamente tras esa aceptación puede comenzar a trabajar realmente.

La historia existe precisamente porque no está la presencia, sino la huella. Y sin embargo, lo digital nos da una falsa presencia, haciendo que nos olvidemos de la huella y que con eso perdamos la habilidad de tratar al pasado como lo hace el experto en el pasado, que es el historiador. Y por supuesto, todo esto también tiene implicaciones a nivel individual, lo que yo llamo autohistoriador o, como hemos estado diciendo, la biografía, el relato personal que tenemos acerca de nuestros antepasados, de las personas que ya no están con nosotros, tanto porque han fallecido como porque no están presentes en nuestra vida, que naturalmente, además, debido a esa no presencia, a la aceptación de esa no presencia, permite que nos fijemos en las huellas, que además aparecen de forma azarosa.

La huella histórica, la fuente histórica, tienes que ir a buscarla; naturalmente tienes que tener la predisposición, pero nunca sabes lo que te va a surgir. Y así, la memoria se construye de una manera muy distinta a esa falsa sensación de las presencias: más bien es una apertura a este ejemplo tan trillado de Proust, a quien de repente le vienen los recuerdos, por ejemplo, por el olor de la magdalena. El feed de una red social nada tiene que ver con eso. Siempre está disponible y por eso nunca necesitamos estar abiertos a esas huellas.

Y es muy llamativo, porque cuando perdemos esa capacidad y nos acostumbramos a falsas presencias, queremos invocarlas a cualquier coste. Y en esto, con el tema de la inteligencia artificial, tenemos un tema bastante peliagudo. Los deathbots, que son avatares que están entrenados o tienen mucho contexto de la persona que ha fallecido y que intentan emular su forma de hablar. Y esto existe. Incluso en 2016 —ya os podéis imaginar lo mal que funcionan estas cosas— tenemos el ejemplo de una mujer, Eugenia Kuyda, fundadora de Replika, que, como un amigo suyo se muere en un accidente, para poder seguir hablando con él construye uno de estos bots.

En 2020 tenemos otro ejemplo: la televisión surcoreana, a una madre cuya hija de siete años había muerto hacía ya varios años, le pusieron unas gafas de realidad virtual, y hay un vídeo de eso. En 2021 tenemos, por ejemplo, la historia de Joshua Barbeau, que estuvo hablando meses con su prometida muerta a través de un sistema montado a partir de GPT-3. Microsoft, por ejemplo, tiene desde 2020 una patente para crear un chatbot de una persona concreta que uno escoja a partir de sus imágenes, su voz, sus mensajes, aunque dice que de momento no va a construirlo.

Y naturalmente, con nuestra relación con la reversibilidad, nuestro acostumbrarnos a hablar con chatbots y el hecho de que estos chatbots sean cada vez más capaces y quizás mucho más personalizables en un futuro, nos podemos imaginar que esto quizás no sea tan delirante como parece y se convierta en el nuevo frente escabroso cuando nos relacionamos con la muerte también, ¿por qué no?, con la no muerte, sino desaparición de ciertas personas de nuestra vida, a las que podemos reconstruir a partir de chatbots. Bastante fuerte. Y naturalmente rema de nuevo en la misma dirección de generar una falsa ilusión que en el momento en que cierras la sesión se disuelve por completo.

Y hay casos que van más allá de esta cuestión personal de muertos, para cosas tan surrealistas, entendibles acaso, como el de Tuvalu, este conjunto de nueve islas en el Pacífico que el mar se está comiendo año tras año, que va a desaparecer. En 2021 el ministro de Exteriores —este vídeo es también muy famoso—, Simon Kofe, ante la conferencia del clima dio su charla con su corbata y su traje. Al principio dices, bueno, espérate, parece normal, pero hay como mucho viento, se le está moviendo todo mucho y va haciendo zoom out, zoom out, zoom out. Te das cuenta de que el tío está solo en medio del mar con el agua hasta aquí. Muy llamativo realmente.

Y el año siguiente volvió a hablar, pero ya no desde ahí, sino desde una playa en Tuvalu, que no era una playa en Tuvalu, sino que era una réplica digital de una de las playas de Tuvalu. Y anunció que se iba a crear un gemelo, una réplica digital de todas esas islas, para que cuando desapareciera físicamente no se perdiera cómo era geográficamente, sus características; conservar el territorio, la cultura y el gobierno cuando no quede la propia tierra física del país. Y en 2023 reformaron su constitución para reforzar la idea de que Tuvalu existirá a perpetuidad independientemente de su desaparición física. De nuevo, llevar al extremo la idea de la fotografía, de la momificación, en este caso a un nivel brutal, por medio de la herramienta que más permite la reversibilidad aparente, que es la digitalización.

Solo que, naturalmente, la digitalización no es necesariamente una forma de borrar el paso del tiempo, sino que simplemente pasa desapercibido hasta que de repente se da de forma dramática. Casi igual que cuando uno, a lo largo de siglos y siglos y siglos, acumula corpus escrito y desaparecen tradiciones orales para acumularlo en un corpus escrito y se acumula en una biblioteca y de repente la biblioteca arde por completo y todo eso que ya no queda en ninguna tradición oral desaparece por siempre de la historia.

Y aquí tenemos casos como en 2019 MySpace, que en una migración de servidores perdió unos 50 millones de canciones de 14 millones de artistas. 12 años de música, todo lo subido entre 2003 y 2015. Y nadie lo notó hasta que desapareció el reproductor. O, por ejemplo, el Pew Research Center, que en 2024 comprobó que el 38 % de las páginas web que existían en 2013 ya no existían 10 años después, desapareciendo de forma silenciosa.

Y la cosa es que, de nuevo, se está generando una especie de edad oscura digital, porque a priori se genera una sensación de que lo que queda en Internet queda fijado hasta la posteridad. Sin embargo, el 40 % de las páginas web desaparecen en 10 años, solamente en 10 años. Entonces, esa sobreacumulación, esa brutal cantidad de datos, simplemente va quedando sepultada de forma silenciosa. A veces de forma no tan silenciosa. Por ejemplo, Google en 2023 decidió que si una cuenta lleva dos años inactiva, se borra con todo lo que hay adentro. Entonces, si nadie entra, se apaga. De manera que lo digital, que por supuesto no vence al tiempo, lo que hace es parcialmente esconderlo y de repente olvidarlo por completo.

Es lo que sucede cuando intentamos convertir en un recinto perfectamente controlado todas nuestras experiencias que nos cambian para siempre, la muerte, la enfermedad, el paso del tiempo, el envejecimiento, hasta que suena el borde de esa interfaz, se apaga la luz y todo lo que queda no tiene ningún botón de undo, de deshacer. Y por eso, aunque sea a nivel estrictamente individual, algo hay que hacer, porque si no, el shock es como cuando uno, al ocurrirle algo irreversible, piensa que se va a despertar. Y no: estamos despiertos, incluso cuando estamos tras una interfaz digital.

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