Compasión idiota: cuando ceder a todo arruina la verdadera ayuda | En defensa del altruismo (4/?)

Introducción: la compasión idiota

Hoy vamos a hablar acerca de una de las derivas narcisistas más extrañas en las que podría llegar a incurrir nuestra idea del altruismo: algo que podríamos llamar «compasión idiota», siguiendo a este maestro tibetano tan famoso en Occidente, Chögyam Trungpa, o también citando la película de Lars von Trier, «Dogville» —la villa de los perros—, que si la habéis visto, prácticamente seguro que no os ha dejado indiferentes, muy en concreto con respecto a este tipo de ayuda, y que si no la habéis visto, pues espero convenceros de que la veáis.

En los dos primeros vídeos de esta serie vimos que no cualquier cosa es altruismo, tanto por la complejidad que encarna el problema de ayudar ahí afuera —con todo el coste de oportunidad de a quién podemos ayudar, a quién no podemos ayudar y toda la problematización que ya vimos en el primer episodio— como también por nuestro propio egocentrismo, nuestras tendencias a cómo queremos actuar y el daño que eso puede llegar a impulsar en contra de nuestra intención. Y en el tercer vídeo nos centramos más bien en, dadas esas condiciones, cómo a priori podríamos intentar ayudar algo mejor, requiriendo sin duda cercanía, precisión, con el principio de subsidiariedad como análogo a nivel institucional, político, etcétera, y cómo para lograr esa precisión quirúrgica afuera necesitábamos adentro no estar completamente contaminados por una empatía solo emocional o por un narcisismo, como el del capítulo dos, que no nos haga ver realmente lo que tenemos que hacer.

Y dijimos que los dos pilares del altruismo, interno y externo, parecían correr por avenidas un poco diferentes, porque si bien hay que tener una verdadera urgencia interna a la hora de ayudar, esa urgencia no debe ser a toda costa afuera, porque si no, no podríamos actuar con precisión. Y además, para que esa precisión se dé, esa urgencia interna no puede ser emocional, no puede ser narcisista, sino que tiene que ser de otro tipo. Y, por tanto, lo central de nuestra discusión a lo largo de la serie iba a ser precisamente cómo aprender a coaligar esos dos aspectos: uno afuera, que no actúa en cualquier circunstancia, y otro dentro, que, sin embargo, querría actuar en cualquier circunstancia.

Pues bien, precisamente es en eso en lo que vamos a centrar nuestra discusión a lo largo de toda esta serie: en coaligar lo interno con lo externo, con las aparentes contradicciones que pudieran llegar a haber de lo que significa paciencia fuera o paciencia dentro. Porque puedes estar teniendo que hacer cosas muy fuertes fuera, sin que dentro eso se corresponda con un estado mental aparentemente igual, sino hacerlo desde la paz; o bien tener fuera una actitud muy cautelosa, muy de solamente actuar cuando sea estrictamente necesario y, sin embargo, adentro cultivar una urgencia continua, no emocional, sino de intención, que pareciera que está desacompasada con lo que realmente se hace fuera. De todo eso es de lo que va a ir, en cierto sentido, la serie.

Pero antes vamos a hacer un pequeño inciso hablando, incidiendo aún más en este aspecto de cómo el narcisismo realmente puede tomar variantes muy diferentes —no tiene por qué ser lo que pensamos a priori—. Y, por otro lado, estudiar la empatía —que si es únicamente emocional, como ya hemos dicho, puede resultar una falsa ayuda— en el próximo vídeo. Eso lo haremos en el próximo vídeo: discutir en condiciones qué empatía normalmente tenemos y qué empatía, en cambio, parece ser más óptima, estar más optimizada para la ayuda. Pero hoy nos vamos a centrar en esta discusión en torno al narcisismo.

El peligro de anular la agencia ajena

Una tentación que ya dijimos que puede llegar a tener nuestra ayuda es restar, en cierto sentido, la agencia del otro, restarle responsabilidad también y, en definitiva, nosotros querer imponer nuestra solución pensando que es una ayuda. Pues bien, esto se puede dar muy habitualmente en personas interesadas por ser buenas personas en una forma de autopisoteamiento. Un autopisoteamiento que la otra persona puede estar completamente encantada de que se dé, porque nosotros podemos convertirnos casi en siervos de esa persona, prestarnos a cualquier cosa y que realmente se convierte en una cierta forma de parasitismo, de nosotros prestarnos a que la otra persona nos parasite, generando una red en la cual la otra persona puede ya verse tan acostumbrada a esta situación en la cual ya no encuentra una solución para, por sí misma, afrontar la existencia.

Esto suele ser más natural cuando asumimos que la agencia de la otra persona se encuentra deteriorada o no desarrollada. No desarrollada en el caso de un niño, donde naturalmente, si por ejemplo es un bebé, pues su relación de dependencia es total y tiene que ser así, es decir, ahí no hay otra opción. Y, cuando van pasando los años, tiene que existir un arte de saber cómo lograr que no se genere un grado de dependencia demasiado grande. Como en, quizás, una agencia mermada, como lo pueda ser en el caso de una persona adicta —o, muy interesantemente, porque es mucho más peligroso que en el caso de la dependencia—, donde efectivamente darle todo a un drogadicto no es una solución. Pero incluso podría argüirse que, como efectivamente su capacidad y voluntad está completamente mermada, la responsabilidad sobre casi todo lo que concierne a esa persona pudiera ser ventajoso que de forma temporaria, en un momento de lucidez, voluntariamente esa persona se digne a delegar esa responsabilidad, por ejemplo, a un centro de desintoxicación que le paute cómo debe encaminarse.

La otra persona posee capacidad completa desde el punto de vista de la sociedad en conjunto; no estamos hablando de un adicto. Pero, sin embargo, debido a la supuesta bondad propia, le excluimos realmente la agencia, la responsabilidad sobre malos actos y nos prestamos en exceso a apoyarle, a ayudarle, porque lo vemos desde el sentimiento paternalista de: «Perdónalo, Dios, porque no sabe lo que hace». Pero en este caso sería más bien: «Perdónalo tú, porque no sabe lo que hace».

Por eso me parece muy interesante clarificar esto antes de continuar con la serie, porque una cosa es perdonar internamente a alguien y otra cosa es que, si está realmente actuando de forma objetiva, de manera dañina consigo o, mucho más, con otras personas, entonces ese perdón interno no tiene por qué necesariamente mostrarse, sino que fuera puede ser más que conveniente no generarle una autoindulgencia absurda, sino incluso la confrontación directa si es necesario y la imposición de ciertos límites a la hora de interactuar con uno mismo, por ejemplo.

Esto también ocurre a escala social en mayor medida, como muchos europeos piensan o pensamos, a lo largo de las últimas décadas, que ha podido ocurrir con ciertas formas de pensar con las que se puede tener una tolerancia tonta. Paradigmáticamente, podríamos pensar en el trato del islam a la mujer, que, lejos de crear un ambiente de mayor armonía, un ambiente de mayor multiculturalidad rica, lo que ha generado más bien es lo que vemos en Francia: aislamiento de unas comunidades cuyas últimas generaciones son mucho más fanatizadas que anteriores, etcétera, debido a la complacencia que puede existir. No vamos a meternos más en esta cuestión, pero el caso es que esto no solamente tiene por qué ser un fenómeno que se da a nivel individual, sino de forma mucho más complicada, compleja, con toda la mezcla de cosas económicas, políticas, etcétera, que hay entre medias a nivel social, a nivel nacional, etcétera.

Compasión tonta y apaciguamiento

Pero volviendo al caso individual, como ya dije, que nos puede interesar más en esta serie, todo esto podría englobarse dentro de lo que, como dije antes, el maestro tibetano Chögyam Trungpa, que no acabó muy bien, por cierto, acabó muy mal, alcoholizado, llamó la compasión tonta, que precisamente va a estar muy relacionado con lo que hablaremos en el próximo vídeo más acerca de la empatía emocional.

No es una forma de compasión genuina, sino que es una forma de, debido a nuestra propia reactividad emocional, de no querer afrontar, por ejemplo, con paciencia, una confrontación a una persona que estamos dejando que se aproveche de nosotros, preferimos la política de apaciguamiento. Preferimos darle a la otra persona lo que quiere y no lo que necesita, que puede ser precisamente eso, fricción, poner límites, etcétera.

Entonces, la persona que quiere ser buena al principio puede tender a confundir este estado de todo vale, de si me dan una hostia en una mejilla, le pongo la otra mejilla, pues confundir un estado de altruismo con esto y generar círculos que van cada vez más allá, cada vez más allá, en lugar de, como lo he dicho ahora, porque en el cristianismo hay muchas visiones que no sé, me parecen desde fuera, como no cristiano, me cuesta ver cómo se compatibilizan.

La lección del buen samaritano

Pero, por ejemplo, el buen samaritano: una idea importante es que no se excede en su ayuda más de lo debido para no generar esa red de dependencia. En cierto sentido, aplica el principio de subsidiariedad, dos mil años después proclamado por la Iglesia. Entonces, el samaritano no coge al hombre que está en el camino tirado, desangrándose, se lo lleva a su casa, vive con él y le da todo, le da un festín —no sobredimensiona su necesidad propia de altruismo, de «pobrecito, pobrecito, vamos a compensar ahora con todo esto»—, sino que opta por desaparecer por completo de la situación. Se lo envía al posadero cuando todavía está este hombre inconsciente; no quiere que se le asocie con la ayuda, sino que ayuda en el momento que tiene que ayudar: lo hace, relega la solución técnica a un ámbito local del posadero, de que le cubre, y él paga para que eso suceda.

Y si después se encuentra con esa persona por el camino, pues no necesariamente tiene ni que mencionar esto y puede hablar con él tranquilamente, sin tener este sentimiento constante de «tengo que ayudar a toda costa, de cualquier forma» —y eso me acaba induciendo a hacer cosas que uno cree que son ayuda y en realidad no lo son—, en lugar de tener clara la diferencia entre disposición interna de «por supuesto que quiero que esta persona —aunque estoy hablando con ella, ya está sana— mejore todavía más, esté cada vez más feliz, cada vez mejor». Eso no significa que fuera tengas que ponerle un banquete, por ejemplo. Ya digo que esto puede parecer obvio, pero a la vez, para muchas personas —precisamente las más interesadas por este tema— puede no ser necesariamente obvio en la aplicación; y en la aplicación es muy complicado.

Dogville y la sumisión de Grace

Y en esta película de Dogville, la ciudad de los perros, tenemos un caso de narcisismo de una mujer, una forastera que de repente llega, llamada Grace, Gracia, llega la gracia al pueblo, e inicialmente no sabemos muy bien nada de ella. Es una persona bastante hermética, pero eventualmente, para poder quedarse esta persona allí porque está siendo perseguida por una mafia —no sabemos el motivo, pero está siendo perseguida por una mafia—, dice: ¿cómo puedo quedarme aquí? Voy a ayudaros. Inicialmente el pueblo no sabe. Dice: «No, no hace falta que nos ayudes en nada». Ni siquiera saben decirle exactamente en qué les podría llegar a ayudar. Y está buscando a toda costa cómo ayudar, precisamente para intentar quedarse en el pueblo.

Bueno, pues al poco tiempo —y toda la película es el desarrollo de cómo va— es una película esencialmente interesada por la moral de los personajes, la moral de la propia Grace, hasta el final, en el cual ocurre algo brutal. Pues en ese desarrollo, simplemente Grace va cada vez más sometiéndose al designio total y absoluto de los habitantes del pueblo. Todo porque, como después el propio director en la escena final nos va a hacer entender cuál es su visión —y el propio director comenta en torno a la película—, es una forma muy arrogante de abordar la miseria moral de los personajes del pueblo, que son brutos, son torpes, no son refinados moralmente, supuestamente.

Hay uno que es el peor de todos, que es supuestamente refinado intelectualmente y refinado moralmente, que quiere ser poeta, quiere ser filósofo, quiere ser escritor, que es el que acoge a esta mujer, etcétera. Este, que va a ser al final el peor de todos, quizás a priori pareciera separarse de los demás, pero en realidad va a mostrar una increíble cobardía y va a acabar muy mal retratado también. Aquí acaba mal retratado tanto el que ve la moral desde una perspectiva intelectualizada, como la moral del pueblo, que sería Dogville, como la moral de la salvadora, que en cierto sentido acaba convirtiéndose en eso, que es pisoteada a toda costa y se convierte en una eterna víctima que nosotros, como espectadores desde fuera —porque en el pueblo nunca hay un influjo externo que no sea precisamente esta mujer o al final la mafia—, pues vemos cómo se desarrolla endogámicamente una espiral moral en la cual esta persona entra en eso, el grado sumo de ser destruida físicamente y todo.

Grace de alguna forma entiende que estos bárbaros morales no tienen responsabilidad sobre sus actos, en cierto sentido, que lo que están haciendo viene dado por su condición material, por su condición de aislamiento, por su condición, lo que sea. Y que realmente no existe otra opción, que ella está actuando de la forma en que tiene que actuar moralmente, de forma correcta. Pero es que incluso estas personas, dadas sus condiciones, también lo están haciendo bien.

Cuando la ayuda engendra monstruos

Entonces, no hay nada que reprocharles externamente, pero a la vez internamente la propia Grace, finalmente, en el evento de traición y lo que ocurrirá después —que no voy a desvelar, a pesar de que puede ser ya bastante obvio que evidentemente hay un giro dramático en los hechos—, da un vuelco a su forma de pensar en el momento en el que realmente tiene poder, como ellos han tenido sobre ella, y decide que efectivamente se estaban comportando como perros, peor que los perros, porque el perro de la aldea es el único que moralmente sale salvado de toda la situación. Pero lo más indigesto de todo es que la propia Grace, dándose cuenta de esa aberración moral, la solución que propone es aún más aberrante moralmente, o al menos igual de aberrante moralmente que la de los otros. Por eso digo que no se salva nadie, solamente el propio perro.

Y aquí lo que encontramos es que tanto el ayudado como el que ayuda se están convirtiendo crecientemente en monstruos debido a una relación externa que no es sostenible y que, sin embargo, el que ayuda cree estar, en cierto sentido, creciendo espiritualmente, cree estar realmente ayudando incluso a esas personas, cuando en realidad está consiguiendo todo lo contrario. Lo que está consiguiendo es que se generen redes de dependencias absurdas: antes no existían necesidades y ahora existen nuevas necesidades. Convierte a esas personas en más cínicas, en más violentas, en más todo.

Y cuando el complejo de salvador choca con la materia real moral de las otras personas —a las que les restamos agencia y les permitimos que actúen peor de lo que realmente pensamos que sería digno para nosotros, de cómo para nosotros sería digno actuar; es decir, permitimos al otro actuar por debajo de lo que moralmente nosotros para nosotros mismos consideramos mínimo—, eso puede acabar consiguiendo todo lo contrario de lo que queríamos, que no es ni elevarnos nosotros moralmente ni elevar moralmente a la otra persona. En primer lugar, a nosotros, porque en la vida real, si no eres Jesucristo, lo más probable que suceda es que después de una forma así de relación tan tóxica de ayuda, te niegues a volver a ayudar después, cuando caes en la cuenta de la situación y cierras el corazón: conviertes el corazón en una roca, en una piedra. Y, por supuesto, para las otras personas, a las cuales, al restarles su capacidad de mejora —realmente porque les estás quitando la agencia, la responsabilidad, justificando su monstruosidad—, no les das ninguna señal externa de que algo debe cambiar.

En todo caso, la película permite muchas más extracciones de valor moral de muchas cosas. A pesar de que a Lars von Trier siempre le gusta tratar las cosas de una manera bastante trágica, catastrófica —como parece que es su propia psique, por otro lado; entonces tampoco es de extrañar—, nos da pistas de cosas que, en su negatividad y en su propia espiral, sin embargo, sí consigue ver bien.

Y en este caso es una crítica que funciona muy bien para muchos aspectos distintos de la sociedad, como puede ser, por supuesto, el religioso, que es el más obvio, y es que no equiparas el nivel moral del otro a tu nivel y ni siquiera atiendes a lo que podría llegar a hacer que esa persona también se convierta en una mejor persona. Porque no necesariamente, si te dan una hostia en una mejilla, darle la otra convierte al otro en un mejor ser humano —como tú te quieres convertir en un mejor ser humano—, sino que puedes alejarlo aún más de la posibilidad de encontrar su propio camino también.

Paternalismo a escala social

O, ya digo, a nivel político, si restas agencia a ciertos colectivos de la población proveyéndoles de ayudas que en realidad generan grandes redes de dependencia —que no están optimizadas para la ayuda realmente subsidiaria a quien lo necesita genuinamente, sino que se torna en algo muy dañino tanto para el que lo necesita realmente, porque no le llega lo que le tendría que llegar, como para el que no lo necesita y recibe algo que no necesita—, y lo que consigue es que se genere una dinámica de dependencia muy tóxica.

Sería como en una economía que va bien, que funciona correctamente: empiezas a gastar déficit público por un tubo, empiezas a bajar los tipos de interés por un tubo y todo vale, todo fantástico; pues claro, acabas con una pedazo de burbuja, en lugar de reservarte esos instrumentos para los momentos en los que de verdad haga falta porque haya un momento del ciclo económico de depresión.

Y por supuesto, a nivel político también, en la forma del paternalismo, del despotismo, porque el despotismo ilustrado tiene mucho de esto. Pero eso ya sería otro tema. Lo importante aquí es, como ya dije, centrarnos a nivel individual en ciertos aspectos que podemos aprender de esto.

Separar a la persona de sus actos

Y es que, en primer lugar, el narcisismo puede adoptar formas muy diferentes y, en el caso de una persona que quiere ayudar, puede adoptar una forma que sea limitar moralmente la responsabilidad del otro, proveyéndose uno a sí mismo de una capacidad de ayuda que en realidad no tiene para así sentirse la buena persona, la persona especial frente a los demás que actúan de forma bárbara moralmente.

En lugar de algo mucho más sabio, mucho más táctico, que es a las otras personas no encasillarlas como potencialmente capaces de esta o tal cualidad moral —y esto normalmente se aplica para cuando una persona nos genera rechazo o lo que sea—, diferenciar la persona de los actos. Podemos rechazar los actos de una persona, pero eso no necesariamente implica que tenga el más mínimo sentido rechazar a la persona.

A la inversa de lo que suele ser habitual, a la persona buena lo que le puede ocurrir es que asocie a la otra persona una especie de carácter moral absoluto de que en sí mismo es bueno, haga lo que haga, incluso aunque lo que esté haciendo sea una aberración moral. Es decir, no adecuar nuestra conducta afuera a la mala conducta de los demás.

Paciencia interna y firmeza externa

Confundiendo compasión con esta compasión idiota, que también, de nuevo, como dije antes, tiene mucho que ver con la diferenciación entre nuestra paciencia interna —de ser consciente de que lo externo no lo controlamos y que, por tanto, tenemos que estar satisfechos con lo que ocurra, ocurra como ocurra, actúe la persona como actúe, y que el hecho de que la persona actúe mal es un dato con el cual tenemos que actuar, pero hecho ante el cual debemos estar contentos en sí mismo— con esa actuación externa que creemos que siempre tiene que ser muy dulce, muy tranquila, muy «soft», cuando puedes necesitar mucha potencia en un momento dado.

Además de que, como ya dije antes, no somos Jesucristo y lo más probable es que simplemente se forme una olla a presión que en un momento explote. Entonces, en última instancia, como no queremos ni que una olla explote, ocurre mucha más desgracia —de lo que podría haber ocurrido si dejamos las cosas claras a lo largo del tiempo—, como le ocurrió a Grace. Lo que también puede ocurrir, además, es que nuestro corazón, como dije antes, se convierta en una piedra, que es lo que también le ocurre a ella.

Así que este era el inciso que quería hacer en el vídeo de hoy, un poquito más resumido. Y en el próximo vídeo nos centraremos en la cuestión de la empatía, que va a ser un buen contrapunto a todo esto de lo que hemos estado hablando hoy.

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